Fui a Toulouse a principios de los 90 para efectuar el curso del A-310 que finalmente había adquirido Ecuatoriana, era el primer Airbus que volaría. Entonces escuché de los instructores franceses una frase que sería frecuente mientras duró el interesante entrenamiento: “Hay información que deben saber, pero hay otros asuntos que solo es bueno saber”. Cuando, pasados unos 5 años recibí entrenamiento para el A-340 en Singapur, volví a escuchar esa misma expresión. Pronto habría de darme cuenta que eso de conocer “lo que es bueno saber”, esa especie de aforismo, marcaba una gran diferencia en nuestro conocimiento del avión y en nuestro desempeño profesional.
30 diciembre 2025
De cepas y vinos italianos
26 diciembre 2025
La tecnología y sus fantasmas
Estuve a punto de usar la palabra “terror” para titular esta entrada, pero –luego de pensarlo dos veces y de resolver sobre su inconveniencia– la deseché. Muchas veces me he preguntado qué es lo que haría, por ejemplo, si al tratar de publicar algo que he escrito para este blog, no me reconoce el “sistema”, rechaza una clave que interpreta como incorrecta y me deja en Babia, es decir sin saber qué hacer. O si trato de ingresar a una cuenta bancaria, para intentar una transferencia o efectuar un pago inaplazable, y el algoritmo me dice que he equivocado la contraseña o que mi ordenador ya no soporta el protocolo de seguridad de esa entidad…. Sí, algo de eso es lo que no quisiera que jamás me pase, pues yo —que odio las sorpresas y soy un ignorante tecnológico— lo relaciono con el pánico y el terror.
Y eso es lo que experimenté el otro día –espanto y pavor– cuando la página web de un banco del exterior, cuya cuenta he mantenido desde los años ochenta, me anunció que sus algoritmos de seguridad no me permitían ya utilizar, para una sencilla transacción, mi computador “de toda la vida”, es decir el que he estado utilizando para escribir, editar y publicar estos artículos, y que ha sido mi servidor y sumiso escudero desde 1912. De golpe (¿de pronto?) me vi abocado a batallar ante dos dilemas: la necesidad de comprar un ordenador más moderno o recurrir a un alma caritativa, o a un “buen samaritano”, que me permita utilizar su actualizado artilugio. Pero esas alternativas tampoco hubieran solucionado el problema: cualquier nuevo dispositivo que decidiera utilizar iba a exigirme una inevitable “autenticación”.
Pero para eso están los amigos, para darnos consejo o servirnos de tabla de salvación… Raudo fui donde un conocido, al lugar donde renuevo el protector de pantalla del celular y le consulté (algo inquieto y con semblante desesperado) que qué podía hacer para resolver mi angustiosa situación… Más pronto que de inmediato, su conmiserativa sonrisa me hizo comprender que la aparente tragedia tenía sencilla solución. Luego de una sucinta exploración del sistema operativo y del navegador instalado, me sugirió que incorporara un nuevo y actualizado “software” que puso a mi disposición. Luego del referido diagnóstico, el presupuesto estimado era mucho menos oneroso que adquirir un nuevo ordenador…
Pasado un par de días, optimista y ufano, fui a reencontrarme con mi ya restaurado MacBook Pro. Entonces advertí, mientras manejaba y volvía a casa, que la gente me miraba extrañada; quizá intuía que mi angelical sonrisa denunciaba que regresaba confesándome o venía cometiendo una fechoría, o que tal vez me había topado al azar con mi primer amor… Lejos estaba de suponer que luego pasaría lo que me temía, que –una vez encendido el aparato–, no tendría todavía acceso ni a la cuenta bancaria ni a la aplicación que me permitiría administrar el bendito ‘muro’ (como algunos insisten en llamar al blog). Pero, por suerte, solo se trataba de solicitar sendos códigos de renovada autenticación…
No sé si alguien ha experimentado, de vez en cuando, similares problemas con sus claves o contraseñas. Y es que, por muy meticulosos que seamos para “conservarlas en la nube” o, simplemente, ser prolijos y anotarlas en forma ordenada, no siempre caemos en cuenta que si cambiamos una clave, ello produce ipso facto cambios similares y automáticos en otras aplicaciones que pertenecen a la misma corporación; tal es el caso de Microsoft o Google, por ejemplo. Estas utilizan diversos métodos para una eventual recuperación, como un número predeterminado de teléfono, un correo electrónico alternativo o, incluso, muchas veces insisten en utilizar la huella dactilar o el reconocimiento facial.
Soy piloto, uno de esos “de toda la vida”, que empezaron temprano. Y creo, en cuanto a tecnología, que algo en la aviación de pronto también cambió. Ya había superado “mis primeros 40 años” cuando tuve que enfrentar el cambio hacia lo digital… Fueron esos mis más tempranos escarceos con los sistemas de gestión. Así descubrí que para resolver ciertos “glitches” (falsas alarmas) había que “resetear”, es decir apagar y volver a encender, algunos componentes. Aprendí que las computadoras a ratos se equivocan; que hay que ‘monitorearlas’ como si fueran un mal copiloto; que, a veces, no terminan haciendo lo que se espera y que no hay ‘otra’ que meter la mano (intervenir) y hacer en forma manual lo que desde el principio ellas debieron hacerlo bien… Es que somos animales de costumbre, nos hemos acostumbrado a otras maneras –o a lo más fácil–; así, lo novedoso no siempre termina gustándonos, lo hallamos complicado, tortuoso, difícil de replicar. Pero al final no hay problema, uno se adapta a los cambios y se termina por acostumbrar.
Satisfechas las claves requeridas, reingreso a mi blog. Advierto que ya cuenta con más de 200 mil visitas… Tiene más de 15 años; he escrito quizá 1.200 de todos los artículos publicados; ello me compromete a perseverar por unos años más…
La tecnología y sus fantasmas
23 diciembre 2025
Viajes del capitán Cook
Inicio con una digresión fonética relativa a la palabra Jacob, nombre hebreo de uno de los personajes de la Biblia y de dos de los apóstoles de Jesús. Uno de ellos, Jacobo el Mayor o de Zebedeo (Iacob o Yacob), tuvo un nombre que devino en Yago, Iago, Tiago o Diego; y que, ya convertido en nombre de santo, pasó a conocerse como san Iago, Yago o Tiago, que no es otra cosa que San Diego o Santiago. En inglés, el Jacob hebreo tuvo dos traducciones: James para el común y Jacob para la realeza. No deja de ser curioso tampoco que, cuando traducimos James del inglés, no decimos Jacobo ni Santiago, sino Jaime. Aunque en inglés ya hay un nombre parecido: Jamie, que también lo traducen como Jaime…
Pero es de otro James que quería hablarles; fue un destacado explorador, navegante y cartógrafo inglés. Cuando yo era muchacho, había unos cheques viajeros que, cuando los quise recordar, me había parecido, por error, que llevaban su nombre. Cierto día, en uno de mis viajes por el mundo, di con una colorida aeronave que anunciaba también un nombre distinto, aunque parecido, decía: Thomas Cook Airlines. Luego de averiguar supe que, tanto a los cheques como a la aerolínea, se los había nombrado en honor a este Thomas, a quien se le ocurrió la idea de fundar una agencia de viajes (en Londres, hace 165 años). Thomas Cook (1808-1892) fue el pionero y verdadero padre del turismo; no solo fue el gran promotor de los viajes de placer, como se conocen hoy en día, fue el inventor de los “vouchers” que se usan todavía…
El navegante James Cook, en cambio, lo precedió en unos tres cuartos de siglo: vivió en el siglo XVIII (1728-1779), aunque murió joven: fue asesinado por aborígenes en Hawái a los 51 años. Desde temprano se destacó por su habilidad para calcular su posición, perfeccionando los métodos existentes, no solo en cuanto a latitud, sino también a longitud, gracias a la invención de relojes mucho más exactos, en particular del cronómetro. Siendo muy joven se incorporó a la marina mercante y, con esa experiencia, le fue fácil, pasar a integrar la Marina Real Inglesa. Puede decirse que fue el verdadero descubridor de Australia, tierra que ya había sido avistada por el español Luis Váez de Torres en 1606.
A Cook se le atribuye el nombre con que llamamos a los canguros: se sabe que mientras reparaba su buque en las costas de Australia, preguntó a los nativos por el nombre del marsupial y que, como estos respondían gan-garoo, que significa literalmente “no entiendo”, creyó que ese era su nombre real. Pero la mayor realización de Cook fueron sus tres grandes viajes de exploración por todos los mares del Globo. Comisionado por la Royal Society, y siguiendo instrucciones del Almirantazgo británico, lideró muy importantes periplos que lo llevaron alrededor del Mundo; y le permitieron reconocer gran parte del Océano Pacífico. Aquí hago una pequeña reseña de esos viajes:
Primer viaje: partió de Plymouth, al mando del HMS Endeavour en agosto de 1768 y regresó casi tres años más tarde (julio de 1771). Cruzó el Atlántico, pasó por Río de Janeiro, dio la vuelta al Cabo de Hornos, se adentró en el Pacífico, visitó Tahití y algunas islas de Polinesia; luego circunnavegó las Islas de Nueva Zelanda y se dirigió hacia Australia donde reconoció toda su costa oriental. Cruzó el estrecho de Torres y siguió hacía el occidente, navegando por el lado austral de las islas de la actual Indonesia y visitó Batavia (hoy Jakarta), para continuar hacia el punto más meridional de África, el Cabo de Buena Esperanza, y poner nuevamente rumbo a Inglaterra, navegando siempre en medio del Atlántico.
Segundo viaje: (1772-1775) al mando del HMS Resolution, en sentido opuesto al del viaje anterior, siempre viajando hacia el este; tuvo dos grandes objetivos: explorar lo más al sur posible, en la búsqueda de un probable continente austral, la mítica Terra Australis, de cuya existencia se sospechaba (pero que Cook nunca encontró); y hacer un reconocimiento de los archipiélagos del Pacífico Sur, finalizado lo cual puso rumbo hacia el Cabo de Hornos, el el punto más meridional de América, y continuó con rumbos oriente y nor-oriente, buscando una derrota intermedia entre América y África, antes de volver a Inglaterra. Al regreso sería ascendido, de capitán de fragata a la jerarquía de capitán de navío.
Tercer viaje: (1776-1779) también al mando del HMS Resolution. Partió de Inglaterra navegando hacia el sur del Océano Atlántico, dió la vuelta al África y se dirigió hacia Tasmania, en el sur de Australia, circunnavegó Nueva Zelanda, exploró las islas de Polinesia y se dirigió al norte hasta encontrar las islas de Hawái, a las que llamó Sándwich; luego siguió con rumbo noreste, llegó a California y recorrió las costas de Norteamérica; llegó al estrecho de Bering, que no pudo atravesar a pesar de varios intentos. Volvió a Hawái donde fue victimado (febrero de 1779). El resto de la tripulación volvió a intentar sin éxito el cruce del estrecho y luego siguió hacia el occidente, exploró la costa oriental del Asia, pasó por Filipinas e Indonesia, y volvió a Inglaterra luego de cruzar otra vez el Océano Índico y circunnavegar el África.
Viajes del capitán Cook
19 diciembre 2025
Elegante, silencioso y ágil, pero… *
Elegante, silencioso y ágil, pero… *
16 diciembre 2025
Still Waiting at the Door
Es un programa de concursantes; se presentan, probando fortuna, improvisados cantantes. La cámara muestra los rostros del jurado: reflejan la callada expectativa de la audiencia. El lugar parece un adaptado escenario. Un hombre algo viejo sube al proscenio y toma el micrófono, no luce andrajoso pero se lo ve desastrado. Antes de cantar comenta su condición: se llama Ernesto, tiene 54 años, vive de la caridad ajena, duerme en las calles. Dice haber sido carpintero, se lastimó las manos y construyó su casa, educó a su hijo. Más tarde, este y su mujer lo abandonaron. No está por el dinero o la fama; quiere decirles con su romanza que todavía los quiere y que por siempre los estará esperando…
La canción es la historia de su vida; pero también una de las tonadas más conmovedoras que he escuchado en la mía. Los jueces y el público disimulan sus lágrimas: les ha ganado la emoción. Se me hace inevitable buscarla más tarde en el internet. Su letra está colmada de nostalgia. Se me hace perentorio conocer el título, revisar su letra, saber el nombre de sus autores. Hay una mezcla de tragedia y de bondad en la actuación del hombre. Es muy valiente si de veras es lo que dice ser: un vagabundo. La melodía es preciosa y formidable su interpretación. Quizá hay algo ahí que produce una extraña sensación: el movimiento de las manos del desaliñado personaje no coincide con el ritmo de la tonada.
Escudriño en los medios para satisfacer mi curiosidad. Quiero saber si hay otras versiones o quién pudo ser el intérprete original. Lo que descubro me llena de confusión: “nadie la hizo”, nadie la compuso ni la inventó. Tanto la música como la actuación fueron creadas con inteligencia artificial… No puede ser, me digo para mis adentros. Resisto a la impresión de sentirme engañado, pero debo reconocerlo: es una de las mejores melodías y más sensacionales actuaciones que jamás haya presenciado en mi vida. Ya no pienso en la historia, ni siquiera en lo que nos traerá el futuro; me dejo inspirar por el mensaje... Pienso en mi Negro querido, en Felipe, el hijo que en forma artera me arrebató la vida, el hijo que perdí… Entonces, también voy a la puerta de mi casa y me pongo a tararear, con lágrimas en los ojos, esa triste canción…
Laid each brick with love and plans
You were my light, my reason why
Now I just talk to an empty sky.
Where your laughter lived before
Every night, I whisper low
Come back home, don't let me go
But silence is all I know.
Watched you chase your dreams and fly
I gave you wings, I stayed behind
But now you're gone, and so is time.
Where your footsteps touch the floor
Even pain begins to fade
But the love, it always stays
Still alone, still afraid.
To hear you call, to hear you say
That I remember who you are
But wishes don't go that far.
Old and tired, full of ache
Not for gold, not for fame
Just to call out your name
Still waiting, still the same…
Entonces, trato de encontrar una traducción adaptada a nuestro idioma, por lástima todas tienen una impronta literal. Ninguna acoge el pausado ritmo de tan genial creación. Me resisto a aceptar que ella esté destinada, en forma irremisible, a que solo se la pueda cantar en inglés. Me propongo “devolver el favor”, hacer alguna vez lo posible e intentar una nueva versión… Hay en ella una frase que me atrapa: “Hasta el dolor se empieza a ir, pero el amor siempre permanece”.
Still Waiting at the Door
12 diciembre 2025
Santos como Dios manda *
* Escrito por Arturo Pérez Reverte para Patente de Corso
Entro a menudo en las librerías San Pablo de Sevilla y de Madrid. Me gusta comprar libros de Hans Küng para los amigos, echar un vistazo a las nuevas ediciones de la Biblia, repasar lo que hay de patrística y teología: cada cual tiene sus vicios más o menos confesables. Y el otro día me dio por mirar el expositor de estampitas. Y allí, entre los santos clásicos —san Francisco, santa Teresa, san Antonio—, me encontré con caras que no había visto nunca: muchachos con aire de alumnos aplicados, chicas de dulce sonrisa de catequesis, adolescentes en vaqueros. Son los nuevos santos y mártires modernos que la Iglesia lleva a los altares. Y en mi laica ignorancia, me quedé mirándolos con curiosa perplejidad.
Háganse cargo: nací en 1951 y en el cole estudié Catecismo e Historia Sagrada, así que mi santoral aprendido se refiere básicamente a los santos de antes: los de parrilla, espada y fuego. Los que echaban a los leones. Soldados de Dios con un puntito de desafío en el suplicio, mártires de toda la vida, tipos y tipas duros, convencidos de que sufrir era su pasaporte a la eternidad. Ni ñoñerías, ni estampitas con sonrisas angelicales, ni mariconadas místicas: lo suyo era sudor, miedo, sangre y, a menudo, un sarcasmo final que desarmaba a sus verdugos. Santos, en fin, como Dios manda. Y la nómina resulta espectacular.
San Lorenzo es uno de los clásicos. Diácono romano, condenado a morir asado en una parrilla: carbones encendidos, olor a carne quemada, los legionarios tronchándose de risa, y el pavo todavía encuentra fuerza para escupirles la frase inmortal: «Dadme la vuelta, que por este lado ya estoy hecho». No hay fe que explique tanta insolencia. A eso llamamos carácter. Como el de san Sebastián, que posa con otro estilo, más blandito, pero a quien no se puede reprochar falta de agallas: atado a un poste y aguantando flechazos con un par de huevos.
Tampoco las señoras se quedan atrás. Ahí está santa Águeda: hermosa, cristiana y obstinada. Le arrancan los pechos y ella sale en las estampas presentando en bandeja su carne mutilada como tributo al cielo. O santa Cecilia:. el verdugo era torpe de narices, y la chavala agonizó tres días con el cuello abierto, cantando himnos como Shakira. Y volviendo a los tíos, ahí está san Bartolomé: desollado como conejo, aguantó rezando hasta el final. Aunque para santos provocadores, san Cipriano: al ir a rebanarle el gaznate, dio al verdugo una bolsa de monedas para que hiciera bien el trabajo. Pocas muertes tan romanas como ésa. Tan profesionales.
Y es que así eran los santos de antes: héroes de lo invisible. Sufrían con esa mezcla de valor y chulería que los hizo eternos. Nada que ver con los santos de ahora, que suelen ser monjitas buenas, jovenzuelos que obedecían a sus padres, muchachas que ayudaban en las tareas del hogar, criaturas devotas de la catequesis. Nada que reprochar; la fe y la inocencia son siempre dignas de respeto. Pero la comparación es inevitable. Ahí tenemos, por ejemplo, a Carlo Acutis, adolescente italiano muerto en 2006, beatificado por su vida ejemplar y su devoción al rosario y la Eucaristía. Buen chico, amante de la informática, generoso con los pobres, estudioso y obediente. La Iglesia lo propone como modelo para la juventud digital.
Nada que objetar: su bondad es luminosa. Pero imaginen el descojono de un san Pedro, un san Pablo, un san Andrés, santos que eran carne de circo y patíbulo. Casi todos los de ahora son flores de pitiminí, ejemplos de obediencia, estudios y pureza de costumbres. Pasamos del macarra al monaguillo, del guerrero al muchacho aplicado, de la parrilla romana al cuarto de estudio. Aquellos tenían biografías como escritas por Homero: hierro, sangre, frases insolentes en la cara del verdugo. Las de ahora parecen redactadas por el tutor del colegio: «Era buen estudiante, respetuoso con sus padres, rezaba el rosario y ayudaba en casa».
Tal es la cuestión. Porque uno, con sus pecados y cicatrices, se pregunta a quién confiará el alma cuando toque dársela a quien se la dio. Y francamente: si debo rezar y encomendarme a alguien, prefiero los clásicos de toda la vida como san Apapucio, obispo egipcio decapitado en tiempos de Diocleciano, o san Simeón Estilita, que estuvo treinta años subido a una columna aguantando sol, viento y lluvia, con dos cojones. Esos viejos caimanes eran los Clint Eastwood del dolor, gladiadores de Dios. Eran profesionales serios. ¿Cómo voy a confiar mi salvación a un niñato que ayudaba en las tareas de casa, aprobaba matemáticas, sabía manejar el PowerPoint de la parroquia y no tenía ni media hostia?
Santos como Dios manda *

