04 febrero 2020

Desparpajo e insolencia

He leído este último fin de semana un interesante como conciliador artículo escrito por el columnista de El Universo, don Fernando Balseca. Está relacionado con el hoy llamado “lenguaje de género”; ha querido titularlo: ¿Lenguaje inclusivo o sociedad inclusiva? En él recoge la propuesta del académico español Álex Grijelmo, animada por el sensato sentido de incluir, proteger y promover a los grupos postergados en nuestras sociedades a través de acciones concretas y no por medio de innecesarias piruetas lingüísticas que más bien oscurecen y lastiman nuestro idioma.

Por ello que, en el afán y propósito de contribuir con la iniciativa, he decidido acceder al envite o, como dicen por ahí, “recoger el guante” y para ello me he permitido transcribir el texto del artículo en mención, convencido como estoy de que nos estamos dejando invadir por una estúpida costumbre (zoquete y adefesiosa hubieran dicho en la casa donde pasé mi infancia), que social y políticamente no logra alcanzar ningún objetivo pues, en la práctica, no conduce a nada; y que solo consigue demostrar la gazmoñería e ignorancia de quien así se expresa, cuando -para procurar acentuar el énfasis de su exposición- así escribe o habla.

Paso a transcribir el contenido del referido artículo:

“Hace pocos días, la Real Academia Española (RAE) respondió al pedido que había realizado Carmen Calvo, vicepresidenta primera del Gobierno español, para reformar el texto constitucional en el ámbito de lo que se ha dado en llamar lenguaje inclusivo. La RAE insiste en que el empleo del masculino genérico es correcto y que son innecesarios los desdoblamientos (por ejemplo, diputados y diputadas) y otras alternativas relacionadas con el género (les compañeres o estimad@s o profesorxs). Calvo ha reaccionado ante esta postura diciendo que espera que la RAE “se acompase con lo que es normal en la calle”.

Pero, en el mundo de habla española, lo que es normal en la calle es precisamente lo contrario de lo que buscan Calvo y otros grupos que quieren obligarnos a que hablemos como a ellos se les ha ocurrido y no como la gente viene haciéndolo en las calles, en los campos y en las casas. Las iniciativas para usar estas extrañas formas, que oscurecen el intercambio de mensajes, se da en instituciones en las que hay intelectuales que se ven como representantes iluminados del conjunto de la sociedad. Son grupos que, con posturas asentadas en un feminismo extremista, se creen dueños de toda la verdad y de la lengua.

El escritor y periodista Álex Grijelmo, con su acostumbrada serenidad y profundo dominio de esta materia, publicó el libro Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo: una argumentación documentada para acercar posturas muy distantes (Barcelona, Taurus, 2019), para discutir por qué, aunque hoy es un imperativo la construcción de una sociedad inclusiva, no es relevante para ello modificar la lengua con estas expresiones estrafalarias. Las mujeres de los barrios marginales, las vendedoras en los mercados, las empleadas domésticas y nuestras abuelas no hablan como estos grupos extremistas quieren que hablemos.

Afirma Grijelmo que la mayoría de idiomas en el mundo carece de género gramatical (el inglés, para no ir más lejos). Pero, se pregunta, ¿las sociedades que no distinguen género gramatical son menos machistas que aquellas en las que la lengua sí tiene esta distinción? ¿Es Hungría más igualitaria que España? El dominio patriarcal y el machismo –que deben ser combatidos en todos nuestros entornos– no se originaron por culpa del masculino genérico, sino por las condiciones históricas en que las sociedades se han desarrollado. Por tanto, imponer una jerga desde arriba no va a transformar las estructuras sociales.

Grijelmo ha escrito este libro para proponer “un eventual acuerdo general para expresarse en español sin discriminación hacia la mujer y, al mismo tiempo, con respeto a la historia, la estructura y la economía de la lengua, así como al uso más cómodo para los hablantes”. Y desmonta el mito sobre el supuesto origen patriarcal del masculino genérico y la supuesta invisibilización de la mujer. Según Grijelmo, lo que necesitamos, antes que hablar y escribir de manera rara e inefectiva es sobre todo bregar por una cultura que vaya eliminando las taras del machismo que afectan tanto a hombres como a mujeres” (hasta aquí la transcripción del artículo).

En cuanto a la iniciativa de la señora Calvo, constituye, esta sí, una propuesta no solo atrevida, sino además indecente. Se me hace imposible no recordar, cuando utilizo este último término, a una recordada amiga, la desaparecida esposa de un apreciado diplomático español, nuestro colega de misión en Singapur; dama que para animarme a que la acompañase a una ronda de nuestro deporte favorito, solía anticipar su pedido con una singular advertencia: “Eh, Alberto, que solo te llamo para hacerte una propuesta indecente”. Nunca tuve la indecencia de excusarme…

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