07 agosto 2026

Tesoros escondidos *

Transcribo este simpático artículo de Manuel Vicent, así como dos comentarios efectuados al mismo que captaron mi atención. ¡Disfrútenlos!

Una caja fuerte especial *

  * Escrito por Manuel Vicent para El País de España

Cuando unos ladrones entran en una casa, en general buscan joyas y dinero en metálico y por su larga experiencia primero se dirigen a las cajas de zapatos, luego a las perolas de la cocina, a los libros de las estanterías, a los radiadores, a los colchones, a la caja fuerte descubierta detrás de un cuadro. Al parecer, existe un orden instintivo a la hora de esconder el dinero, los ladrones lo saben y por supuesto también lo sabe la policía que tiene a su disposición perros amaestrados capaces de señalar un fajo de billetes en cualquier doble fondo, entre las vigas del techo, bajo un ladrillo del salón o enterrado en una fosa del jardín.

A la hora de buscar un lugar oficialmente seguro tampoco sirve alquilar la caja de un banco que sería el primero en delatarte si tuvieras un problema con Hacienda. La paranoia de quien guarda en casa gran cantidad de dinero negro debe de ser muy angustiosa. A un escritor especialista en historias de detectives le preguntaron, llegado el caso hipotético en que se viera obligado a esconder un alijo de dinero, qué lugar escogería. Era un escritor de éxito, muy elogiado por la crítica, había sido reconocido por su talento con alguna medalla de oro nacional.

Ante una audiencia que le seguía con mucha atención explicó que su plan podría tomarse con humor a la manera de un relato de Agatha Christie. Primero trataría de mantener la fama de persona honesta fuera de toda duda, lo más alejada posible de cualquier hedor a dinero sucio. Para disimular escribiría versos muy líricos. Dada su reputación no tardarían a invitarle a que guardara para la posteridad algunos de sus escritos. Sin duda podría hacerlo en una caja fuerte del Instituto Cervantes donde los autores depositan textos que desean que se lean en el futuro. Aprovecharía esta invitación para guardar en esa caja un millón de euros envuelto en un pliego de sonetos donde permanecería bajo una llave a su disposición. Ni a Hércules Poirot se le ocurriría meter allí la nariz.

Christian Sanz:

Niccolo Ziani fue un mercader veneciano de finales del siglo XV que se quebrantó la salud negociando seda y especias con los turcos. Reunió una fortuna en oro macizo, esmeraldas, perlas y letras de cambio. El viejo desconfiaba de los usureros de la Plaza de San Marcos y, todavía más, de sus tres hijos; sabía de sobra que lo que a él le había costado décadas amasar, ellos lo dilapidarían en un tris. Por eso se llevó parte de la riqueza a un bosque de hayas, allá donde Treviso empieza a empinarse buscando las estribaciones de los Alpes. No dejó mapas ni confesó el secreto a nadie. En su lugar, escribió un pequeño cuaderno dedicado a sus viajes y observaciones comerciales que todo el mundo tomó por unas curiosas memorias de mercader.

Hubo que esperar mucho tiempo para que alguien sospechara de aquellas páginas. Las cifras de los sacos repetían patrones extraños y los nombres de las islas griegas formaban frases sin sentido comercial. Hoy ya no hay duda: el libro era, en realidad, la clave para localizar el tesoro.

J. Zamora Bermudo:

La parte más débil de una caja fuerte es su parte trasera. He visto muchos casos en los que los ladrones han abierto cajas de 300 kilos como si fueran latas de sardinas. Las partes traseras son como las puertas falsas de un cuartel. Todo el esfuerzo se dirige a las puertas por donde no sería capaz de entrar ni una cucaracha. Sin embargo, por la parte trasera del mundo entran todo tipo de especímenes sin ser vistos. Son quienes manejan los hilos de la vida desde sus sillones de poder. Mientras todos ponemos la vista en los que pasan por la puerta principal, ellos entran y salen a su antojo. Las joyas de la caja de Rodríguez Zapatero nos han deslumbrado por su impacto moral. Sin embargo, estoy seguro de que lo importante es lo que aún no se ha visto; lo importante está en quién entra y sale por la puerta de atrás, sin pedir permiso, sin pedir perdón.


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04 agosto 2026

Gilgamesh y la Biblia

Con la ayuda de Inés Alban (IA) me permito resumir la sorprendente similitud entre los relatos de la Epopeya sumeria de Gilgamesh y del Génesis en la Biblia; tanto referentes al paraíso terrenal y al árbol del Bien y del Mal, cuanto a la historia del diluvio con sus respectivos actores: Gilgamesh y el patriarca Noé.

La Epopeya de Gilgamesh es bastante más antigua que la Biblia. Las versiones escritas más antiguas de Gilgamesh (en tablillas de arcilla), un poema épico sumerio, datan de entre 2100 y 1800 a.C. En contraste, los primeros textos hebreos del Antiguo Testamento se redactaron entre el 800 y 600 a.C. (al menos mil años después).  Por su antigüedad, varios historiadores concuerdan en que la tradición de Gilgamesh –y su relato de un gran diluvio– influyeron en las narraciones bíblicas posteriores, como la historia del Arca de Noé.

La serpiente y la manzana: en ambos textos, la serpiente actúa como un agente que arrebata la inmortalidad o la eterna juventud a los humanos. Sin embargo, la manzana no aparece en el texto bíblico original, y el objeto robado en Gilgamesh es una planta marina. El desglose de los elementos varía entre ambos textos:

La Serpiente: en Gilgamesh, el héroe logra obtener una planta mágica en el fondo del océano que devuelve la juventud a los ancianos. Al regresar, se detiene a bañarse en un estanque de agua fresca. Una serpiente huele el dulce aroma de la planta, la roba y se la come. Al instante, la serpiente muda su vieja piel por una más joven, explicando el mito de por qué las serpientes rejuvenecen, mientras el héroe llora al perder su oportunidad de ser inmortal. En el Génesis bíblico, la serpiente es descrita como un animal astuto; no se come el premio, sino que engaña con la palabra a Eva para que desobedezca a Dios. Así, la humanidad es expulsada del Jardín del Edén, perdiendo el hombre acceso al Árbol de la Vida y volviéndose mortal.

La Fruta Prohibida y la Manzana: en el texto de la Biblia nunca se menciona una manzana. El Génesis se refiere genéricamente al fruto del Árbol del conocimiento del bien y del mal. La idea de la manzana nació siglos después, por un juego de palabras en el latín medieval. La palabra latina malus significa tanto “mal” como manzana. Cuando la Biblia se tradujo al latín (la Vulgata), los encargados asociaron el fruto del mal con una manzana. En Gilgamesh, no hay tal fruta prohibida. El objeto de deseo es una planta espinosa (similar a un escaramujo o rosa marina) que crece en el abismo de las aguas: no estaba prohibida; el sabio Utnapishtim le revela el secreto a Gilgamesh, como regalo de consolación, por haber fallado unas pruebas.

Paralelo Cultural: los historiadores señalan que ambos relatos reflejan una obsesión de las culturas del antiguo Oriente Próximo por entender por qué los humanos somos mortales y envejecemos, usando a la serpiente como un símbolo universal de engaño, astucia y renovación.

Paralelismos sorprendentes entre los dos textos: el tema de las aves es una de las pruebas más claras de la conexión entre ambos textos. Tanto Noé como Utnapishtim (el héroe mesopotámico en Gilgamesh) usan aves para verificar si las aguas del diluvio han bajado y hay tierra firme. Sin embargo, el orden de las aves y los tipos utilizados varían en cada relato. Este es el orden en la Epopeya de Gilgamesh (Tablilla XI): Utnapishtim libera tres aves, espaciadas en el tiempo, una vez que su barca encalla en el monte Nisir: 1. La paloma es la primera en salir, al no encontrar dónde posarse, regresa; 2. Le sigue la golondrina. Tampoco halla tierra firme y regresa. 3. El cuervo es el último: ve que las aguas han disminuido, come, grazna, vuela de un lado hacia el otro y no regresa. Esto le indica a Utnapishtim que al fin es seguro desembarcar. 


El orden en la Biblia (Génesis 8): Noé libera varias aves desde el Arca encallada en el monte Ararat, pero el orden es diferente y repite una de las especies: 1. El cuervo es el primero en ser enviado, vuela de aquí para allá hasta que la tierra se seca, pero no trae información útil; 2. La paloma, al no hallar donde posar el pie, regresa al Arca; 3. La paloma (segundo intento), siete días después vuelve a salir, regresa al atardecer portando una rama verde de olivo en el pico (el famoso símbolo de la paz). 4. La paloma (tercer intento): Tras siete días, Noé la suelta por tercera vez y ya no regresa, confirmando que la Tierra es habitable. 


¿Por qué importa esto?: Para los historiadores, prueba que ambos mitos compartan la estrategia de lanzar un cuervo y una paloma para medir el nivel del agua; esto no es una coincidencia. Dado que las tablillas de Gilgamesh preceden por más de mil años al relato del Génesis, el consenso académico apunta a que el autor bíblico conocía el relato mesopotámico y lo adaptó bajo una perspectiva monoteísta.


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31 julio 2026

Un avión en la montaña

Volé tantas veces sobre Baños y estuve tan escasas veces ahí, que desde hace mucho quería visitarla. Ya una vez, cuando los hijos eran chicos, pernoctamos ahí, cruzamos el puente, disfrutamos del Salto del Agoyán, e intentamos continuar hacia el Oriente por el sinuoso e intimidante camino que, siguiendo al borde mismo del precipicio, conectaba el lugar con la diminuta población de El Puyo, capital de Pastaza. Postergamos la aventura para efectuarla más tarde; pudo haber sido para ellos toda una experiencia ir a Shell Mera, el sitio donde su padre había empezado a pilotear los aviones de TAO, cuando aún no había cumplido veinte años…

Fue esa pernocta, la efectuada en Baños (“Baños de Agua Santa”, para los amigos), una de las pocas que habría de efectuar ahí por esos casi olvidados años. Después, no lo haría por cuarenta. Por ello, esta vez me dejé arrastrar por esa marea que lleva a mis primos maternos a efectuar paseos ocasionales, con el propósito de cuidar y estimular ese sentimiento que nos regala el hecho de compartir la estirpe. Nada hay que acicatee mejor nuestros recuerdos que eso que otros llaman, con harta razón, “la patria de la infancia”. Asunto que, aunque suene contradictorio, no habla de un lugar en el espacio sino de una coyuntura en el tiempo.

Por esos años, los aviones hacían su mantenimiento en Quito, durante los fines de semana. Los pilotos “bajábamos” los aviones a Pastaza en lunes o martes y retornábamos en viernes o sábado. En raros casos, los pilotos viajábamos por tierra (requería de siete horas). Eran todavía “los albores de la aviación” en el Oriente; en TAO conocíamos una fórmula para volar en el paso: un procedimiento que utilizábamos para cruzar la cordillera a un nivel no muy alto. Pero no consistía en ningún “secreto”; lo verdaderamente importante era saber ubicar las respectivas referencias para iniciarlo: la laguna de Yambo, si estábamos en condiciones visuales o la estación de radio Paz y Bien, si volábamos en instrumentos. Esto nos ayudaba a tener la referencia exacta del puente donde se juntan los ríos Patate y Chambo; o, aún mejor, de la población de Baños.

La vía original había sido inaugurada por el presidente Velasco Ibarra en 1947 (fue ese el camino que conocí). Era una cinta lastrada, sinuosa y estrecha; era, quizá, la carretera más peligrosa del país. Desde 2004 (gobierno de L. Gutiérrez) la ruta se ha hecho mucho más corta (son solo 80 km y dispone de siete túneles), goza de buena señalización y ofrece un ponderable sentido de seguridad. El trámite se ha reducido considerablemente: ya nadie coquetea con el abismo y se puede ir de Baños al Puyo en menos de una hora. Esto ha ayudado a impulsar el bienestar de los moradores de la zona y la economía del sector; ha estimulado, a su vez, la economía y el turismo, y se ha convertido en un importante factor de integración regional. Pudimos visitar las viejas instalaciones de TAO… fue un momento para la nostalgia y la remembranza. Ya sin los Dakotas ni el “Murialdo”…

De Puyo tengo poco que decir: su crecimiento ha sido tan vertiginoso y exponencial que nunca pude reconocer dónde realmente me encontraba; tampoco pude definir su nuevo trazado. Baños, por otra parte, ha disfrutado de tanto progreso –como ciudad y como centro de desarrollo turístico– que aquello no merece sino el calificativo de admirable. Son las diez de la noche de un fin de semana y hay tanta gente disfrutando del ambiente de las calles, que no sorprende encontrar negocios abiertos y lugares de diversión por todas partes. La ciudad es ya un referente exitoso en la sierra central. Aquí no se han dejado de ofrecer variados atractivos y diversas actividades y distracciones en los alrededores. Hay gente y bullicio por doquier.

Baños goza de elementos que refuerzan sus atractivos: excursiones, deportes extremos, amén de otras actividades. Posee una generosa oferta hotelera, así como gran variedad de miradores. Esta es una ciudad de 25.000 habitantes que cuadriplica su población en tiempo de vacaciones, feriados y fines de semana. ¿Cómo, un lugar así, un sitio de paso y peregrinación, se convirtió en un centro de turismo sin parangón? Sorprenden atalayas ubicados al otro lado del río, se llega allí tras un recorrido temerario, vertiginoso y demencial, a pesar de la niebla persistente. Se descubre ahí, en aquel insólito paraje, la silueta de un avión…

La niebla va y viene. Es el suyo un juego travieso y obcecado. Al principio me parece reconocer una Cessna 182, la distancia difumina su registro: HC-PFL sugiere la cicatera legibilidad. Amplío una toma fotográfica y confirmo su matrícula, para cotejarla con el Registro Aeronáutico: es una B lo que parecía una P… HC-BFL: es un avión STOL ya dado de baja; se trata de un Súper Helio Courier H-295, un diminuto avión capaz de movilizar seis pasajeros y de operar en pistas cortas. Perteneció al Servicio Aéreo Regional, (un viejo operador aéreo del Oriente que sirve a las comunidades); el aparato fue fabricado en 1967, y estuvo equipado con un motor Lycoming de 295 caballos. Resulta evidente que subió al cerro desarmado. Es poco probable que haya aterrizado en ese farallón por sus propios medios, es ese un terreno en demasía ventoso y escarpado…


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28 julio 2026

Finnegans Wake

“Hay libros que deben ser saboreados; otros devorados; y, unos pocos, masticados y digeridos: unos deben ser leídos en parte; otros con curiosidad; y, unos pocos, en su totalidad, con diligencia y atención. Sir Francis Bacon (1561 - 1626).

Dice Wikipedia que Finnegans Wake es una novela cómica del autor irlandés James Joyce. Yo diría –a juzgar por la desazón que crea en sus lectores– que parece, más bien, tener mucho de esperpéntica, sobre todo si revisamos los extraños recursos que emplea. FW parecería estar escrita en un inglés deformado; utiliza voces que resultan de giros basados en varios idiomas o palabras inventadas que pueden extenderse por un renglón y medio; más que un relato parece un calambur destinado a fastidiar. Borges la había llamado “una concatenación de retruécanos cometidos en inglés onírico, dada su ausente secuencia lineal y texto impenetrable.

Lo anterior parecería no importar a quienes dicen haberla entendido. Dicen que vuelven a ella para efectuar inéditos descubrimientos. Ponderan su lectura, están persuadidos de que constituye una obra maestra y de que es la novela más sabia, entretenida y fascinante que hubieran encontrado. La consideran una obra erudita a la que hallan, cada vez, nuevas y sorprendentes vetas que encierran frescas e inusitadas epifanías. No parece importarles su lenguaje retorcido, o el tratamiento erudito de temas que no están relacionados.

Caí en Finnegans Wake mientras indagaba acerca de un escritor argentino llamado Ricardo Piglia. Había leído unos de sus libros; pero, al no ubicarlo, sospeché que lo habría hecho en versión digital. Accedí a su Antología Personal y me topé con una referencia a la obra que hoy tratamos. De ese modo, conocí de su trama y estructura, y advertí que se trataba de una obra experimental. Nunca esperé encontrar tanta información relacionada con su contenido e inspirada en valiosas recomendaciones en cuanto a cómo leerla. Sorprende la sugerencia de hacerlo en voz alta, o escucharla en un audiolibro que sea relatado con acento irlandés…

Al indagar por el sentido de Wake en el título, encontré que pudiera tener diversos significados, a juzgar por el gusto de Joyce por los juegos de palabras y el uso de distintos idiomas. He aquí los principales: funeral: en referencia a una balada llamada "Finnegan's Wake", que cuenta de un albañil borracho que cae de un andamio y es dado por muerto; en medio del sepelio, le salpican con whisky, y vuelve a la vida. Despertar: en inglés el sentido del verbo "to wake" (un llamado a la sociedad); también significa estela, la huella que deja un barco a su paso (conectaría con el concepto de Giambattista Vico, de que la historia es cíclica y siempre deja rastro). Algunos consideran que la estructura del libro gira en torno a su obra Principios de ciencia nueva. Al escribir Finnegans sin apóstrofe, Joyce habría hecho un guiño gramatical pluralizando el apellido. Lo anterior no incluye la traducción que Piglia da a Wake que, en su opinión, significaría isla, refiriéndose a Irlanda. 

Antes de continuar debo hacer una breve aclaración (¿confesión?): de James Joyce solo he leído, hasta aquí, su Ulises (una parodia del otro Ulises, el de la Odisea de Homero); libro este (el Ulises) que no creo que lo vuelva a repetir (me tomó todas unas vacaciones familiares seguir su guion). Siempre lo he llamado El libro azul, prefiero considerarlo también otra obra experimental que influyó en gran parte de los literatos del siglo pasado. Respecto a sus demás obras, había querido dejar pasar algo de tiempo antes de revisar dos de sus primeras novelas: Dublineses y Retrato del artista adolescente (una novela de carácter autobiográfico).

Finnegans Wake, es supuestamente un libro difícil de leer. Por lo mismo, leerlo en una traducción arbitraria –aunque solo sirva como referencia–, resultaría inauténtico y una lamentable pérdida de tiempo. Lo ideal sería leerlo sin apresurarse, saboreándolo y con paciencia. Se nos recomienda ayudarnos con una de las cuatro guías que existen (tampoco se sabe si estas han sido traducidas al español); una es: Joyce's Book of the Dark: Finnegans Wake; y otra más: A Skeleton Key to Finnegans Wake: Unlocking James Joyce's Masterwork.

Lo cierto es que no he leído todavía la novela; no sé tampoco si lo haré. A Joyce le tomó 16 años escribir y revisar el monumental acertijo. Si ello equivale a unos 6.000 días de trabajo, implica que avanzó a un promedio de una página por cada diez días (la obra tiene 600 páginas). Si me decidiera por esa aventura, ese sería mi humilde homenaje para quien mucho aportó a la innovación de la escritura moderna. Dicen que Finnegans Wake, más que eso, una lectura, es como dejarse llevar por un río para disfrutar del cambiante flujo y del inagotable paisaje. Con un propósito así, ¿quién querría reclamar por el argumento?...  ¡Trataremos pues de disfrutar del viaje!


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24 julio 2026

Aventuras y cosas serias

Un día, mientras asistía a un congreso gremial a mediados de los ochenta, fui con mi amigo Hilario Valinotti (†) a un restorán en Buenos Aires. Mientras esperábamos, se acercó un conocido suyo que se me presentó como Macaya... Cuando este volvió a su mesa, pregunté a Hilario si aquél era su apodo o su nombre de pila. “No, ché, mi colega respondió, somos contemporáneos, ese es su apellido; es un reconocido periodista”. Pasado el tiempo, se me fue haciendo frecuente ver su imagen en diferentes canales deportivos.

Enrique Macaya Márquez ha cubierto 18 mundiales consecutivos, desde Suecia en 1958 hasta el reciente. Si hoy cuenta con 91 años, es fácil colegir que era mayor con pocos años a Pelé (entonces 17) cuando Radio Belgrano lo envió a cubrir el Mundial de Suecia. Nacido en Buenos Aires (1934), muy joven se incorporó a la radio donde se destacó como relator y comentarista. Macaya ha escrito libros, ha colaborado con múltiples estaciones de radio y televisión y, últimamente, ha sido objeto de varios reconocimientos.

Para quienes siguen desde niños el torneo mundialista, la suya se ha convertido en una imagen familiar, al menos desde los albores de la transmisión televisada (quizá desde mediados de los ochenta). Macaya es toda una leyenda. Su enjundia (es una enciclopedia ambulante), su criterio objetivo nunca exento de una gran capacidad de asombro, lo han convertido en un referente muy querido. En días pasados vi un video suyo en el que agradece por alguna distinción y se corrige cuando dice que su trayectoria ha sido “casi una aventura”. “No lo ha sido –adusto se contradice– pues he tomado mi tarea como una cosa muy seria”.

¿Es malo vivir una aventura? ¿No es eso la vida misma? ¿Hay, quizá, algo de pernicioso o perverso en haber sido protagonista de una aventura personal? ¿Nos convierte aquello, ipso facto, en “aventureros”? No, yo creo que hay algo de encomiable en ciertas aventuras, sea por la seriedad con que las asumimos, o por la responsabilidad con que las hemos podido ejercitar. Entonces… ¿por qué la palabra aventura implica cierto sentido de descuidada irresponsabilidad o, al menos, de consentida informalidad? Veamos:

El DLE dice que ‘aventura’ puede ser lo siguiente: Un ‘acaecimiento’; entre sus sinónimos señala: andanza, peripecia y correría. / Una casualidad o contingencia. / “Una empresa de resultado incierto o que presenta riesgos”. / Y aun, una relación amorosa ocasional (emparentada con enredo, affaire o devaneo). No sorprende, por lo tanto, el significado que pueden alcanzar voces como aventurar (arriesgarse, atreverse, poner en peligro); aventurado (arriesgado, atrevido, inseguro, peligroso, expuesto); y aventurero (dicho de una persona: “de oscuros o malos antecedentes, sin oficio ni profesión, y que por medios desconocidos o reprobados trata de conquistar en la sociedad un puesto que no le corresponde”). Curioso vocablo, cuyos sinónimos son –para mayor sorpresa–: vividor, golfo, oportunista, aprovechado, ambicioso, intrigante o maniobrero…

Respecto a su etimología, encuentro que: “La palabra aventura procede del latín adventura, forma neutra y plural del participio del verbo advenire (llegar), compuesto del prefijo ad- (aproximación, dirección, presencia), venire (venir) y el sufijo -urus/- ura que expresa la idea de remitido al futuro (…) Adventura significa en latín "las cosas que han de llegar", que se refiere a los hechos inciertos que están por venir (ventura)”. Y, además: “los participios futuros activos en latín se forman con la misma raíz que el participio de perfecto (aquí sería vent- y el participio de perfecto ventus de venire) añadiendo un nuevo sufijo -urus. Así nos daría venturus, que quiere decir "el que vendrá" y en plural neutro, ventura = "los cosas que vendrán" ( positivas o negativas). Así ventura, en castellano, puede significar suerte, pero también peligro”.

Medito en lo que ha sido nuestra vida como aviadores y –sobre todo– en nuestro trabajo como pilotos; y en que hayamos tenido la bendición de que, en gran parte, ese oficio haya sido “una gran aventura”, y no puedo sino agradecer que haya profesiones y tareas que se las pueda ejercitar como lo que ellas son: una aventura responsable. Reflexiono en todas nuestras experiencias profesionales y en todos aquellos viajes; y, resuelvo, que gozamos de todo un privilegio al haber podido disfrutar de ese “sentido de aventura”. ¿Qué fue sino eso La Odisea, de Homero?, o ¿El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha? ¡Pura aventura! ¿O, todos esos otros libros que nos maravillaron en nuestra infancia, y que alegraron nuestras vidas, o que revitalizaron nuestra vocación por el asombro? Y no puedo, sino agradecerle a Dios y a la vida: ¡Sí, qué magnífica aventura!

PD: Rindo homenaje a Hilario Valinotti, comandante de B-747 con Aerolíneas Argentinas, que transportó a Juan Pablo II y fue dirigente de la Organización Iberoamericana de Pilotos, OIP. Falleció trágicamente en 2017, volando el pequeño Piper PA-32 que piloteaba.


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21 julio 2026

El «que» no sobra *

 * La coja elegancia del español comprimido. Por: Mauricio Alvarado Dávila - Desde mi Trinchera. Publicado en La Nación 1-7-26

Hace algún tiempo, empecé a notar una forma de expresión que, aunque ya era bastante extendida, nunca terminó de sonarme bien. Me refiero a la supresión de la conjunción «que» en frases como: «Espero les guste», «Deseo tengan éxito», «Me pidieron reemplace al profesor» y otras semejantes. No hablo de una mera preferencia personal ni de una resistencia caprichosa frente a los cambios del idioma. Es cierto que las lenguas evolucionan, y muchas construcciones que hoy consideramos naturales fueron vistas alguna vez con sospecha. Pero también hay deformaciones que no nacen de una evolución orgánica del lenguaje, sino de una afectación estilística que termina popularizándose por imitación.

Desde el inicio, estas expresiones me dieron una sensación peculiar: no parecían «más elegantes», más precisas ni más modernas, sino, sencillamente incompletas. Y creo que ahí está la clave. En español, la conjunción «que» cumple una función mucho más importante de lo que suele suponerse. No es un simple relleno gramatical, una muletilla ni una pieza ornamental prescindible. Su tarea consiste en enlazar la oración principal con la subordinada, sosteniendo tanto la continuidad sintáctica como el ritmo mismo de la expresión.

No es igual decir: «Espero que les guste», que: «Espero les guste». La segunda construcción es perfectamente comprensible. Nadie afirmaría lo contrario. Pero comprensión y buena construcción no son siempre lo mismo. Al desaparecer la conjunción, la frase pierde una suerte de apoyo interno. El resultado es más seco, más abrupto, menos fluido. Es curioso, pero estas elisiones (omisiones de elementos lingüísticos: palabras, expresiones) suelen aparecer acompañadas de un cierto tono de solemnidad involuntaria. Quien dice «Espero les guste» cree con frecuencia que está hablando de forma más cuidada, más elevada o incluso «más culta».

Sin embargo, pasa muchas veces lo contrario: la expresión toma un aire artificioso, semejante al de ciertos comunicados institucionales que buscan sonar refinados mediante la simple compresión del lenguaje. Tal vez por eso estas fórmulas se han extendido con tanta rapidez. No porque mejoren en realidad la expresión, sino porque generan una apariencia de corrección o de prestigio cultural que termina propagándose por simple imitación. Por supuesto, no toda economía lingüística es negativa. El idioma elimina constantemente elementos innecesarios. Pero hay diferencias importantes entre simplificar y debilitar. El español, a diferencia de otras lenguas más inclinadas a la condensación extrema, tiene una estructura particular y rica en nexos y conectores. Su fluidez depende en buena medida de ellos.

La conjunción «que» no sobra. Sostiene. Y eso no es sólo cuestión gramatical, sino también musical. El español tiene respiración propia. Cuando se eliminan ciertos apoyos, la frase puede seguir funcionando de forma racional, pero pierde naturalidad, equilibrio y fuerza expresiva. Tal vez por eso estas construcciones producen, al menos en algunos de nosotros, una sensación tan peculiar: no parecen de verdad modernas ni en realidad elegantes, sino simplemente incompletas.

Una probable fuente del barbarismo: Aunque no puedo afirmarlo de manera categórica, sospecho que este fenómeno podría tener relación con la creciente influencia estructural del inglés sobre ciertos usos contemporáneos del español. El inglés tolera mucho más la subordinación implícita o mínimamente articulada. Expresiones como «I hope you like it» carecen de un equivalente directo del «que» español. En cambio, nuestro idioma ha tendido históricamente a explicitar con claridad los nexos subordinantes.

No parece casual que esta forma de expresión se observe con particular frecuencia en personas que dominan o utilizan mucho el inglés. Y no me refiero necesariamente a traducciones literales conscientes, sino a algo más sutil: la adopción inconsciente de estructuras sintácticas ajenas. Los bilingües, sobre todo quienes manejan con fluidez dos idiomas, no sólo incorporan el vocabulario extranjero, sino que terminan asimilando además ritmos, formas de articulación y modos distintos de organizar las ideas. En este caso, la omisión de la conjunción podría responder a una compresión sintáctica influenciada por el inglés y reinterpretada luego como signo de refinamiento o modernidad. Si fuera así, estaríamos frente a una forma particular de barbarismo: no un extranjerismo léxico evidente, sino una alteración estructural del idioma producida por interferencia de otra lengua. Y quizá eso explique por qué estas expresiones producen una sensación tan extraña: el español las comprende, pero no termina de respirarlas de manera natural.


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17 julio 2026

Un santo algo tardío

No hay el nombre de Fernando en mi familia íntima. Esto es atípico en una familia serrana en el Ecuador. Mi padre no escogió ese nombre para ninguno de sus hijos varones; esto, a pesar del número de hijos que tuvo y de que uno nació la víspera de un 30 de mayo, día de San Fernando. Tengo primos con ese nombre, tanto del lado de padre como del de madre, pero no hay vestigios de ese nombre entre mis antepasados. Quizá por ello, y como último recurso, papá terminó bautizando con ese nombre tan español a la menor de mis hermanas. No descarto que la iniciativa para hacerlo, haya sido más bien de la madre de esta última…

En la tradición española, si se dio un nombre fue porque estuvo en el santoral católico. San Fernando es el santo de los gobernantes y constructores; pero casi nadie, cuando pregunto, tiene idea de quién fue y por qué lo consagraron. Lo que me lleva a inferir qué hay más devoción por el nombre que por el invocado. Pero ese nombre, ha sido una constante en mi vida; para empezar, ha estado presente entre mis mejores amigos y buenos compañeros (era el nombre religioso de quien me preparó para la primera comunión). Ya casado, gané una cuñada a quien llaman Nena, aunque su nombre es María Fernanda, ella y su esposo repitieron el nombre en una hija a quien dieron por llamar Gordita (sin que haya sido realmente gorda). Esta Fernanda se casó con un Fernando y, a pesar de haber procreado tres mujeres, no repitieron el nombre. Pero este Fernando ya repite el nombre de su padre y, cosa curiosa, tiene una hermana que, aunque parezca insólito, también responde al mismo nombre...

Como digo, pocos saben quién mismo fue el primer santo con ese nombre. Intuyen que hubo uno porque es nombre muy común en la toponimia de pueblos y ciudades (tanto escrito con efe inicial como iniciado con hache). De hecho, la hagiografía de la Iglesia no contó con un santo con ese nombre hasta ya bien entrada la Edad Moderna. Era alguien que había nacido en los últimos días del siglo XII: Fernando III, rey de Castilla entre 1517 y 1552, y de León entre 1530 y 1552. Fernando III, llamado el Santo, fue un rey guerrero, pero también un gran conciliador; a él se debe la toma de buena parte del sur de la península ibérica, en el marco de la Reconquista de gran parte de al-Ándalus, que había caído en manos de los moros.

Santo seglar que "no conoció el vicio ni el ocio", Fernando III fue el más grande de los reyes de Castilla –lo dice Menéndez y Pelayo–. Nació en 1199, guerreó contra los musulmanes, que ocupaban gran parte de España, unió las coronas de Castilla y de León, y reconquistó los reinos de Úbeda, Córdoba, Murcia, Jaén, Cádiz y Sevilla. En sus dilatadas campañas, triunfó siempre en todas las batallas. No buscó su propia gloria ni el acrecentamiento de sus dominios. Para él el reino verdadero era únicamente el reino de Dios.

Murió, el 30 de mayo de 1252. Había reinado treinta y cinco años en Castilla y veinte en León, siendo “afortunado en la guerra, moderado en la paz, piadoso con Dios y liberal con los hombres”, como afirman sus cronistas. Su nombre significa "bravo en la paz". Guerrero, poeta y músico, compuso cantigas, alguna de ellas dedicada a nuestro Señor. Se destacó por su honestidad y por la pureza de sus costumbres.

Fernando III era hijo del Alfonso IX. Fue padre de Alfonso X el Sabio y primo hermano del rey San Luis de Francia. Fue un modelo como gobernante: buen creyente, padre y esposo. Emprendió la construcción de la Catedral de Burgos y de otras ciudades e inició la de Toledo, y fue fundador de la famosa Universidad de Salamanca. Fernando III protegió a las comunidades religiosas y se esforzó porque los soldados de su ejército recibieran instrucción en la fe. Instauró el castellano como idioma oficial de la nación y se esmeró para que en su corte se diera importancia a la música y al buen hablar literario. Murió joven, de hidropesía, tenía 52 años. Fue canonizado en 1671, siendo papa Clemente X, mientras reinaba en España Carlos II.

Devoto religioso y formidable combatiente, también fue un padre feraz: tuvo quince hijos, diez en su primer matrimonio y cinco en el siguiente. Repitió su nombre en dos de ellos y procreó dos hijas llamadas Leonor. El papa anuló su primer matrimonio por razones de consanguinidad. Al santo le piden fortaleza en las dificultades, sabiduría para ser justo en las decisiones, protección en el trabajo y paz en el hogar. Se le considera santo patrón de los gobernantes, de las causas difíciles y de los ingenieros. Por su historia como rey, guerrero y pacificador, los fieles acuden para solicitarle favores; habiendo sido líder militar, le piden ayuda para afrontar sus crisis y momentos difíciles. El nombre ha venido a significar "valeroso para obtener la paz". Como patrón de los ingenieros, estos le piden protección para sus obras y éxito en sus proyectos.


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14 julio 2026

Promiscuidades…

Acudo al Diccionario de la Lengua para averiguar el sentido de dos voces relacionadas (promiscuo y promiscuidad) y resuelvo que promiscuo es –literalmente– una palabra promiscua. Dice el DLE que ese adjetivo significa “mezclado confusa o indiferentemente”; sus sinónimos son: heterogéneo, revuelto, confuso, entreverado y misceláneo. Expresa también que se refiere a una persona que “mantiene relaciones sexuales con otras varias”. Pero es, más bien, por otra diferente acepción que hoy expreso lo que he dejado dicho: menciona que significa “que tiene dos sentidos o se puede usar de un modo u otro, por ser equivalentes” …

Y advierte, que hay otra entrada que contiene las formas promiscuo y promiscua: el verbo ‘promiscuar’ … Cuando reviso el verbo, cuyo sentido imagino, pero nunca he escuchado, hallo que: “Promiscuar quiere decir: 1. Comer, en días de Cuaresma en que la Iglesia lo prohíbe, carne y pescado en una misma comida. / 2. Participar en asuntos heterogéneas u opuestos”; con lo que colijo que eso de promiscuar no había sido tan promiscuo como lo había imaginado. En efecto, ¿qué de promiscuo puede tener comer carne y pescado en una misma comida?… Lo otro resulta más irrisorio todavía: sería como correr y mascar chicle, que –ya bien pensado— habría que hacerlo en forma independiente para que no resulte eso: promiscuo…

Me propongo entonces otra indagación respecto a la otra acepción, la de “mantener relaciones con varias personas”, aunque no me refiero a que aquello ocurra con varios partners simultáneamente sino a hacerlo con más personas en un lapso prolongado de tiempo. Encuentro varios conceptos: “Tener relaciones sin protección con distintas parejas se conoce como promiscuidad, aunque el término exacto depende del contexto específico; Bareback: pertenece al glosario de términos sexuales de Scaperoom, referente a tener sexo a pelo o raw sex, que describe la práctica de penetración sin usar preservativo; Promiscuidad: concepto médico y psicológico que define el ejercicio de tales relaciones con varias personas de forma frecuente; Sexo casual: es cuando no se utiliza ninguna protección, lo que incrementa el riesgo de contraer infecciones”.

Por eso, prefiero consultar a mi tradicional recurso etimológico, donde encuentro lo que sigue: promiscuo es un cultismo que viene del latín promiscuus (mezclado, revuelto, que tiende al intercambio mutuo), adjetivo formado con el prefijo pro- (hacia adelante, en favor de) y la raíz del verbo latino miscēre (mezclar). El adjetivo promiscuus pertenece al latín, y lo encontramos por primera vez hacia finales del s. I a.C. en la obra del historiador Tito Livio, que lo emplea muchas veces, por lo que parece que habría sido ya muy usual en el habla latina. De la raíz del verbo miscēre vienen otras palabras: miscelánea, mixto, inmiscuir, mestizo, mezclar… El verbo se vincula a una raíz indoeuropea *meik- (mezclar), presente en algunos idiomas.

Es cuando surge una nueva inquietud. Se relaciona con el prefijo pro, común al vocablo de esta indagación y al término “profano”. He aquí la respuesta:  “La palabra ‘profano’ viene del latín profānus, voz compuesta de pro (delante) y fanum (templo). Lo profano era lo no consagrado o que había dejado de serlo, por estar delante, o sea: fuera del templo. Ya en latín, el verbo profanare tenía el sentido figurado de ensuciar, deshonrar. Hoy el uso más común es: 'que carece de conocimiento y autoridad en la materia'. Hay un verso de Horacio, "Odi profanum vulgus et arceo": “Odio la gente profana (no iniciada) y la mantengo a distancia”.

Se resalta que de fanum, 'templo', vienen fanático y fanatismo, la cualidad de ser fieles a machamartillo (con convicción o firmeza) a un templo o iglesia. La preposición latina pro se relaciona con una raíz indoeuropea *per-3, presente en gran cantidad de prefijos griegos y latinos, relacionados con estar en primera posición o similar concepto (avance, enfrentamiento, penetración). Fanum se vincula con la raíz *dhes- (algo sagrado).

Con lo anterior, deduzco que, así como profano es lo que queda fuera del templo o de lo sagrado, el adjetivo promiscuo se refiero a lo que queda fuera de una costumbre típica; es decir, a los intercambios reconocidos y aceptados por las respectivas culturas como tradicionales. Además, encuentro otras interpretaciones en el diccionario de María Moliner. Promiscuar: participar en asuntos heterogéneos, contrarios o que se puedan considerar moralmente incompatibles; Promiscuidad: mezcla, mezcolanza; Promiscuo: quien mantiene relaciones sexuales con más de una persona, o por su comportamiento y modo de vida. Se aplica también a lo que puede usarse de dos o más maneras, con el mismo resultado. Algo ambiguo, equivalente o indiferente.

Todo parece quedar ya muy claro: todos hemos sido alguna vez promiscuos… Ya sea por participar en asuntos contrarios, por proponer modos alternativos o por integrar una desordenada mezcolanza…


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10 julio 2026

La constante de Kaprekar

Iterar significa insistir, repetir, machacar; una iteración es, por lo mismo, un proceso repetitivo, obcecado e insistente para encontrar y demostrar algo. Ya en previas entradas, publicadas tan temprano como agosto de 2010, les hablé del extraño comportamiento que suelen exhibir ciertos números (si tienen curiosidad, les invito a escribir, en la ventana de búsqueda, el número 142857). Es lo que en matemáticas se conoce como teoría de los números y que trata de números cíclicos o “mágicos”. Hoy deseo hablar de una secuencia que obtiene un resultado constante, se llama justamente Constante de Kaprekar: equivale al guarismo 6174.

Su atractivo radica en que, si tomamos cualquier número de 4 dígitos y realizamos un proceso sencillo de resta, siempre llegaremos a esta cifra en un máximo de 7 pasos. ¿Cómo funciona la magia del 6174? Se puede comprobar este fenómeno siguiendo un orden: elija un número de cuatro dígitos que no sean todos iguales; por ejemplo: 4732. Ordene los dígitos de mayor a menor para formar el número más grande posible; luego, ordene los dígitos de menor a mayor para formar el número más pequeño (7432 y 2347). Y, una vez efectuado, reste el menor del mayor. Obtenga un nuevo resultado y siga repitiendo el mismo proceso.

Por ejemplo, si hemos elegido ese mismo guarismo (4732), restamos 7432 menos 2347; la respuesta es 5085; si seguimos aplicando esa lógica, ahora tendremos 8550 y 0558, cuyo resultado nos da 7992. Al ordenarlo nuevamente obtendremos 9972 y 2799, cuya resta ahora nos da como resultado 7173: esto es 7731 y 1377, lo que ahora nos da 6354 o, lo que es lo mismo 6543 y 3456; y que, al restar nuevamente, nos da 3087 que, si volvemos a reordenar, nos da 8730 y 0378. Producida la resta ahora tenemos 8352 u 8532 y 2358, lo que finalmente resulta en 6174. Una vez llegados a este número, cualquier intento producirá un bucle cerrado.

A esto proceso se conoce como Constante de Kaprekar, en honor a quien descubrió el invariable resultado (6174) y lo presentó en la Conferencia Matemática de Madrás en 1949. Se llamaba Dattatreya Ramchandra Kaprekar (1905-1986); era un humilde maestro de escuela y un adicto confeso de la teoría de los números. Kaprekar había nacido en una pequeña población costera ubicada al norte de Mumbai; a menudo era invitado a hablar en otros colegios sobre sus singulares métodos y sus fascinantes observaciones numéricas. También descubrió que algo parecido ocurría si, en lugar de utilizar guarismos de cuatro dígitos, lo hacía con números de tres. La única diferencia era que el “número mágico” ya no era 6174 sino 495…

La Constante no fue la única aportación que hizo este apasionado de las cifras a las matemáticas recreativas. Otra fue el llamado número Kaprekar, este tiene la extraña propiedad de que, si lo elevamos al cuadrado, al sumar las dos mitades (vale decir, las dos partes del resultado), nos dará –de nuevo– el número original. Si el resultado es un guarismo idéntico al que fue elevado al cuadrado, decimos que hemos hallado un número Kaprekar. Algunos ejemplos de número Kaprekar serian: 9, 45, 55, 703, 17.344, 142.857, 538.461... ¡Pruébelos y verá! Pero, recuerde: al dividir el número cuyas partes va a sumar, deje la parte más larga a la derecha (ejemplo, al dividir en dos 88.209 quedan dos grupos: uno con dos dígitos y otro con tres).

Un Kaprekar es el 45. Así: 45 x 45 da 2025 que, si sumamos 20 más 25 nos dará 45. Otro de estos guarismos es uno del que hablábamos al principio: 142857. Como podemos comprobar es también otro Kaprekar; esto solo significa que, si lo elevamos al cuadrado y dividimos el resultado en dos partes para sumarlas, esa suma ahora corresponderá al número original. Así: 142857 al cuadrado es igual a 20.408.122.449, y la suma de 20.408 y 122.449 nos dará nuevamente, y como sorprendente resultado, ese mismo guarismo: 142857.

La constante de Kaprekar sirve como un ejercicio de lógica y matemática recreativa, para demostrar cómo ciertos algoritmos generan extraños resultados fijos. No tiene aplicaciones prácticas en el mundo real; sin embargo, es una herramienta clásica para enseñar patrones, razonamientos y operaciones a los estudiantes. Además, tiene el mérito de seducir a quienes se ven atraídos por ese raro embrujo que irradia de las matemáticas. La teoría de los números ilustra el proceso de la iteración, mediante el cual un ejercicio es repetido, paso a paso, como parte de un curioso esquema que nos va entregando resultados fascinantes.

La obra de este esforzado maestro de escuela nos ha de ayudar a recordar que estos innovadores hallazgos y descubrimientos no siempre se realizan en los medios académicos, en laboratorios o en las universidades, sino gracias a la callada y retraída persistencia de mentes lúcidas y apasionadas, como esta de Kaprekar, impulsada por su contagiosa curiosidad y, ante todo, por esa, su cautivante capacidad de asombro…


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07 julio 2026

El soldado que callaba *

   * Escrito por Arturo Pérez Reverte para Patente de corso. Publicado en El bar de Zenda

Hay silencios que no son ausencia, sino contenido. Que no niegan la experiencia, sino que la protegen. En ese sentido, el autor del Quijote me asombra todavía. Llevo leyéndolo desde el colegio —aquella excelente edición escolar de la editorial Edelvives—, y cada vez se asienta más la evidencia: el autor del Quijote estaba más orgulloso de haber combatido en Lepanto que de haber escrito su obra inmortal. Por eso es tan significativo, más que lo que cuenta, lo mucho que calla. A diferencia de su experiencia como cautivo en Argel, expresa y detallada, la del joven soldado en «la más alta ocasión que vieron los siglos» apenas aparece en su obra.

Lo natural habría sido lo contrario. Hacer de la gran batalla naval su propio relato, convertir la honrosa herida en bandera. La época lo pedía a gritos: plumas al servicio de la gloria, cronistas con más adjetivos que sinceridad, héroes fabricados a golpe de tinta. El siglo estaba lleno de discursos, crónicas, poemas, relaciones heroicas. Convertir Lepanto en literatura personal era un camino fácil para su talento, pero Cervantes no lo hizo. O mejor aún, no se permitió hacerlo.

Creo que fue por respeto a sí mismo. La literatura ordena el caos, le da sentido, limpieza; belleza, incluso. Pero el mozo que combatió en el lugar más peligroso de la galera Marquesa, pagándolo con sangre, sabía de sobra que aquello no fue un cuadro heroico sino atrocidad, confusión, miedo y decisiones tomadas en instantes que no admiten vuelta atrás. Contarlo bien, según las maneras narrativas de la época, habría sido probablemente contarlo mal. Convertirlo en algo que nunca fue.

Por eso sospecho que el silencio casi absoluto de Cervantes sobre Lepanto no es pudor, sino desconfianza hacia la retórica de su tiempo: certeza de que cierta clase de gloria existe, pero no es la que cuentan los libros; de que el heroísmo se limita a un instante breve, oscuro, íntimo, sin tiempo para sentirse héroe. Cuando has vivido eso ya nunca puedes leer ni escribir igual, pues la épica deja de ser inocente: se vuelve sospechosa, incluso peligrosa, porque inspira sueños de grandeza en quienes no olieron la pólvora de cerca. Y ahí es donde aparece Don Quijote de la Mancha, que no es sólo parodia, aunque lo parezca, sino ajuste de cuentas con todo eso.

Con el hidalgo loco –siempre sostuve que no tan loco en realidad– y su fiel escudero, Cervantes no usa la literatura para engrandecer la propia vida. Al contrario, utiliza su vida para corregir la literatura, consciente de que no todo se puede o debe contar. En realidad, aquel antiguo soldado no dejó Lepanto fuera de su obra, sino que lo escondió en su forma de mirar, en la ironía, en la compasión, en ese equilibrio prodigioso entre sueño y realidad que recorre toda su novela. Como si dijera: yo he visto cómo chocan el ideal y el mundo; ahora me toca contároslo.

Si lo pensamos bien, el Quijote entero puede entenderse como un videojuego moderno, campo de pruebas donde Cervantes tritura los relatos que vocean grandeza fácil. El caballero de papel, alimentado por libros, sale al mundo a buscar y confirmar un sentido heroico, y el mundo lo devuelve a la realidad con golpes, con hambre, con burlas, con miserias… ¿Qué es eso sino la puesta en escena de una conciencia que sabe de sobra que la vida no obedece a la épica?

Don Quijote cree en la literatura como mapa del mundo, pero su autor sabe que el mundo no cabe en mapas literarios. Es el contraste entre quien imagina la guerra y quien estuvo dentro. Por eso el libro es tan moderno, pues no se limita a parodiar géneros; disecciona el mecanismo mental que confunde relato con realidad. Y eso, en alguien que combatió por una patria ingrata con él, muestra una amarga lucidez. Quizá Cervantes silencia Lepanto porque entiende que el heroísmo, cuando se narra como espectáculo, se vuelve mentira. Que la excesiva exposición del hecho, por noble que sea, acaba destruyendo el concepto.

Eso es otro de los elementos que hacen tan grande el Quijote. En su novela, el autor no dice «mi vida fue heroica», sino algo mejor: «bondad, honradez y valentía hacen digna la vida». No es que esconda la memoria de soldado; es que la convierte en condición secreta, en clave oculta. De ese modo magistral, sin contar Lepanto de forma explícita, el Quijote se escribe desde su sombra. Miguel de Cervantes no quiso estropear con literatura el recuerdo del joven que fue. Pero no pudo evitar que su portentosa narración fuese, también, la mirada silenciosa de lo que un soldado español aprendió peleando por su patria y por su vida.


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03 julio 2026

De aprietos y predicamentos

Reviso este blog y uso el artilugio de búsqueda para comprobar cuándo y con qué sentido he utilizado el vocablo “predicamento”. Encuentro, para propia sorpresa, que lo he hecho en casi 30 ocasiones. Infiero, con la indagación, que la mayoría de veces he usado el término para referirme a una cierta situación incómoda o difícil (un aprieto) y solo pocas para significar reputación o estima. 

Esto me obliga a consultar el DLE y lo que encuentro, más que una definición, es una verdadera exégesis (explicación): “La voz viene del latín tardío praedicamentum, 'enunciación' o 'categoría lógica'. Hay dos acepciones: 1. Dignidad, opinión, lugar o grado de estimación en que se halla alguien y que ha merecido por sus obras.
Sinónimos: autoridad, crédito, prestigio, reputación, estimación, fama, renombre. 2. En filosofía: Cada una de las categorías a que se reducen las cosas y entidades físicas. Se dividen en diez: sustancia, cantidad, cualidad, relación, acción, pasión, lugar, tiempo, situación y hábito (así de didáctico, si no de pedagógico, suele ser el diccionario). 

Tales categorías son los conceptos más universales y abstractos que sirven para organizar, comprender y clasificar la realidad. Funcionan como pilares lógicos y ontológicos sobre los que construimos el saber. Varios pensadores han propuesto su propio sistema. Al efectuar esa revisión, he procurado resolver una inquietud: la de si al tratar de usar ese vocablo, me estaba refiriendo a la reputación o grado de estima de una persona; o si, más bien, lo había hecho para expresar una situación difícil o incómoda (un ‘aprieto’, por ejemplo). Esto es lo que encontré en Etimologías de Chile al indagar la raíz del término en referencia:

“La palabra ‘predicamento’ se refiere, sobre todo, al grado de dignidad, estimación o prestigio que alguien o algo tiene; decimos frases como “tiene mucho predicamento entre…” (un determinado colectivo). Este valor se deriva del sentido de la “capacidad para emitir enunciados que constituyen las categorías lógicas admitidas” (ver, arriba, la segunda acepción del Diccionario) que se atribuyen a un personaje que se tiene en alta consideración (o tiene gran y reconocida reputación). En lógica y filosofía esto se refiere a categorías a las que se reducen las entidades reales. Viene del latín praedicamentum (enunciado, categoría lógica que se enuncia); aparece empleada primero por Agustín de Hipona y, luego, por Boecio e Isidoro de Sevilla”.

“El vocablo se forma con el sufijo -mentum sobre el verbo praedicāre (decir o enunciar algo a un público), que nos da predicar, verbo formado con el prefijo prae- (delante de, antes de) y el verbo dicāre (indicar o proclamar solemnemente, consagrar, dedicar), de donde también indicar y dedicar, verbo con la misma raíz que dicĕre (decir, indicar, mostrar) de donde decir, bendecir, dictar, etc.” Con lo anterior, advierto que mi inquietud se bifurca y toma un nuevo rumbo; ahora lo que me interesa es saber si este vocablo está relacionado (o tiene algo que ver) con aquella supuesta “situación difícil” que había considerado… Como sería fácil deducir, ambos usos o aplicaciones del término, provendrían del latín praedicare, pero parece que hubieran evolucionado por caminos distintos y hoy tienen significados muy diferentes. Veamos:

“Predicar” es verbo transitivo; significa: publicar, hacer patente y claro algo. Son sus sinónimos: difundir, anunciar, publicar, pregonar. Implica también: sermonear, catequizar, evangelizar o reprender. Deriva del latín praedicare (proclamar, publicar en voz alta); significa anunciar públicamente una doctrina o evangelio, o amonestar a alguien dándole un consejo insistente. Predicamento, por su parte: deriva de praedicamentum (categoría o atributo). En lenguaje filosófico, alude a la afirmación o al atributo que se dice que tiene un sujeto. En lenguaje común, ha terminado significando "concepto, estimación o consideración" que se tiene de alguien.

¿Estaríamos hablando de un nuevo elemento?, o pudiera ser que hemos estado utilizando la palabra en forma incorrecta, debido a una mala traducción… Es entonces –al indagar por qué confundimos los dos sentidos del término– que hago un curioso descubrimiento: existe un motivo para que se haya extendido la acepción errónea en el uso de la palabra "predicamento" como sinónimo de aprieto o situación difícil. El error viene de que hemos traducido del inglés británico predicament, que significa “aprieto” y no de la raíz latina (en inglés americano el término equivale a predicación…). Me corresponde entonces hacer un humilde reconocimiento: aceptar que muchas veces estuve equivocado. No debería usar la voz con el sentido de aprieto sino con el de reputación o grado de estimación.

Es en el diccionario de María Moliner que encuentro la definición más clara y sencilla. Predicamento: Influencia, de una persona, debida a la estimación que tiene entre la gente: ‘Goza de gran predicamento en el partido’. = Autoridad, influencia, prestigio”.


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30 junio 2026

Nimiedades

Fui a la peluquería el otro día, quería cortarme el cabello; más bien: quería hacérmelo cortar, precisamente porque estaba desigual (justo porque había tratado de cortármelo yo mismo). Ya no voy a peluquerías para hombres en estos días; la diferencia entre una de hombres (o “para” hombres) y aquellas otras más fáciles de encontrar –aquellas a las que van de preferencia las mujeres–, es que en las primeras lo hacen a gusto del impostor (me refiero a quien “impone” su capricho, no a quien suplanta, simula o embauca); mientras que, en aquellas otras (en esas que antes se llamaban “salón de belleza”) lo hacen a gusto y pedido del cliente. Vaya, creo que tratan, por lo menos, de cumplir con su deseo o de satisfacer su predilección…

Nada hay más parecido a un confesionario de iglesia que una peluquería: uno termina desembuchando o declarándolo todo, sin tomar en cuenta que un entrometido y riguroso tribunal pudiera estar escuchando... Ahí “ya me conocen”, y no lo digo porque ya conozcan mi lacio y voluntarioso (caprichoso, testarudo y obstinado) cabello; sino porque saben quién soy, cuáles son mis temas o preferencias, cuál ha sido mi oficio y me dejan hablar de lo humano y lo divino… Todo lo anterior, justo es anotarlo, solo es un decir porque el que termina jalándoles la lengua –a las operarias de turno– soy yo, que, a pretexto de hablar del clima o de su hora de salida, terminan contándome hasta una mágica receta para elaborar limonada (añadirle una cucharadita de café).

Y yo les dejo hablar (y hablar…) mientras manipulan o mesen y reducen el espesor de mi cabello. Lourdes habla de su marido, o de sus gatos y sus perros; Martha, de los cambios del clima y de la experiencia de compartir su vida (tiene casi 60) con sus casi nonagenarios viejos. Yo ya sé de sus “calores”: “¡Qué calores que están haciendo!, ¿no?”, me comenta, apenas me siento donde tarde o temprano declararé mi participación en algún imputado entuerto. “¿O será que a mi edad ya me ganan mis sofocos?” (creo que dijo “sofoques”) confiesa, casi sin ruborizarse. Entonces menciona su obcecada menopausia, el “declive de sus estrógenos”, mientras la escucho con paciencia, hasta que me toque el turno de hablar de mis propias tragedias y cataclismos…

Medito en la palabra que tal vez usó, si sofoco o sofoque, mientras da la vuelta al sillón y me pasa el espejo para que vea la parte posterior de mi cabeza en el panorámico azogue que tengo a mis espaldas. Entonces resuelvo que, aunque ambas son formas correctas, la adecuada es la que ahora me parece que ella utilizó. Reflexiono en la cercanía que a veces encuentro entre vocablos que son muy próximos o se parecen, tales como los que hace poco me tuvieron ocupado: requiebro y requiebre –el primero sugiere piropo, halago o galantería y el segundo pertenece a la conjugación del verbo requebrar (quebrar en piezas más pequeñas lo ya quebrado)–. Miro el espejo que muestra el espeso pelambre de mi nuca, pero no estoy prestándole atención: estoy navegando en otras aguas, pienso en los términos náuticos que domina Galdós, en sus étimos y significados…

Es ya tarde y va cayendo la noche. Declino, en mérito al tiempo, el tradicional lavado del cabello (nunca sé cuál mismo es la secuencia correcta de esa parte del trámite, si primero lavar para luego cortar o viceversa). Paso entonces al otro “trono”, al de las sales aromáticas, agua tibia enriquecida con ozono, y el sinnúmero de pinzas, limas y tijeras que darán cuenta de mis inferiores adminículos, incipientes callos, ojos de pollo y reticentes uñeros. Es cuando siento la gloria y redescubro el sentido de una de las palabras más bonitas qué hay en el idioma: la palabra “alivio”. Cavilo en la importancia que otros dan a la noción de felicidad y resuelvo que me es suficiente con sentir paz y tranquilidad, esa “ataraxia” que buscaron los antiguos…

Concluidos mis trasiegos, me dispongo a satisfacer el importe de los servicios concedidos. Antes, busco en mis bolsillos suficiente calderilla que corresponda a una propina que no suene a cicatera o esquiva… Pienso en esa concesión que la aerolínea nos hacía en Singapur (reparto de utilidades) a la que llamaban “bonus” y que mal traducíamos como “bono”, cuando realmente significa “propina”… Pienso en los pasajes libres que nos otorgaban, que se conocían como “Privilege tickets” (“pasajes de privilegio”), así llamados para que no se los interprete como “un derecho”; concesión graciosa que ayudaba a cubrir el pago de impuestos… Y pienso en el curioso concepto que tiene en USA la propina para los meseros: una obligación nuestra, como si lo importante no fuese la labor de quienes preparan las viandas en las cocinas, sino el breve y apresurado trámite de servir a la mesa lo que hemos pedido...

Nota final: creo que debo una disculpa por el abuso de los paréntesis en esta entrada. Dice El buen uso del español de la Academia, que ellos sirven para insertar información aclaratoria o complementaria. A mí me da pena que no los usemos en el lenguaje hablado; solo se los usa (y abusa) en la lengua escrita…


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26 junio 2026

De sátrapas y otros déspotas

Hoy le he preguntado a la IA, no por un significado concreto, sino por qué es que la mayoría de la gente cree erróneamente cuál es el significado del vocablo sátrapa… Esa mayoría no siempre lo asocia con alguien déspota o autoritario. Me ha contestado que casi siempre se lo utiliza como sinónimo de tirano, dictador o de quien abusa de su poder; pero que también suele usarse, sobre todo, para designar a quien vive con lujos, abusa de sus conexiones o de su poder y hace grosera ostentación de su posición o de su riqueza. 

Un sátrapa era quien ejercía como “gobernador de provincia” en los antiguos imperios medo y persa (aqueménida) y de sus sucesores, como fue el Imperio sasánida. La satrapía era el territorio gobernado por un sátrapa. El título significaba 'protector del reino'; el sátrapa estaba a cargo de los asuntos administrativos como aquel ingrato de cobrar impuestos. Los sátrapas eran asesorados y vigilados por un canciller, así como por inspectores que eran reputados como los “ojos y oídos del rey”. Con el tiempo, la palabra adoptó una connotación distinta y bastante negativa. Se debió a que algunos de estos gobernadores se volvieron corruptos, cobraban impuestos abusivos o actuaban cual si fueran nuevos reyes independientes.

Los sinónimos principales de sátrapa son tirano, déspota, dictador y autócrata. En resumen, se utiliza el vocablo de forma despectiva para referirse a una persona que gobierna o ejerce su autoridad abusando de su poder y actuando de manera arrogante y arbitraria. Pero… ¿qué mismo significa sátrapa cuando hoy lo usamos y, sobre todo, cuando usamos el término como un insulto? La voz sátrapa ha quedado como una forma peyorativa para llamar a cualquier persona que ejerce su poder de forma arbitraria, y como sinónimo de tirano o déspota; pero también la usamos como si fuese un insulto genérico, como el peor que se nos puede ocurrir… Para algunos puede significar bellaco o sinvergüenza, para otros corrupto o despreciable…

Esto es lo que dice mi herramienta relacionada (Etimologías de Chile): Sátrapa es un muy antiguo nombre que ya los griegos utilizaban para designar a los gobernadores o representantes del gran rey de los persas (antes llamados medos, de ahí el nombre de “guerras médicas”). La connotación peyorativa que, desde la antigüedad, se atribuye al nombre de estos gobernantes puede explicarse por el hecho que las fuentes eran griegas y los persas fueron el enemigo secular de los helénicos. Para los romanos, los persas no eran santos de su devoción, ya que –una vez tras otra– sus ejércitos se estrellaban frente a las huestes iranias.

El vocablo se ha seguido utilizando a lo largo de los siglos, aunque sin aludir directamente a los prebostes persas, sino con el sentido de funcionario cruel, que muestra un comportamiento exagerado o excesivo. Ya en el siglo XX, en la América hispanohablante, se aplicaba con frecuencia el término para referirse a dictadores como Trujillo, Castro o Chávez. Sin embargo, la irrupción abrumadora de esta voz en la lengua castellana es probable que haya acontecido a propósito del “hombre fuerte” serbio Slobodan Milosevic y arreció hasta exacerbarse con el caso de Saddam Hussein. Milosevic (1941–2006) –acusado de genocidio y crímenes de lesa humanidad mientras estuvo en el poder– fue presidente de Serbia (1989-1997) y más tarde de la República Federal de Yugoslavia (1997-2000). Este sátrapa “de nuevo cuño” fue conocido como el "Carnicero de los Balcanes" por haber liderado un régimen autoritario y por promover un nacionalismo a ultranza que luego desencadenó las cruentas guerras balcánicas y las limpiezas étnicas en los años 90.

Es como si la sonoridad esdrújula que la voz encierra, hiciera más expresivo el término, desbancando a otros términos tradicionales como dictador, déspota o tirano. No es desdeñable, en efecto, el impacto sonoro que tiene la voz sátrapa, pronunciado con énfasis, remarcando la esdrújula, recalcando el tremendo y atroz estruendo de su –tr– tan impostado, y con la triple reiteración de las vocales (tres aes) tan resonantes. Es curiosa, por otro lado, su utilización con el valor adjetivo de 'tiránico' o 'despótico', como lo evidencia la secuencia "sátrapa dictador". Hace poco se ha constatado que el término ha llegado a aplicarse en España para culpables de escándalos urbanísticos, hoy tan habituales. Ante ello, y dadas las cualidades fónicas que tiene el vocablo, a la palabra sátrapa le aguarda un futuro cada vez más esplendoroso.

En 2001 Slobodan Milosevic fue arrestado y entregado al Tribunal Penal Internacional, creado para tratar los abusos y excesos ocurridos en la ex Yugoslavia, en la ciudad de La Haya. Milosevic murió en su celda de un ataque al corazón, cinco años después, antes de que el tribunal pudiera emitir un veredicto… Sí, está comprobado: los déspotas, para su propia desgracia, también se enferman y “a veces” hasta se mueren…


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23 junio 2026

Adulones y sicofantes

Sin entrar en complejas disquisiciones (como invocar a Freud, cómo lo hace el Diccionario de la Academia), el ego no es sino un exceso de autoestima; para mí, denota también una pizca de inseguridad, a más de un incomprensible y absurdo desprecio hacia las virtudes y paciencia ajenas. Bien visto, el adulo es el real combustible del ego… Adulador y adulado son caras distintas de una misma moneda: ambos mediocres viven del otro en forma imperecedera, dependen entre sí, aunque sepan que ha cesado su influencia.

Adular significa: “Hacer o decir con intención lo que se cree que puede agradar a alguien”. Otra acepción sería: “Alabar de forma exagerada e interesada a una persona para conseguir su favor o ganar su voluntad”. La voz “adular” viene del latín adulari, que significa ensalzar, alabar, halagar o elogiar desmedidamente. La adulación es acción que implica hipocresía, falta de sinceridad e incluso maldad. Quien adula ha caído muy bajo, su figura es la de quien, sin dignidad, se inclina ante otro para besar su calzado. Hay un término para definir al adulador, suena escatológico y de veras malsonante: me refiero al vocablo “lamecu…”.

En inglés adular se dice “to flatter”. Originalmente, el verbo "flatter" (derivado del francés antiguo flater) significaba "tocar con la mano", "acariciar" o "alisar". La palabra proviene de la misma raíz germánica que dio origen a la palabra flat (plano). La idea era que quien acariciaba a alguien lo hacía para "suavizarle" sus asuntos o proyectos. Con el tiempo, esta acción física evolucionó hasta referirse a la caricia del ego: alabar a alguien de forma excesiva o insincera para complacerlo, manipularlo, ganarse su aprecio… 

La caricatura del adulador describe el perfil de quien busca congraciarse mediante falsos halagos; retrata la sumisión e hipocresía de quienes adulan a los demás para obtener favores, poder o alguna otra forma de beneficio. La figura se caracteriza por los siguientes rasgos: sus elogios no son sinceros, buscan manipular o conseguir el favor de quien ostenta autoridad, dinero o influencia; el adulón no duda en mentir ni en ocultar sus opiniones para validar la opinión del adulado y evitar cualquier conflicto; y, alimenta así la necesidad de ego del halagado, convirtiéndose en un "espejo deformante" que refleja lo que aquél quiere escuchar. 

Francisco de Goya, en sus grabados (como en la estampa "Ni más ni menos" de Los Caprichos), satirizó a los aduladores que disimulaban los defectos de sus modelos. En La Divina Comedia, Dante Alighieri fue más duro: situó a los aduladores en el segundo foso del octavo círculo del Infierno, sumergidos en excrementos humanos para simbolizar la podredumbre de sus propósitos. Asimismo, el filósofo griego Plutarco escribió ensayos advirtiendo sobre cómo desenmascararlos y distinguirlos de los auténticos amigos.

En estos días, he hallado en forma repetida la palabra “sicofante”. La voz provendría del griego sykophántēs (de sykon, "higo", y phainein, "mostrar" o "denunciar"); en Atenas se habría referido a los "denunciadores de contrabando", que delataban a quienes exportaban ese fruto –el higo– en forma ilegal. Literalmente significaría «el que muestra los higos». Su equivalencia actual sería la de calumniador, delator o impostor. Hoy se especula que habría varias explicaciones sobre cómo se originó el término: una señala que en Grecia estaba estrictamente prohibido exportar higos; así, los delatores o buscavidas que denunciaban a quienes hacían contrabando de esta fruta para evadir impuestos eran llamados sicofantes. Para Etimologías de Chile, un sicofante —o sicofanta— no sería quien denunciaba o delataba ese contrabando, sino más bien quien “denunciaba el robo de higos de ciertas hogueras sagradas cuyos frutos estaba prohibido tocar”.

Otra hipótesis apunta a que el término habría hecho referencia a una seña obscena. La palabra sykon (higo) también se usaba como metáfora para referirse a los genitales femeninos, y el gesto de meter el pulgar entre los dedos índice y corazón era considerado un insulto. El sicofante sería entonces quien "hacía ver el higo", ya sea mediante acusaciones falsas para ensuciar la reputación de alguien, o realizando este gesto para señalar la culpabilidad pública de un individuo. Con el paso del tiempo, el término pasó al latín como sycophanta y se alejó de su significado original, para designar y describir a un acusador ruin, a un mentiroso o adulador que utilizaba el engaño o la falsedad para sacar ventaja e infligir daño a otras personas.

Los atenienses no tenían fiscales públicos, por lo que cualquier ciudadano podía acusar a otro. Muchos hacían acusaciones infundadas; estos hicieron de la extorsión su oficio (participaban de las multas o buscaban un soborno para comprometerse a retirar los cargos). Más tarde, el término pasó a utilizarse como sinónimo de calumniador, impostor o delator falso. En español, como indica el Diccionario, se utiliza para describir a alguien que busca obtener ventajas mediante mentiras, adulación servil o acusaciones ficticias. 


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19 junio 2026

Verdad de Pero Grullo *

   * Tomado de la inefable Wikipedia, con nuestra edición

Pedro Grullo, Pedrogrullo, Pero Grullo o Perogrullo, "que a la mano cerrada llamaba puño", es un personaje paremiológico o de la literatura tradicional cuyo origen histórico es de difícil determinación. Su idiosincrasia es la de un personaje cómico, producto de la imaginación popular, aunque existen hipótesis e indagaciones en las que se afirma que habría existido un Pedro Grullo real. En el habla corriente se identifica al personaje como el primer, o el más famoso, decidor de perogrulladas –tautologías retóricas–, esto es, verdades redundantes o pleonásticas del tipo "ha amanecido porque es de día".

Cuando alguien emite una expresión de simpleza tan evidente o tan sabida que resulta una afirmación trivial o apodíctica, o técnicamente un truísmo, suele opinarse que se dijo una perogrullada o una verdad de Perogrullo. En retórica la perogrullada es semejante a la tautología, la redundancia o el pleonasmo: una definición tan simple que duplica su misma denominación, de forma que uno de sus elementos sinónimos sobra, aunque sirve para denotar, subrayar o destacar lo dicho. También puede adoptar la modalidad de una litotes o atenuación. Ejemplos: «cuando no hace frío es que hace calor o está agradable», o «en lo lleno no hay vacío»; estas son perogrulladas o simplezas (sí, muy culta la Wikipedia).

En el Diccionario de nuestra lengua (el de la Real Academia Española) la perogrullada se define como «verdad o certeza que, por notoriamente sabida, es necedad o simpleza decirla». En el diccionario de María Moliner, donde se la define como «dicho propio de Perogrullo», se dedica una entrada al autor de esas verdades: «Perogrullo (de “Pedro” y “Grullo”): personaje supuesto al que se atribuyen humorísticamente las sentencias o afirmaciones de contenido tan sabido y natural que es una tontería decirlas». Quien inventó el vocablo perogrullada fue Francisco de Quevedo, en su libro Sueños y discursos (1622), en concreto en la parte conocida como Sueño de la Muerte, donde interviene el «gran profeta» Pero Grullo: «Yo soy Pedro, que no Pero Grullo, que quitándome una ‘de’ en el nombre me hacéis el santo fruta».

En un ensayo acerca del origen etimológico de los apellidos castellanos, José Godoy Alcántara dice que Petro Grillo fue un personaje real que actuó como testigo en dos escrituras (de 1213 y 1227) en Palencia. Añade: «Coetáneo de Pedro Mentiras, si es que se trata del mismo que ha hecho célebre la naturalidad de las verdades». Durante el siglo XV, particularmente en Cantabria, se citaba a Pedro Grillo. Existe un documento que data de 1460, titulado Profecía, cuyo autor usa el seudónimo de Evangelista. Se trata de un breve relato en el que se describe a un profeta ermitaño, a quien llama «Pero Grillo».

Es muy probable que al antes mencionado Pero Grillo, casi cien años después (año 1551), Hernán Núñez de Guzmán, en sus Refranes o proverbios en romance, le haya cambiado de nombre y, en consecuencia, convertido en el nuevo Pero Grullo referido. Algunos investigadores creen que el Pedro Grillo del siglo XV evolucionó hasta convertirse en el nuevo Pero Grullo del siglo XVI. Quizá, para esta modificación del nombre, habría que tener en cuenta que en italiano el adjetivo grullo significa "simple, tontorrón, poco vivaz, que se deja engañar con facilidad"; y como es bien sabido durante el siglo XVI la influencia de la cultura italiana en España se hizo particularmente intensa.

Ya en 1605, este personaje aparece en la novela La pícara Justina, de Francisco López de Úbeda. También Cervantes lo menciona en la segunda parte de Don Quijote de La Mancha. Así, en el capítulo LXII, Sancho Panza pregunta a la «cabeza» si volverá a ver a su mujer y a sus hijos. La «cabeza» responde: «Gobernarás en tu casa; y si vuelves a ella, verás a tu mujer y a tus hijos; y, dejando de servir, dejarás de ser escudero». A lo cual Sancho añade: «Bueno, par Dios; esto yo me lo dijera: no dijera más el profeta Perogrullo».

El lexicógrafo Ramón Joaquín Domínguez, en su Diccionario Nacional o Gran Diccionario Clásico de la Lengua Española, de mediados del siglo XIX, define perogrullada, ‘perogrullear’ y Perogrullo: «Personaje o ente quimérico, extravagante, ridículo, que se supone haber existido y dejado una preciosa colección de sandeces, apotegmas, axiomas y verdades». 

Pese a todo este trabajo hecho por investigadores y lexicógrafos, quizá nunca se sepa a ciencia cierta quién fue en realidad este Pedro Grullo o Perogrullo, que hizo tan famosas sus perogrulladas.


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16 junio 2026

Futuro de los valles de Quito

Yo era muchacho todavía cuando venía en vacaciones a pasar unos días en San Rafael (hoy es mi residencia permanente). En esos días, nadie hubiera vislumbrado que tanto Los Chillos cuanto el sector de Cumbayá y Tumbaco –que se desarrolló más tarde– habrían de experimentar el súbito crecimiento que los convertiría en barrios suburbanos de Quito. Es probable que el hito inicial que marcó ese despegue haya sido la construcción de la autopista Rumiñahui, que lo único que le hace merecer ese nombre es que es una vía de alta velocidad. El caso de Cumbayá resulta peculiar; su relativa ventaja ha sido su cercanía con la capital.

Unos 40 años atrás ya se anticipaba que el centro y sur de Quito se extenderían (o desplazarían) hacia el Valle de los Chillos; en tanto que, el norte (hablo del sector que va desde La Mariscal hasta La Carolina) –donde residían ciertos segmentos– lo haría hacia Miravalle y Cumbayá. Pudiera decirse que nadie anticipó un éxodo tan abrupto y masivo hacia esta última zona; sobre todo, porque el ritmo de crecimiento no fue sustentado por el trazo y disponibilidad de calles y otras vías que facilitarían más tarde una movilización ordenada y ágil, tanto dentro de esa zona residencial como en su necesaria conexión con la ciudad.

El caso de Los Chillos es un tanto diferente. Su desarrollo se inicia a mediados del siglo pasado, cuando –debido a la benignidad del clima– favorece la adquisición de solares que se convierten en pequeñas quintas o huertos familiares. Nadie sospechó tampoco que, con el paso del tiempo, tendría un crecimiento tan sorprendente como inusitado y que, solo 50 años más tarde, tendría que enfrentar los problemas y desafíos que tiene cualquier ciudad. El caso del sector de San Rafael (donde hoy se ubica el C.C. San Luis) es un tanto paradigmático, no solo porque lo cruzan tres ríos (Pita, San Pedro y Santa Clara) sino que nadie columbró que el rápido desarrollo futuro exigiría un trazo adecuado de vías que asegure una movilización vehicular ágil y fluida, elemento esencial para, a su vez, ofrecer un satisfactorio sentido de bienestar.

A estas alturas, reconocer la defectuosa condición del tránsito en las vías resulta no solo una reflexión tardía: sería, además, improductivo. Pocos han caído en cuenta que estos barrios crecieron sin que medie ningún tipo de planificación. El exceso de viviendas no se satisfizo con una mejor provisión de calles y vías disponibles. Más habitantes significó un mayor número de vehículos que generaron inéditos problemas tanto de tránsito como de disponibilidad de estacionamiento. Tampoco se pensó en vías que favorezcan un ágil desplazamiento, sino –además– que cumplan con el requisito de una eventual evacuación rápida como demanda todo conglomerado de alta densidad. Nunca se contó con la posibilidad de una desgracia natural o de un flagelo no controlado. Así, una evacuación emergente se tornaría muy difícil de satisfacer.

Persiste, por otra parte, un problema administrativo: tanto Cumbayá como la zona norte del Valle de los Chillos (entre el río Pita y el cerro Ilaló) pertenecen al municipio metropolitano. Sus peculiares necesidades, así como sus particulares características merecen una más dedicada atención, la misma que “ha brillado por su ausencia”. Las autoridades responsables están muy alejadas de la realidad de estos sectores, cuyos moradores no solo se sienten mal atendidos, sino que carecen de canales adecuados para comunicar sus inquietudes y necesidades, y para sugerir alternativas y recomendar soluciones a sus varios problemas.

Se me antoja que el caso de Cumbayá es de veras insoluble. Para lo relativo al Valle de los Chillos, parece también muy tarde para volver a planificar nuevas vías, ensanchamiento de calles y nueva provisión de diagonales y avenidas. Ante esa realidad, quizá la única alternativa sea la construcción de viaductos o vías rápidas elevadas y, dependiendo del sector, el eventual uso del lecho de los ríos (como ya se hizo en el sector de la Bocatoma) para construir vías de desahogo que se conecten con las vías de alta velocidad.

Existe una pequeña ciudad argentina que fue construida como arquetipo de la urbe planificada. Está ubicada cerca de la ribera del río de la Plata y a algo menos de 50 km al sureste de Buenos Aires; se la ideó hacia fines del siglo XIX para que funcione como capital de la provincia de Buenos Aires (no confundir con la conurbación metropolitana, llamada Gran Buenos Aires). La ciudad tiene una forma de cuadrado perfecto, la parte medular está conformada por seis sectores en ambas direcciones que, a su vez, están compuestos por seis manzanas en ambos sentidos; su diseño consta, además, de una serie de avenidas diagonales que incorporan plazas, parques y rotondas. La ciudad es encantadora y bien puede servir de ejemplo para similares iniciativas. Todo el formidable y bien estructurado trazo mide no más de 25 km cuadrados.


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12 junio 2026

Mambrú se fue a la guerra…

De niño descubrí que me encantaba descubrir… y así fue como descubrí que para descubrir había primero que explorar o indagar. Descubrí que cuando se investiga hay que saber hacer la pregunta correcta, porque si no la respuesta puede ser no solo la que uno no espera, sino inexacta en muchos casos. Bien dicen que no se debe esperar una respuesta inteligente cuando se hace una pregunta tonta. Más tarde he descubierto que a eso se refieren los políticos cuando los entrevistan y dicen: “Ah, qué buena pregunta”.

El otro día escuché una olvidada ronda infantil y quise dar, con idéntico nombre, título a esta entrada. Por esta vez, no me di el trabajo y preferí dejar a la “señora” IA (yo la llamo Inés Andrade) para que la esboce por mi… Con Inés hay que tener mucho cuidado. Con ella, hay que hacer la pregunta correcta; es decir, hay que “saber preguntar”. Además, ella es impetuosa (sobre todo algo irresponsable), no tiene “espíritu crítico”; por ello que a veces –sin querer– se puede, y se suele, equivocar… No siempre es seguro que lo que Inés diga, sea la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. “Cosas de inteligentes…”, digo yo.

La historia de Mambrú (o esa canción y su estribillo) la había no solo escuchado, sino también cantado en los días de mi niñez. Mambrú no fue un personaje ficticio; su nombre es una adaptación al castellano de Marlborough, que es parte del título nobiliario de John Churchill (1650-1722), un duque y general inglés derrotado por los franceses en Malplaquet (1709), durante la Guerra de Sucesión Española. La tonada fue creada por los franceses para burlarse de su aristocrático enemigo; creyeron, por error, que había muerto en combate… aunque vivió unos años más. El duque fue un genio militar; brillante y astuto, es considerado un oficial muy destacado en la historia militar británica. Fue antepasado de Diana de Gales y de Sir Winston Churchill, que nació en el Palacio de Blenheim, la residencia oficial de los duques de Marlborough.

Esa guerra (no confundirla con la de Secesión) fue un conflicto entre las potencias europeas que duró desde 1701 hasta la firma del Tratado de Utrecht en 1714. Tuvo como causa principal la muerte sin descendencia de Carlos II de España, último representante de la Casa de Habsburgo, lo que dio lugar a una lucha por el control del Imperio entre los partidarios de las dinastías reclamantes: los Borbones y los Habsburgo. La guerra dejó como principal resultado la instauración de la casa de Borbón en el trono de España.

La música de la ronda es repetitiva y pegajosa. Habla de que Mambrú se fue a la guerra y que no se sabe cuándo vendrá, de si volverá para la Pascua o para Trinidad (la fiesta móvil que celebran los católicos una semana después de Pentecostés); cuenta que Mambrú se ha muerto en guerra y que lo llevan a enterrar, con tres oficiales y un cura sacristán; jijijí, jajajá, ¡no sé cuándo vendrá! La picante melodía habría llegado a España y Latinoamérica por influencia de los Borbones. Parece que a la reina Ma. Antonieta le gustaba cantársela a sus hijos. Luego se extendió por Europa y terminaría convirtiéndose en una ronda muy popular.

Por otro lado, yo mismo me he preguntado si este Marlborough tiene algo que ver con los tan publicitados cigarrillos Marlboro (es el mismo nombre, con ausencia de las últimas cuatro letras). Hoy sé que sí, pero que solo lo es de manera indirecta: el nombre de la marca no se habría escogido para honrar al duque y militar de marras, sino para dar relieve a la ubicación del lugar de producción: la fábrica original de la Philip Morris habría abierto sus puertas en Londres en una calle conocida como Great Marlborough Street. La rúa se había bautizado así en honor al Duque de Marlborough para celebrar sus victorias militares.

Al principio, los cigarrillos se comercializaban como "Marlborough", pero luego el nombre se simplificó y cambió a "Marlboro", cuando la marca se expandió a Estados Unidos. Como dato curioso, antes de asociarse con el famoso vaquero, la marca se publicitaba como un cigarrillo "suave como el mes de mayo" destinado casi exclusivamente al mercado femenino. En cuanto a Blenheim, el “palacio” de los duques, es el único edificio no real en Inglaterra que lleva ese título. El edificio fue obsequiado al duque por sus servicios…

Finalmente, se habrán preguntado: ¿por qué puse ese título a esta entrada?... La verdad que este me pareció apropiado para resaltar la influencia que ha tenido la terquedad de un solo individuo para involucrarse en una guerra innecesaria (que nunca la ganó); y también para no poder salir de ella hasta que lo declaren vencedor… Se lo conoce como Donald Gump; perdón, Forest Trump...


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09 junio 2026

Se viene el Mundial…

Sí, se viene el Mundial… Esta es una frase que hay que decirla así, incompleta. Más bien dicho, ¿para qué completarla, si todo el mundo sabe de qué estamos hablando? En efecto, decir “Mundial de Fútbol” ya suena raro, casi como si fuese una cacofonía; o, mejor, un pleonasmo, repetición innecesaria, redundante tautología (sí, que vaya nomás el Efe a revisar el diccionario…). Basta, entonces, con referirse al acontecimiento sin especificar de qué se trata. No es necesario, ya no hace falta…

Pero hay algo en esa cuadrienal competencia que me produce sentimientos encontrados. Por un lado, está esa infantil ilusión que periódicamente se renueva; está también ese curioso y apostador sentido de anticipada preferencia: que si Francia, que si Brasil o Portugal (las tres, para mi gusto, son las selecciones mejor integradas, no dependen de un solo jugador: están repletas de talento). Está, también, mi simpatía por esa, nuestra nueva pléyade de jugadores excepcionales, que bien pudieran darnos una agradable sorpresa; ellos, solo tendrían que llegar a cuartos de final –estar entre los ocho mejores– y eso sería ya un evidente progreso. Y está, por fin, mi novelería de aficionado: estar pendiente del avance de algo enteramente lúdico por todo un mes (en realidad cinco semanas). ¿Qué más se le puede pedir a la vida, que nos mantenga expectantes y “unidos”; y hablando de lo mismo y por tanto tiempo?…

Tengo mis temores, sin embargo… Después de todo el manoseo propiciado por la FIFA para efectuar el último mundial (aquí sí con minúscula), en el lugar equivocado y en la estación menos adecuada, con la sola y única intención de favorecer la asignación de la sede para un pequeño país que quería aprovechar el ecuménico espectáculo para promocionar su sorprendente desarrollo, a muchos nos dejó la lamentable impresión de que lo que importaba ya no era ese fervor y entusiasmo colectivo que genera el “deporte rey”, sino alguna motivación impublicable, que nos llevó a repetir el viejo adagio: “Piensa mal y acertarás”…

Y es que, además, el mundial de Catar nos dejó una triste e inesperada desilusión: a pesar de la promisoria expectativa que venía construyendo la positiva aplicación de ese artilugio llamado VAR, verdadera panacea para eliminar (y sancionar) y prescindir para siempre de la simulación y la astucia; pronto nos hizo abrir los ojos, y advertir, que “hecha la ley, hecha la trampa”…, porque ciertos jugadores (no sé si también selecciones completas) habían desarrollado nuevas habilidades; no ya para engañar al público, a los entendidos y a los propios árbitros, sino para plasmar la farsa científica,  engañando al propio VAR…

Nada puede haber más dañino para el desarrollo normal de los partidos de fútbol que el ardid, el recurso marrullero, la acechanza y la maquinación, la farsa de tono dramático y la triquiñuela. Aquello de convertir el área contraria en piscina para con maña ejecutar clavados o “saltos ornamentales” o nefandas “picardías” cuyo simplón y triste mérito es recurrir a la invisible “Mano de Dios”. Ello, no solo perjudica a la imagen que quisiéramos tener de nuestro deporte preferido, sino que nos hace desilusionar respecto a los reales avances que el fútbol ha logrado como cultura organizacional, respecto a una entretención que no puede dar ya cabida al instrumento moral de dudoso contenido, a la infracción maliciosa, al despreciable timo.

Otro asunto inconveniente ha sido, esta vez, el escogimiento de los países sede, como si eso de repetirlo en un país enorme ya no iba a crear dificultades logísticas imponderables: hay alrededor de seis horas de vuelo entra las costas atlántica y pacífica de los Estados Unidos. Esto, definitivamente se agrava cuando se incluye a países como Canadá y México en la ecuación. Es como si los organizadores solo hubieran estado animados por el éxito comercial, sin contemplar la movilización de los aficionados y las dificultades logísticas que esos traslados representan. Se espera que, ya superada la fase de grupos, los desplazamientos requeridos no se tornen en fastidiosos cuando, como es natural, los precios de las entradas habrán aumentado ya hasta precios estratosféricos; enemigas como van de más asequibles alicientes…

El fútbol se fue adulterando en ciertas regiones. Esto, por lástima, se fue exacerbando en otros sectores que parecían “más civilizados”. Esa es la influencia que producen las malas artes, por el fácil rédito que tiene aquello de darse de “listo” o de “sapo vivo”. Es hora de sancionar con severidad la voltereta aparatosa, el revolcón sensacional, el barato y flagrante histrionismo propio de escenarios de otra índole. Lo lógico es que la gente aliente y apoye a sus equipos; pero los resultados deben estar basados en un elemental –y muy humano– sentido de merecimiento y de justicia. Ese es el verdadero FAIR PLAY. ¿Es, esto, mucho pedir?


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