14 junio 2024

Ex libris

“Ex libris” es una expresión latina. Como se podrá inferir, está relacionada con los libros. Al inicio, no fue más que una marca, un sello inscrito en los libros o papiros para denotar su propiedad; de hecho, el ex libris más antiguo habría pertenecido a un faraón egipcio y tendría más de tres mil años de antigüedad. No olvidemos que entonces eran textos que se encontraban en pocas manos; a ellos solo tenían acceso los soberanos, los copistas o escribanos –por lo general monjes– y, quizá, unos pocos sabios, filósofos y hombres de ciencia que los cuidaban con mucho celo. Ex libris era una impronta para indicar pertenencia.

Antes de la invención de la imprenta, los libros tuvieron un carácter reservado; los copistas se encargaron de cuidarlos y preservarlos; de su oficio dependió en buena parte la transmisión del saber y la cultura. El empleo de estos distintivos fue una forma de advertencia: alertaba a los eventuales lectores inescrupulosos de los castigos o penalidades que se podrían esperar si se sustraían esos textos o se les daba un uso indebido. Esas alertas podían incluir maldiciones o simples amenazas y, en tratándose de textos religiosos o pertenecientes a las instituciones monásticas, incluso sanciones tan drásticas como la excomunión papal.

 

Pero además, y en el uso coloquial, la expresión pasó a adquirir un carácter figurativo. En algún momento se la empezó a utilizar para indicar que constituía un emblema, la “marca de fábrica”, algo que podía ser considerado como típico de una persona, institución o familia. Así, en una determinada dinastía, por ejemplo, si sus integrantes tenían las cejas muy pobladas o sus quijadas estaban signadas por el prognatismo, aquellos rasgos sobresalientes pasaban a considerarse como su “ex libris”: el sello peculiar de su linaje.

 

Ya aplicado a los libros, el ex libris pudo haber sido un jeroglífico, un sello conspicuo, y hasta un dibujo algo más elaborado. Literalmente significaba “de (o entre) los libros”, con el sentido de que el ejemplar pertenecía a la colección de un determinado propietario. Pero los libros no son sus lomos ni sus carátulas (lo que vemos); son, sobre todo, sus páginas; esto es: sus palabras, las historias o temas que están contenidos en ellas. Así, lo que cuenta no es ya estar rodeado por los libros –vivir “entre” ellos–; lo que verdaderamente importa es estar uno mismo “dentro” de ellos: y, para poder vivir esa inédita e insospechada vida paralela, solo tenemos acceso a la misma si sabemos adentrarnos y sumergirnos en sus vericuetos…

 

Mi vida personal ha sido un continuo romance con los libros. Jamás podré olvidar unos diminutos volúmenes que me obsequió papá luego de uno de sus viajes; él quizá habría ya descubierto mi temprana inclinación por la lectura, y fue él quien acicateó mi afición por esos arcanos e inesperados “nuevos viajes”. Hoy que lo pienso, cumplí en mis lecturas –sin habérmelo propuesto– una suerte de circuito itinerante, similar al que tuvieron mis innumerables y consecutivas moradas o residencias. Aquel circuito tuvo siempre un curioso comportamiento circular, uno que se desplazaba en sentido contrario al de las manijas del reloj…

 

Y es que mi afición por los libros se roforzó luego de que regresé de Estados Unidos, una vez terminado mi entrenamiento de vuelo. Habría sido mi intención formar una modesta estantería… pero, más temprano que tarde, esta se convirtió en librero y, luego, ya en biblioteca. Desde mi más remoto lugar de vivienda ya existe un rincón o un ambiente destinado a ubicar mis libros. Hoy, en ese dedicado lugar, los libros ya cubren sus paredes. Pero no lo utilizo para leer ni para escribir: es tan solo un lugar de almacenamiento.

 

Al principio, esos libros solo fueron usados para su exploración o lectura; pero, más tarde, vinieron en mi auxilio y se convirtieron en estímulo para ensayar también con la escritura. Todavía era un muchahcho soltero cuando descubrí que me gustaba contar. “¿Y, de qué se te antoja escribir?” –uno de mis hermanos alguna vez me preguntó–. “Creo que me gustaría dedicarme al cuento”, me parece que respondí. “Nunca te olvides que no se puede vivir del cuento”, socarrón él me contestó…

 

Existe un epígrafe lateral en este blog, en él expreso mi intención por provocar o inspirar. De no ser factible, al menos aspiro a ayudar a ver la realidad –la de las posturas y otros asuntos– desde otra esquina, desde otros ángulos, desde un punto de vista inédito o, al menos, diferente. En el fondo, solo soy un peregrino que aprendió a hablar “en quiteño” y que hace un esfuerzo para escribir en ese idioma prodigioso –aunque a veces esquivo y elusivo–: nuestra lengua, el sin par castellano que heredamos de nuestros padres…


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11 junio 2024

“Troubleshootings”

Sí, esa debe haber sido mi primera clase práctica de “troubleshooting”, una asignatura que me dieron en el jardín de infantes… Era, como es fácil de imaginar, una institución educativa (“unidad” dicen ahora) de carácter mixto, como cualquiera que se precia. El punto es que allí yo tenía una gran variedad de “condiscípulas” (que es palabra rara dice el Efe) o, lo que es lo mismo: de compañeras. Era un tiempo en que yo era un poco indeciso (no estaba muy seguro de quién mismo me gustaba más) y tenía la mala costumbre de conversar con ellas tomándoles de la mano; mientras la profesora se acercaba, cada vez con más frecuencia –y sospecha– de lo necesario y me veía con mala cara. No me cupo duda: “algo se imaginaba”…

En esas yo andaba, tratando de dilucidar quién mismo era la que más me gustaba, cuando la presencia de esa profe, convertida ya en celadora, cada vez me inquietaba más y más. Luego, empecé a advertir que Miss Laura se fijaba y se fijaba en mí: no me quitaba los ojos de encima. Al día siguiente, me quedé en clase después de la campana; y, cuando ya nadie estaba en el aula, me acerqué a su escritorio y le confesé que me había dado cuenta de que no dejaba de mirarme y que quería saber si le importaría ser mi enamorada… Lo inesperado entonces sucedió. Y fue que, al día siguiente, mis padres fueron llamados al parvulario, fui sometido a un tedioso interrogatorio y las autoridades solicitaron mi perentorio retiro de la escuela.

 

Esto sucedió hacia finales del curso lectivo; así que lo tomé con espíritu deportivo o, quién sabe, con cierta filosofía. Como cuento, ya estábamos cerca de las vacaciones de verano; por lo que, lo más seguro es que yo habría pensado: “Bueno… ¿Por qué preocuparse?, si, total, ya mismo se acababa”…

 

Fue por esos mismos días que empecé a reflexionar en el por qué y en el para qué de lo que a mí me ocurría, o me pasaba. Entones descubrí lo que ya había sospechado en ese tortuoso interrogatorio –sin que nadie me lo hubiera siquiera insinuado–, y es que: hay ocasiones en que uno “tiene derecho a guardar silencio (y a pedir la presencia de un abogado), ya que cualquier cosa que diga puede ser utilizada en su propia contra”. Así analicé y diagnostiqué el problema: ¡fue aquella mi primera clase práctica!… Pasado el tiempo, pude darme cuenta que algún ser artero y desaprensivo había copiado vilmente mi reflexión e idea y esta había pasado a convertirse en un manido recurso para advertir a los acusados de lo que les puede ocurrir si hablan sin ordenar sus ideas, y si son interrogados frente a un tribunal de justicia…

 

He elaborado, esta laaarga exposición para no aburrirles; y, además, porque quiero hablarles de un término sajón que casi no tiene traducción y que lo he escuchado a algunos técnicos que a veces lo mencionan en nuestro idioma y lo reemplazan por “cazafallas” (¿no cierto que suena como “cazafantasmas”?). Y es que, si vamos al sentido literal, este troubleshooting no es sino un vocablo compuesto que deriva de trouble (problema o dificultad) y shooting (disparar), pero que realmente se utiliza para significar la “identificación, diagnóstico y resolución de averías o problemas”; en suma: es el “proceso para descubrir la razón para que algo no funcione como se debe, a la par que sugerir soluciones para mejorar la situación que se ha creado”. En resumen: es la búsqueda de la diferencia entre lo actual y la condición que se desea”.

 

A los pilotos, como ya lo habrán adivinado, no mismo nos gusta la mecánica (no sé si porque no entendemos cómo funcionan los aparatos o porque no nos gusta ensuciarnos las manos). A unos pocos sí, pero son la excepción. En lo personal, yo detesto los problemas técnicos y soy uno de los más ineptos “que en el mundo han sido”, para cuando me toman en cuenta y piden que arregle la bomba del baño o cambie un foco … pero, en cambio, tengo una gran ventaja: no soy malo para analizar un daño o desperfecto, y para pergeñar un diagnóstico. Me baso en un método o proceso; y, eso, me ha ayudado mucho en la vida…

 

Me he roto estos días la cabeza tratando de descubrir por qué se reducía sin razón el nivel del refrigerante de mi auto. Como la fuga no era evidente, la evaluación mecánica determinó que podría tratarse de la bomba de agua o del termostato e, incluso, de un problema más serio que hubiese requerido abrir el motor… Nadie había caído en cuenta que, habiendo un protector inferior, el derrame no sería aparente; y que, debido a la ubicación de la bomba, la fuga solo podía provenir de una cañería. Resultado: no tuve que reemplazar el conjunto (USD 1.200) sino tan solo un casi inaccesible ducto (USD 120)… ¡Cómo me ha servido mi casi olvidada clase de troubleshooting!...  He descubierto, como en la canción, que: Nada soy sin Laura (mi maestra)…


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07 junio 2024

El albornoz de Somerset Maugham *

 * Por Arturo Pérez-Reverte. Publicado el 15 de marzo de 2024 en XL Semanal.

Creo que ya les conté en alguna ocasión que cuando era un joven lector solía imaginar a los escritores de éxito —Hemingway, Ian Fleming, Somerset Maugham y todos los demás— sentados en la terraza de una habitación de hotel de lujo en Italia, el Caribe o la Costa Azul, vestidos con un albornoz, escribiendo sus novelas con una pluma estilográfica Swan o Conway junto a la bandeja en la que acababan de servirles el desayuno mientras una mujer hermosa —o un hombre, en el caso de Maugham— dormía dentro, entre sábanas revueltas. Lo comenté hace unos días con mi hermano de letras José Carlos Llop, gatopardesco escritor mallorquín cuyos Dietarios son verdaderas obras maestras, y éste hizo un comentario que me lleva hoy a teclear estas líneas: «En realidad, camarada, lo hemos hecho».

 

Y, bueno. Tiene razón José Carlos. Si miro hacia atrás, lo hemos hecho. Los hoteles lujosos, igual que los antros más infectos, no eran novedad en aquellos años tempranos, cuando no pretendía escribir historias de ficción y me limitaba a ser un reportero que leía libros mientras frecuentaba las cuatro esquinas del caos y las catástrofes. Fue más tarde, cuando empecé a jugar a ser novelista, cuando el ritual del escritor, o de lo que yo creía que podía ser un escritor, formó parte de mis hábitos. Pero la verdad es que eso de las terrazas y los albornoces, a pesar de practicarlo de vez en cuando nunca me lo tomé en serio. Era un juego, como digo, del mismo modo que cuando era niño, después de una película, un libro o un tebeo, me disfrazaba de corsario, de espadachín, de vaquero, para jugar a eso mismo. Para prolongar —mi añorado Javier Marías hacía lo mismo— el fascinante placer de la aventura.

 

Pienso en eso hoy, haciendo exactamente lo que comentaba con José Carlos, sentado en el balcón de mi hotel habitual de Nápoles frente al Lungomare, el castillo y la bahía que se extiende azul bajo el Vesubio, hasta Capri. Visto un albornoz blanco y corrijo el noveno capítulo de una novela de la que llevo escritos dos tercios, pienso en Llop, en Marías y en Maugham —su relato El collar de perlas vale por toda su obra—, y cumplo con el ritual, homenaje a mis amigos y al lector de mi infancia y juventud, incluso al novelista ingenuo que en otro tiempo fui. Pero soy consciente de que también ahora, como cuando era niño, estoy jugando —incluso la guerra, cuando fui reportero, ofrecía asombrosos ángulos de juego—.

 

Y lo soy porque llevo treinta y ocho años escribiendo novelas y sé que éstas, o al menos las mías, no se escriben de verdad en terrazas de hoteles de lujo, sino en la soledad intensa de una habitación o una biblioteca: con el trabajo constante de seis a ocho horas cada día, procurando mantener la concentración, la disciplina obsesiva, el estado de gracia que, si no se altera con turbaciones, influjos o injerencias, jornada tras jornada permite avanzar en la historia que tienes en la cabeza y que poco a poco, con mucho trabajo y esfuerzo, toma forma a cada teclazo, a cada palabra, a cada frase, a cada página escrita. Nadie me lo dijo nunca tan bien como Oriana Fallaci —ya estaba enferma— durante la primera guerra del Golfo: «Arturo, escribir novelas en serio fatiga y mata más que las bombas».

 

Pese a todo, el juego sigue. Y eso es lo que más me gusta de mi oficio. Y no se trata de vestir el albornoz de Somerset Maugham —lo de las mujeres hermosas ya es asunto de cada cual—, sino de la maravillosa oportunidad de vivir vidas pasadas, futuras, propias, ajenas, y ponerlas a disposición de cientos de miles de lectores que las vivirán contigo. Escribir una novela es multiplicar tu existencia; administrar el éxito y el fracaso, la fealdad y la belleza, la vida y la muerte; codearte con amigos leales y hacer frente a enemigos perfectos; vivir episodios imposibles a tu edad o con tu forma de vida; ser joven o viejo, audaz, valiente, miserable o cobarde según las necesidades de la trama; sentir esas existencias imaginadas, a esos personajes hombres y mujeres como si fueras tú mismo; repetir cosas que hiciste o hacer las que no hiciste nunca: triunfar, fracasar, seducir, amar, odiar, torturar, matar, ser héroe o villano, y tal vez ambas cosas a la vez. Ajustar cuentas, en fin, con el mundo y con tu vida. Quizá tengas 72 años y ya no puedas pegarte con un fulano en un tugurio de Beirut, beber la última botella de Vranac en Sarajevo o levantar una chica guapa en Sorrento, pero escribir una novela ofrece la posibilidad de hacer todo eso y mucho más, con los únicos límites de tu imaginación y tu talento. Disfrazarte cada día, como cuando eras niño, de lo que nunca fuiste ni serás, o de lo que fuiste y ya no volverás a ser.


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04 junio 2024

Merodeos con la polisemia

Hace poco disfruté de una interesante entrevista. Sucedió en la tele y me dejó apreciar la sólida formación y la “fina” perspicacia del entrevistado. No en vano, había colaborado por más de 20 años con CNN: se trataba del ex Secretario de Comunicación del gobierno, a quien le habían asignado para nuevas funciones en un organismo internacional. Le consultaron si volvería a la política: “Depende de qué entendamos por política” –contestó–, al tiempo que recordaba que en inglés la palabra política (politics) entrañaba dos conceptos diferentes: el uno relacionado con la opinión respecto a los asuntos de gobierno (lo partidario) o con las artimañas para alcanzar el poder; y, el otro, con la gobernabilidad y las ciencias políticas.

No deja de ser curioso –y lamentable– que a veces lo uno no solo afecte sino que, incluso, se contraponga con lo otro. Esto parece incomprensible porque el fin de la política, no puede ser otro que el bienestar de la gente, el bien común como propósito. Y porque son “otras” políticas (no las de las posturas, ideologías e intereses) las que aportan a claros objetivos y determinan el éxito de un gobierno. La eficacia y eficiencia no necesariamente tienen que ver con las ideologías; estas muchas veces promueven actitudes a ultranza que distorsionan los objetivos y hacen que estos fracasen cuando se intenta ponerlos en práctica.

 

Es más bien ese otro tipo de política, aquel relacionado con el plan o la estrategia, la gobernabilidad o la gobernanza, el que debe ser reforzado y puesto en valor. Solo cuando así se proceda, se podrán tener verdaderas políticas de Estado, habrá menos populismo y demagogia, y existirán programas que se podrán implementar en forma permanente. La gobernanza nunca debe admitir el influjo de la politiquería, terreno en el cual rigen los intereses, las maniobras, la ausencia de rumbos y la improvisación.

 

Pero… hay otra “política” (una que solía escuchar en mi niñez). Consistía en una forma de etiqueta o cortesía, como no servirse todo lo que nos ponían en el plato, cuando íbamos a una casa ajena… Entonces se nos recomendaba dejar “algo” para no dar la impresión de que nos animaban la gula, la ansiedad o la avaricia. Esa etiqueta pudiera haber quedado en el olvido y ello pudiera obedecer a dos motivos: uno, que ésta habría pasado a considerarse como signo de desperdicio o de desprecio; y, otro, que ha empezado a primar la costumbre de servirnos por propia cuenta. Imposible olvidar el lema de un restaurante, tipo buffet, que conocí alguna vez en Los Ángeles (“The swedish smörgåsbord): “Sírvase todo lo que quiera, pero por favor –y por el bien de nuestro concepto de negocio– no se sirva más de lo que pueda disfrutar”…

 

“Etiqueta” tiene también otros significados que no están relacionados con la forma de comportarse o con un tipo especial de atuendo… Existen actividades deportivas –por ejemplo– que requieren de ciertas normas de cortesía. Este es el caso del golf, donde existen códigos de conducta, orden y respeto. Sobre la base de normas sencillas, los jugadores saben quién juega primero o cuándo deben hacer silencio; procuran no invadir la línea de tiro de sus compañeros y, una vez en el “green” (el área que rodea a la bandera), no pisan la línea que va desde la posición de la bola del compañero hasta el sitio donde está ubicado el hoyo.

 

Pero esta etiqueta nada tiene que ver con aquel membrete que se coloca en algunos productos para identificar la marca o el nombre del fabricante, o para dar información de sus principales características o componentes (tómese el caso de las botellas de vino, por ejemplo). Este es un tipo de literatura que está contenida en adhesivos que en otras latitudes prefieren llamar “marbetes”. Es así cómo se los conoce en algunas partes (y cómo los llama el diccionario de la Real Academia de la Lengua).

 

La “polisemia” (la pluralidad de significados de una misma palabra) actúa, en ocasiones, en forma traviesa, si no caprichosa. Tómese por ejemplo el masculino del primer vocablo entrecomillado más arriba: el “fino” es un tipo de vino blanco, seco y ligero, que tiene un bajo grado alcohólico, y que se produce en el Marco de Jerez, en el sur de España; este utiliza hasta tres variedades de uva: palomino fino, pedrojiménez y moscatel; sin embargo, el producido en Sanlúcar de Barrameda (ubicado junto a la desembocadura del Guadalquivir) es llamado “manzanilla”… (era aquel mismo que acostumbrábamos llevar en botas de cuero a los festivales taurinos); pero, a este, no hay que confundirlo con la infusión aromática (la digestiva camomila)…


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28 mayo 2024

De castañas y otras nueces

La llamaban Gretchen, la conocí en la piscina de la escuela de aviación. Todo ocurrió el día mismo de mi decimoctavo cumpleaños, con el que –de súbito– podía ya ordenar una cerveza y me convertí en “mayor de edad”… Tenía libre esa mañana y había bajado a la pileta pues quería practicar eso de “lanzarme desde el trampolín”. En esas estaba, cuando en una de las zambullidas no levanté la cabeza a tiempo y rocé la frente en el piso de la alberca. Braceé hasta el otro lado y solo entonces caí en cuenta que tenía sangre en el rostro y que alguien había sido testigo de lo sucedido… Una atractiva chica escogía una tumbona y se disponía a acomodarse, cuando reconoció que sangraba y se ofreció a acompañarme a la enfermería. Subimos luego a mi habitación; fue cuando “me supo” procurar otros cuidados … Así, sin más, “la conocí”…

Más tarde mi entusiasmo amainó cuando me enteré de que no era “el único”; que similares atenciones ya les habían sido prodigadas a otros de mis propios compañeros de dormitorio... Había creído, ¡qué ingenuidad!, que “había sido el primero” pero tuve que contentarme con la certeza de que, en realidad, había sido ella la que “había sido mi primera vez”… Gretchen fue la culpable de mi verdadero debut, de “mi primer vuelo solo”; fue, a la vez, el único pasajero de ese, mi “maiden flight”… Fue ella, además, quien me contó que su nombre era solo un diminutivo –el de Gänseblümchen en alemán, o Daisy en inglés–. Me contó que su nombre significaba “perla”, voz que provenía del latín margarita… “No lo puedo creer –respondí–, así mismo se dice en español, pero es un vocablo que no admite diminutivo: no puedes decir “margaritita”…

 

Y fue a ella a quien escuché por primera vez aquel “hazel” (se dice “jeizel”), para referirse al color de mis ojos, término que por más de 50 años estuve convencido de que quería decir “castaño”, oblivious to the fact (ajeno al hecho) de que esta era palabra que se refería al color marrón, y no al de la “avellana”, que es lo que realmente significa en inglés. Habría estado equivocado por tan largo tiempo, pues estuve convencido de que hazel era una tonalidad de castaño, cuando en realidad hacía mención a ese color “pardo bajito”, claro y algo verdoso, que tiene la corteza de ese otro fruto, esa nuez redonda que llaman avellana.

 

Existe una curiosa expresión en el castellano, aquella de “sacar las castañas del fuego”. Hay quienes la utilizan para indicar que una persona habría hecho un favor a alguien más o que habría sacado de un apuro a otra persona. El diccionario define esa locución con el sentido de “ejecutar en beneficio de una tercera persona algo que puede resultar en daño o disgusto para uno mismo”, lo que solo quiere decir: “hacer que otra persona acometa una tarea, que uno mismo no la quiere ejecutar”. El origen de la expresión estaría en una fábula de Jean de La Fontaine; en la que un mono y un gato tratan de asar unas castañas. Mas, cuando las tienen que retirar del fuego, el mono lisonjea al gato adulándole por su valentía. Esto halaga al felino, quien, sin mucho pensarlo, orgulloso se decide a tomarlas con las manos, quemándose en el intento…

 

Existe también otra conocida expresión, relacionada con esas mismas nueces, aquella de que alguna condición o circunstancia “pasa –o ha pasado– de castaño oscuro”. Esta lo que realmente quiere decir, es que una situación determinada se ha convertido en algo demasiado enojoso o grave” (esto, de acuerdo con el diccionario), es decir que algo se ha tornado excesivo o insoportable.

 

Pero si hemos de hablar de nueces y frutos secos, mi favorita es una que llaman “anacardo” (la verdad es que siempre he preferido identificarla por su nombre inglés), tiene la forma de un diminuto riñoncito que no pasa de dos centímetros, su nombre botánico es “anacardium occidentale”. Algunos la llaman “nuez de la India”, sin embargo de que es el fruto de un árbol originario del Brasil. Tiene una gran variedad de nombres, pues muchos solo tratan de imitar el sonido de la voz inglesa “cashew nut”. Sé que también la llaman cajú, cayú o cashú; o con un generoso número de otros extraños nombres, como merey, marañón, cajuil o pepa.

 

Dice la enciclopedia que este anacardo se cultiva en países del norte de Sudamérica, en lugares que gozan de clima tropical. Los “cashew nuts” eran calentados en los hornos de primera clase y los servían en algunas aerolíneas asiáticas; eran una verdadera golosina. Con el tiempo me fui dando cuenta que eran peligrosos: algo había en su textura  y sabor que los convertía en adictivos… Siempre los preferí sobre las almendras, las nueces, las avellanas o las castañas. Esos riñoncitos son ideales para acompañar un matinal aperitivo…


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24 mayo 2024

Una paz muy arisca

Es una verdad de Perogrullo que las guerras surgen de imprevistas discordias, de súbitos desacuerdos o de renovados resentimientos; pero, una cosa es cierta: el combustible que las propaga o prolonga siempre está integrado por la hipocresía y el cinismo. De hecho, ellas sobreviven gracias a esos silencios acomodaticios convertidos en complicidad. Frente a ello, y a través del tiempo, siempre ha sido valioso el papel que ha sabido asumir la literatura. Esa disposición o postura no se ha generalizado por desgracia. Hoy mismo, son muy pocas las voces que repudian los conflictos bélicos que se mantienen en el mundo; de veras parecería que ellos a pocos importan. Pasan pocas semanas y, al cabo, los medios dejan de informar.

Ya en la antigüedad, el gran Eurípides juzgaba como una forma de necedad aquello de tratar de ganar fama buscando, en el combate, remedio para los conflictos entre los pueblos. Por esa misma línea han sabido levantar sus lúcidas voces escritores como Louis Ferdinand Céline, Jorge Luis Borges o José Saramago (para citar unos pocos y sin seguir necesariamente un orden alfabético).

 

Céline se refirió a nuestra “arisca paz” en su Viaje al final de la noche. Rechazó la inútil futilidad de la guerra “por todo lo que esta entraña”; “no la deploro, ni me involucra –dijo–, no quiero tener nada que ver con ella”. Se refirió a todos esos soldados muertos, a esos hombres desconocidos que luego nadie los recuerda. Y, con ese lenguaje violento, satírico y, a veces, obsceno que lo caracterizaba, desafió por medio de uno de sus personajes a recordar el nombre de uno solo de ellos: “Resultan tan anónimos, indiferentes y más desconocidos que un detrito matinal –dijo–, ¡murieron para nada, absolutamente nada, como cretinos!”

 

Borges también se dejó escuchar: “A pesar de ser nieto y bisnieto de militares… soy pacifista. Creo que toda guerra es un crimen. Además, si se admiten guerras justas, que sin duda las hubo —la guerra de los Seis Días, por ejemplo—, si admitimos una guerra justa, una sola, eso ya abre la puerta a cualquier guerra y nunca faltarán las razones para justificarlas; sobre todo, si se las inventa y se encarcelan como traidores a quienes piensan de otro modo. De antemano, no me había dado cuenta de que Bertrand Russell, Mahatma Gandhi, Juan Bautista Alberdi y Romain Rolland tenían también razón al oponerse a la guerra; y quizás se precise más valor ahora para oponerse a la guerra que para defenderla o, incluso, para participar en ella”.

 

El premio Nobel José Saramago tampoco estavo ausente en este reprobador empeño. Poco antes de su muerte había estado trabajando en una novela de carácter pacifista a la que había titulado Alabardas, espingardas. En ella, una pareja mal avenida convierte el espinoso asunto en una alegoría doméstica: ella es una militante pacifista y antagoniza con su consorte que, para colmo, trabaja para una industria fabricante de armas. Lástima que el portugués no alcanzó a cumplir con su cometido (solo había dejado unos pocos capítulos). Tengo, entre mis planes continuar con ese proyecto. Me encantaría concluir aquella tarea…

 

Pero ha sido también una mujer, Rosa Montero, quien ha “puesto su pica en Flandes”. En un valiente artículo, publicado en El País hace pocos días, expresa muy firmes y consistentes conceptos: “Todas las culturas son belicistas –señala–. Se nos educa desde la misma cuna en una falsa épica, en un heroísmo de latón pintado… las batallas nunca son bonitas, excitantes o enardecedoras… (Allí) todo es grotesco, innecesario, aterrador, idiota y miserable. Un sufrimiento colosal carente de la más mínima brizna de sentido y de nobleza… la guerra es un horror sin paliativos”… La española utiliza frases terribles contra Napoleón; las cotejo por un minuto con el espíritu de la Primera Enmienda norteamericana y dudo que pudieran ser toleradas en esa sociedad; ahí la libertad de prensa exige dos requisitos: acusar con la verdad y no incitar al odio o la violencia.

 

Pienso en la empecinada obsesión de Putin por mantener la guerra contra Ucrania, pienso en la ironía de los judíos haciendo con los palestinos lo mismo que el mundo condenó por lo que hicieron con ellos y no lo puedo creer, ni procesar… Es fundamental que la geopolítica deje de basarse en posturas estrechas que solo miran a los intereses y la ideología. Las guerras son absurdas e insensatas, lo primordial no es resolver los pretextos sino saber atender a los aspectos humanitarios. Solo con acuerdos, cediendo en nuestras intransigencias y mirando el beneficio global, podremos sobrevivir en un planeta que ejercite la fraternidad y recupere la fe en su futuro colectivo. ¡Ya basta!, me digo a mí mismo. Y creo que no hace falta decir más.


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