23 octubre 2011

Lo ofrecido es deuda…

Soy demasiado impaciente; no puedo dejar asuntos pendientes. A esto, y no a otros escrúpulos, ha de deberse que no me guste tener deudas. Y, como les he ofrecido contar cómo es que he aprendido a preparar una paella, he decidido dedicar esta entrada a un motivo que tiene otra vez carácter culinario. Quise llamarla “Paella de treinta y uno”, para obtener el favor de la buena estrella que tuvo una entrega anterior; mas, como esto implicaría que se trataría de un experimento arrocero con ingredientes ventrales, he preferido resistir a dicho impulso. Para ello ya están el arroz con guatita y el jamás igualado plato costeño conocido con el nombre de “bandera”.

Sin embargo, aquello, de apellidar a algo como “de treinta y uno”, quizás vendría bien en ciertos casos. Treinta y uno es una fecha que solo encontramos en siete meses del año; y esto, a pesar de la circunstancia, caprichosa y contradictoria, que esto sucede como consecuencia de que a febrero se le ha asignado solo veintiocho días. Y digo contradictoria, porque fue el deseo de regularizar el registro del tiempo, una de las razones que animaron a quienes inventaron el uso del calendario. Desde que César lo reformó, añadiendo los años bisiestos al calendario egipcio – y después de que el papa Gregorio lo revisó – se continúa insistiendo en esta injusticia: un mes corto en dos días, sin que sea necesario!

En buen romance, solo serían necesarios cinco meses de treinta y un días en el año, número similar al aproximado de ocasiones que tenemos para preparar una paella a través de la vuelta que da el calendario. He visto cocer paellas en muchas partes del mundo, tanto en la tierra de sus inventores, como en otros lugares cuyo remedo más se asemejaría a un arroz frito, pues en ciertos casos ni siquiera es amarillo y resultaría un insulto abusivo darle semejante nombre a tan insípido bocado. No he comido paella más sabrosa que la que probé un día en San Sebastián; y con su receta aprendí a prepararla. Hay ingredientes importantes que es mejor no dejar de utilizar; pero la experiencia nos ha de enseñar que aun si de ellos no disponemos, podemos conseguir un satisfactorio resultado.

Parecería que lo más importante es conseguir el mejor arroz; sin embargo, el conocido en España como arroz “bomba” no siempre es fácil de conseguir; suficiente decir que debemos buscar un arroz de grano mediano. Y aquí va el primero de los secretos: no vaya a lavar el arroz para que éste no pierda su capa de almidón y mantenga su consistencia! En lo personal, prefiero preparar los ingredientes con anticipación, como picar la cebolla, el ajo y los tomates, o trozar los tres tipos de carne que normalmente suelo utilizar: cerdo, pollo y calamar. Este es el momento de empezar a preparar el caldo que luego se ha de echar en el arroz, sin dejar de considerar la proporción adecuada para que al final el plato tenga esa viscosa presentación que le da carácter y que favorece su degustación. La relación ha de ser de dos tazas y media de agua por cada taza de arroz que se vaya a cocinar. Es indispensable mantener esta relación como referencia.

Póngase a hervir el agua, échese en ella un poquitín de aceite de oliva y cebolla picada al gusto. Coloque la sal únicamente cuando el agua haya hervido; esto es siempre importante, sobre todo si no quiere que se negreen y arruinen sus ollas y peroles recién adquiridos. Entonces coloque un par de cubitos de sabor, un par de tomates trozados y los caparazones de camarón que no vaya a utilizar, para que el sabor se enriquezca con este ingrediente. Cinco minutos después retire esos caparazones con una pinza o con un colador y añada el azafrán en el caldo. El tanto de azafrán necesario equivale a un centímetro cuadrado de hebras por cada dos personas. Con ello, estaría lista la primera parte del procedimiento.

En este punto, es importante señalar que si bien el azafrán hace mucho, tanto por el sabor, como por el color y el aroma; no es necesariamente indispensable. Esto puede sonar a una sacrílega herejía, pero es perfectamente aceptable, sobre todo si no se tiene alternativa, sea porque su precio resulte prohibitivo o porque no se consiga el ingrediente en la oportunidad requerida. No importa, trate de obtener como sucedáneo un buen colorante y solo los entendidos notarán la diferencia!

Entonces, solo entonces, ponga a calentar el aceite de oliva en la paellera. Hágalo en forma generosa. Use un sartén plano y amplio si no tiene paellera. Cuando el aceite esté caliente – tenga en este punto cuidado, no hay nada tan frustrante como cuando el aceite se quema – ponga a dorar la cebolla y añada unos dientes de ajo picado. Coloque entonces el cerdo trozado, déjelo dorarse hasta que se selle la carne y añada entonces el pollo picado. Cuando las dos carnes hayan adquirido un agradable color, adicione el calamar y revuelva lo incorporado.

Ahora, vierta el arroz en el refrito, fríalo con las carnes por un par de minutos para que adquiera su sabor y absorba parte del aceite que se venía hasta aquí cocinando. En este punto, vierta el caldo que ya había sido preparado. Recuerde cuán importante es aquello de la proporción, añada unas alubias o pallares – yo lo hago con alverjas precocidas, están bien las que ya vienen en frasquitos, me gusta su sabor y su tamaño -. Asegúrese entonces que todo queda sumergido en el caldo y que el fuego está bien repartido en la base de la paellera. Entonces, baje un poco el fuego para que la cocción se haga en el tiempo más adecuado.

Pasados unos quince minutos, vierta un vaso de fino – o si no dispone de fino, utilice vino blanco -, añada zumo de limón al gusto y rocíe una nueva dosis de aceite de oliva. Coloque entonces encima y como adorno unas tiritas de pimiento morrón soasado. Añada los demás mariscos y cubra el arroz con papel aluminio para que termine su cocción en forma satisfactoria. Cuando los huequitos del arroz empiecen a aparecer es señal de apagar el fuego; entonces deje que la paella se cocine sin fuego por unos cinco minutos más y eso es todo! Colorín, colorado! Salud y buen provecho! Escríbanme si sufren algún reclamo…

Sydney, 23 de octubre de 2011
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22 octubre 2011

Cocolón y socarrat

Hoy, casi cincuenta años después, ya no recuerdo qué quería decir la abuela con aquello de que fuese “a parar el arroz”. Es probable que lo que habría querido pedirme es que lo pusiera a cocinar; sin embargo, es aún más probable, que con esa misma urgencia lo que realmente me habría pedido es que fuese a cortar el fuego o a supervisar su última cocción. Lo que sí recuerdo es que yo era en casa el designado y exclusivo “gerente de adquisiciones”; y aunque no tuve derecho, en ese entonces, a una “comisión” propiamente dicha, la mayoría de las veces tuve la exclusiva prerrogativa de ir a una tienda de abarrotes que estaba ubicada cerca del mercado para, luego de hacer la cola respectiva, escoger el tipo de grano y realizar aquella casi cotidiana negociación.

Nada hay más simple, en asuntos de cocina, que guisar el arroz. Y nada, resulta más sencillo, tampoco, que dejarlo quemar! Por ello, creo que conocí desde siempre su sencillo proceso; y nada encontré más simple que cocinar el arroz; lo que, con el tiempo, fue pareciéndome tan fácil como calentar agua para tomar café. En efecto, nada había tan sencillo como someramente descamisarlo (eran tiempos en que las “piladoras” no eran tan cuidadosas con esta tarea), luego lavarlo en forma breve, dejar entonces que hirviera el agua en un recipiente de tamaño mediano, para después añadir un poco de aceite y cebolla blanca, y al final poner el arroz a que se cocine por no más de media hora. Entonces, y cuando ya el agua se había absorbido en forma suficiente y los “orificios” habían empezado a aparecer, había que cancelar el fuego, a efecto de que el arroz no se quemara, ni se adhiriera al fondo, formando el llamado “cocolón”.

A fe mía que esto del “cocolón” fue un término que no estuvo desde el principio en el léxico culinario de la casa. Para la abuela el arroz que se había pasado de cocción era arroz quemado y punto. Por lo mismo, era solo arroz al que se había descuidado en la parte más importante de su preparación, y, por lo mismo, era cualquier cosa menos arroz “bien hecho”. Me temo que las importadoras del concepto fueron unas primas, que un buen día vinieron desde la costa con esa rara novedad convertida ya en preferencia: la de una oscura costra de arroz quemado que quedaba en la base del recipiente, por la que ellas discutían y hasta “ofertaban” su goce exclusivo. Es así como se lo disputaban, entre forcejeos que respondían a nuestros repetidos pregones de “quién quiere arroz quemado?”

Debo haberme sentido no solo confiado y confiable cocinero, cuando un día, en mis tiempos adolescentes de Palestra, y a falta de cocinero o “ecónomo” oficial, decidieron encargarme la importante tarea de cocinar para un grupo mayor a treinta personas; y, aunque entonces no se me quemó el arroz, habría de sucederme algo parecido (aunque al revés), y es que no logré que se cocinara completamente el cereal! Siempre recordaré con gracia los apuros que pasamos una tarde, a la hora vespertina, cuando correteando por las tiendas de Conocoto con un querido compañero, buscábamos atún enlatado para colocarlo en el centro de unas bolas de masa gelatinosa en que, por motivos nunca explicados, se nos había convertido el arisco y caprichoso arroz mal cocinado. Y es que, claro, no habíamos caído en cuenta que para los asuntos de cocina también contaba la aritmética… Porque no podía prescindirse de la indispensable proporción!

Por ello es que, pasados los años y establecidas ya mis pretensiones culinarias, he tratado de poner empeño en saber debidamente “parar el arroz”, y en hacerlo con propiedad. Así es como he aprendido a preparar “risottos” y paellas; y hasta a dejar esa costrita quemada que en España no llaman cocolón, sino “socarrat”. Imagino que el término viene de un verbo que significa tostar ligeramente, o sea “socarrar”. Por esto que, cuando de preparar paellas se trata, mis familiares y amigos me dejan solito en la cocina; y solo vienen de rato en rato a cerciorarse que no me he escapado del sagrado recinto, a cuento de que vienen a regalarme una copa de vino, o de que lo que realmente quieren es solo curiosear…

Nada hay más complejo que satisfacer las ajenas expectativas, como cuando me piden que prepare una paella, lo que sucede precisamente cuando me encuentro lejos de donde puedo conseguir sus ingredientes y cuando esos elementos se me hacen difíciles de encontrar. Hace pocos días había ofrecido cocinar una paella a mi retorno de la Gran Muralla cuando, para mi horror y contrariedad, descubrí que no iba a tratarse de “compartir unos sabores”, sino de una cena formal, con mozos de librea, y que entre los degustadores se encontraban nada menos que los principales personeros de dos distintas embajadas… Y yo, que había pensado que mis evaluaciones profesionales se habían terminado, tuve que someterme a esta nueva forma de inesperada valoración…!

Yo, que a menudo alardeo de haber cocinado para más de treinta personas, he tenido que aprender una nueva lección y a destiempo, una que parece que es exigida por la propia diplomacia: aquella de que no van bien el arroz quemado con las relaciones internacionales… Por suerte, en mi más reciente experiencia no hubo ni arroz quemado, ni cocolón, ni socarrat; y por fortuna, pude contar con mi propia paellera y también conseguir los ingredientes necesarios. Para mi gusto, creo que no estuve generoso con la sal; pero, por fortuna, con la sal sucede igual que con la cocción, que es preferible que falte un poco a que se nos pase de la raya! Ya habrá oportunidad, "a base de juro por Dios", de comentar en otra entrada mi propio y personal procedimiento, el mismo que no tiene secretos y que hasta aquí, por lo menos, no se ha topado con remilgosos reclamos…

Soy consciente, en este punto, que hay gente que accede a este blog por motivos culinarios. De hecho, mi entrada más popular sigue siendo una que alguna vez intitulé “Caldo de treinta y uno”. Con estas experiencias, las de los peroles y mis “escribientes” trasiegos, lo más aconsejado va a ser la invención de una paella, a la que estoy a punto de otorgar autoría y padrinazgo: “Paella de treinta y uno”… Qué tal?

Sydney, octubre 22 de 2011
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17 octubre 2011

La fortaleza infinita

Su nombre se escribiría en pinyin (el sistema de escritura que sirve para adaptar la fonética del chino) como “wan lí chang cheng”, que querría decir, literalmente, “la larga muralla de diez mil lí” o “la fortaleza de diez mil lí”. Tengo entendido que este “lí” es una medida china de longitud, que equivale aproximadamente a unos ochocientos cincuenta metros, por lo que el nombre significaría “la muralla de los ocho mil quinientos kilómetros”, que es justamente la extensión aproximada de la Gran Muralla China. Pero los caracteres “wan” (diez mil) y “lí” se utilizan también para representar en chino al infinito; por lo que el nombre original adquiriría además un sentido poético, algo así como “la muralla o la fortaleza infinita”.

Su primera etapa de construcción data ya de cerca de veinticinco siglos y luego habría sido edificada en varias etapas, básicamente para defender al pueblo chino de la invasión de las tribus nómadas mongoles. En épocas posteriores, en las que los invasores dominaron y gobernaron China, la Gran Muralla perdió su utilidad; pero nuevas invasiones de pueblos de Mongolia y Manchuria obligaron a continuar con su edificación en la parte oriental de la frontera norte. Esta última parte, que empieza en la frontera con Corea, es la más sinuosa e irregular; de hecho, no fue construida sino hasta hace algo más de quinientos años. Vale decir que solo fue construida poco antes del descubrimiento de América y algo más de un siglo después del supuesto viaje a China del legendario Marco Polo.

Es justamente esta parte levantina de la muralla o fortaleza, y debido a la característica irregular y montañosa del terreno, que se habría constituido en infranqueable. Se entiende que la muralla llegó a estar defendida por un grupo armado tan numeroso como de un millón de hombres. La barrera está, por lo mismo, compuesta de esta gran pared, e intercalada, de trecho en trecho, por torres de observación y vigilancia, además de pequeños emplazamientos para ser utilizados como cuarteles para albergar a estos ejércitos defensivos.

Puede verse en la parte oriental, justamente la que se ubica algo así como a una hora de viaje hacia el norte de Beijing, que para su construcción se ha utilizado especialmente piedra caliza. Esto no habría sucedido en el sector occidental, donde se habría utilizado tierra apisonada; por lo que en estos sectores la muralla no se encontraría en tan buen estado, pues habría sido destruida, en algunos casos, para utilizar sus materiales como elemento de construcción de los pueblos vecinos. Esto nunca sucedió en el tramo oriental, donde además, la naturaleza irregular del terreno, convierte a la muralla, en poco menos que inaccesible. Es fácil imaginar, cuando se la visita, todos los enormes esfuerzos que habrían soportado sus constructores, los riesgos incurridos y el gran trabajo físico que habría sido necesario para culminar esta gigantesca y hercúlea tarea.

Por ello no sorprende que la Gran Muralla sea considerada también un enorme cementerio. Se cree que en su construcción habrían fallecido un total de diez millones de obreros. Cuando el visitante contemporáneo llega al pie de estos riscos, en cuya cima se ha situado su formidable construcción, puede entender los sacrificios que soportaron a su tiempo sus vigías, los recursos humanos y materiales que fueron necesarios para su mantenimiento y alimentación; y sobre todo, las estrategias y nuevos métodos que tuvieron que inventar los prospectivos invasores para lograr el éxito en sus nuevos y ocasionales asaltos.

Alrededor de dos siglos después de finalizada la última etapa de construcción, China soportó una nueva invasión de los pueblos de Manchuria. Los manchúes llegaron a la capital de la dinastía Ming, tomaron Pekín y anexaron el imperio a Mongolia. Con esto, el Gran Muro perdió ya su necesidad y valor; y solo habría de quedar como imperecedero recuerdo de los afanes y esfuerzos colectivos; y también como indeleble testimonio de los sacrificios a que conduce el instinto de conservación y el afán de subsistencia que suele caracterizar al hombre.

Hoy en día, ya no hace falta “asaltar” la sorprendente fortificación para llegar a ella. Un cómodo vehículo lleva al viajero hacia uno de sus más utilizados accesos; luego, un moderno teleférico se encarga de abreviar el viaje y cancelar el esfuerzo necesario para culminar el ascenso. Así, en cuestión de pocos minutos se alcanza una de las terrazas de observación, donde los sorprendidos visitantes pueden comprobar la estructura, trazo y recorrido de esta fabulosa edificación; y, a la vez, obtener el beneficio de apreciar este paisaje montañoso formidable.

En mi caso particular, creo que escogí el día de visita en forma equivocada. Acudí a la Gran Muralla un día domingo por la mañana, sin considerar la gran densidad de visitantes que podrían estar presentes. Había tal congestión de tránsito que, no habiendo lugar para estacionar el vehículo que gentilmente me proporcionó nuestro embajador, hubo necesidad de caminar una empinada cuesta de quizás un medio kilómetro, con la fatiga y sensación de ansiedad que son consecuentes. No faltaron en el trayecto los mercaderes invasores chinos, dispuestos a vender a cualquier precio sus recuerdos y más productos; y a convertirse en la nueva “gran muralla”, con sus ruegos insistentes y sus estrategias empecinadas…

He conocido así una “maravilla” más; o, mejor dicho: tengo ahora una menos por conocer! Se ha constituido, esta visita, en nueva ocasión para meditar en las formidables tareas en las que suele empeñarse el hombre; y en oportunidad para dar satisfacción al renovado disfrute de los sentidos. Ese goce, cuando se viaja, se extiende por espacios que sobrepasan “diez mil lí”, ya que el afán de exploración es siempre infinito. Porque, asimismo, infinita es la curiosidad, e infinito también el asombro que produce la civilización, cuando se empeña en alcanzar estos fascinantes logros colectivos.

Beijing, 18 de octubre de 2011
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16 octubre 2011

Otoños y nuevas primaveras

“Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros”. Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha.

Esta semana he dejado lo que fuera mi hogar durante mis últimos treinta meses de estadía en el Asia. Mi salida de Shanghai ha coincidido con mi decretado retiro. Eso de dejar un lugar que ha sido testigo de una etapa importante de la vida, deja una mezcla extraña de variadas y contradictorias sensaciones. Hay en esta imagen una suerte de simbolismo, una como clarinada de augurio, uno como pregón que equivale a una nueva epifanía; porque el dejar una acostumbrada actividad y reconocer que se ha llegado a su inevitable otoño, es equivalente a mirar caer las hojas, y comprobar que esos mismos árboles que fueron sustento y sombra protectora, fueron perdiendo su verdor, su fronda y su alegría.

Por ventura, con los episodios de la vida de los hombres, sucede como con el clima de los opuestos hemisferios; que si bien el uno soporta el proceso del deshoje, el otro asiste al brote del color, la floración y la alegría. Porque, así como unas situaciones representan al otoño, otras, que son simultáneas, manifiestan la presencia de frescas primaveras en la vida. Y así, si un ciclo se cierra y culmina, otro parece estar a la espera para asumir la alternativa. Allí, nuevas posibilidades se avizoran, otras oportunidades se presagian, otros proyectos se insinúan, nuevas promesas parecen descubrirse; cual flores que brotan y se abren, cual pétalos generosos que regalan su color y su perfume, que sorprenden con la plenitud y la riqueza, que exhiben esa fuerza generadora que tiene la renovación, que propicia la prodigalidad, la esperanza, la creación y la misma vida.

No hace mucho hablábamos de las maravillas que ha construido ese ser inquieto y curioso que es el hombre; ser inquisidor y siempre insatisfecho que ha creado la cultura y la civilización. No recuerdo si fue Oswald Spengler, en “La decadencia de Occidente” (o Gibbon, en “La caída del Imperio Romano”?), que argumentaba que la cultura era más bien un proceso ascendente; y que lo contrario, es decir su decadencia, era lo que los hombres llamábamos con el nombre de “civilización”, imitando así a lo que sucede con los ciclos de vida de los seres humanos. Sea o no acertado dicho concepto, lo verdaderamente importante es remarcar los logros, huellas y legados que ha alcanzado el hombre en el mundo con sus sorprendentes formas de organización; con ese conjunto de ideas, costumbres y creencias que han impulsado su desarrollo colectivo; huellas que han sobrevivido, a pesar del paso del tiempo, como testimonio de las cimas que la humanidad alcanzó.

Por ello, había querido cerrar mi ciclo asiático con una visita que constituía un rito y una forma de reverencia, una ofrenda y un homenaje. Había planeado una excursión a ese hito sorprendente que tuve oportunidad de apreciar muchas veces, pero sólo desde el aire. La Gran Muralla es una obra fascinante por su sinuosidad y por sus cambios de relieve; fabulosa por su intención; formidable por el trabajo involucrado y por los recursos dedicados; impresionante por su amplísima extensión; portentosa por su propósito defensivo y protector. Hubiera sido inexplicable e inaudito que, luego de haber volado por treinta meses -los más postreros de mis actividades profesionales- en una aerolínea que ostentaba su mismo nombre, no hubiera podido visitar la histórica Gran Muralla; y que no hubiera cumplido con el trámite cautivador de este propuesto peregrinaje.

Y así, he llegado este otoño a una ciudad-capital que quizás no tuvo acceso, en su tiempo, al roce e influencia de Occidente que habrían tenido ciudades como Hong Kong, Tianjín o Shanghai, y que ha servido de centro administrativo a varias dinastías imperiales; Beijing es una urbe que ha ido adquiriendo, con el influjo del consumismo y la globalización, ese ritmo intenso y avasallador que exhiben las "megápolis" y las grandes capitales. Beijing es una ciudad enorme que ha dejado de ser recoleta; una urbe que integra un amplio entorno de espacios generosos donde puede ya advertirse que se dio importancia a la continuidad y a la planificación urbana.

Porque Beijing es una ciudad que se mira a sí misma desde dentro; una urbe que desde siempre se supo favorecida y preferida por diversas dinastías del imperio chino; una ciudad cuyos habitantes viven hoy en día el orgullo de visitar lo que en el pasado se les proscribió; y con ello disfrutan del derecho a tener acceso a una extensa ciudadela que en el pasado el pueblo llano nunca pisó. Entonces, su visita a la Ciudad Prohibida se convierte en irónico y contradictorio símbolo de lo que ese cerrado espacio alguna vez representó: una restringida fortaleza, un privilegiado cuartel de eunucos y un recoleto claustro de concubinas imperiales.

Visito este emplazamiento en compañía del alcalde de Quito, a quien conozco en forma casual solo pocos minutos antes de realizar este, para mí, renovado reconocimiento. Con él hemos coincidido en una cláusula de tiempo libre; en su caso, antes de continuar con sus gestiones oficiales y administrativas; en el mío, antes de acudir al palacio de verano de la legendaria Dama Dragón, y antes también de preparar mi romería final a ese monumento serpenteante que supo sobrevivir, si no a las invasiones, por lo menos al paso implacable del tiempo y sus milenios. Hoy, la Gran Muralla no ha podido contener el intercambio con el mundo, ni el avance de la globalización; y mucho menos, tampoco, ese impulso propiciado por el hombre de la nación que una vez encerró, hacia los ansiados horizontes del bienestar y del progreso.

Beijing, 17 de octubre de 2011
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10 octubre 2011

El cajón de las navajas

Dicen que hay cosas en la vida que no se aprecian hasta que se las pierde. Creo que también lo contrario resulta cierto algunas veces. Es decir, únicamente apreciamos el valor, o la utilidad, que tienen ciertas cosas, cuando ya se las ha obtenido, cuando ya se las tiene. Esto me ha pasado con mi último juguete; uno que me había resistido a adquirirlo por algún tiempo, persuadido como estaba que solo podía tratarse de uno más de esos artilugios que se ponen ocasional y fugazmente de moda. Por ello había querido estar seguro de su verdadera utilidad, antes de rendirme ante al susurrante embrujo de su novelería.

Y hago este reconocimiento, justo a los pocos días del sentido deceso de quien fuera, si no su inventor, por lo menos la persona que más se identificó con la popularización de su concepto. Me estoy refiriendo a Steve Jobs y a ese aparato que ha cambiado estos días la forma de usar el mini-ordenador: el versátil y totalmente portátil Ipad de Apple. Qué es lo que lo hace tan atractivo y popular? Es probable que su primera y más simple razón sea justamente la de ser liviano y tan pequeño. Además, el poder contar con un aparato cuya duración de batería alcanza las diez horas, permite que el usuario pueda andarlo a llevar por todas partes, sin la preocupación de su gasto energético. Esto permite utilizarlo como lector electrónico, como navegador de la red y hasta como central de juegos.

La gran innovación de esta ayuda electrónica parece ser la novedosa y enorme disponibilidad de nuevas mini-aplicaciones, las llamadas “Apps”, que permiten al usuario escoger los elementos con los que ha de dar satisfacción al cumplimiento de sus tareas preferidas: organizar sus documentos y música, crear y disfrutar de su propia biblioteca electrónica, organizar su correo, navegar la red informática o simplemente escoger su entretenimiento favorito. En lo personal, encuentro que lo que más atractivo le hace, es poder contar con un lector electrónico de tamaño súper conveniente, con el que se puede, a la vez, optar por muchas otras aplicaciones. Bien visto, el Ipad es como un computador de tamaño muy pequeño al que se le puede dar utilidad, aun prescindiendo de la señal de Internet.

Cierto es que hay tareas asignadas al Ipad que no le resultan exclusivas. Muchas de ellas pueden ser efectuadas en aparatos aún más pequeños como los llamados teléfonos inteligentes (“smartphones”) e incluso en los antes llamados PDA, que no quieren significar, con su acrónimo, “Asociación de Padres para las Drogas” (Parental Drug Association) o “demostración pública de afecto” (public display of affection), sino simplemente “Ayuda Personal Digital”. Tanto éstos, como los mencionados teléfonos celulares avanzados, permiten múltiples y similares tareas, como explorar el Internet o comunicarse por correo electrónico; además, claro, de la que les resulta específica a los celulares móviles y que parece que se ha convertido en indispensable para la vida moderna: hablar por teléfono.

Sin embargo, lo que parece hacerle tan atractivo al Ipad es algo transparente, algo que trasciende a su real utilidad y uso cotidiano. El Ipad parece satisfacer esa íntima necesidad que los humanos poseemos: la de contar con un espacio reservado y propio para colocar nuestros pequeños cachivaches, todas esas pequeñas cosas que pareceríamos no siempre usar o necesitarlas, pero que las tenemos ordenadas en un cajoncito especial, donde ubicamos todas esas cositas que son de nuestra predilección, y que muchas veces solo tienen utilidad para nosotros; y que conservamos en un lugar de nuestra preferencia, en la oficina, en el auto o en nuestra casa. Quién no tiene un sitio preferido para guardar y organizar sus gafas o sus documentos, sus boletines de cheques, sus relojes o sus navajas? Porque, con el Ipad, podemos llevar ese cajón a todas partes…

Si algo diferencia a la vida moderna es justamente la posibilidad de dedicarnos a atender diversos asuntos en nuestro tiempo libre. Hace solo una generación, ese mismo tiempo de ocio o de descanso, solo estábamos en posibilidad de dedicarlo a la lectura de una revista, a solucionar un crucigrama o a asistir a una sala de cine. Hoy el Ipad nos permite realizar esas tareas, e inclusive muchas otras más, con la ventaja de su portabilidad y la liviandad de su peso. De hecho, su uso resulta tan fácil y conveniente, que el Ipad puede ser usado aun prescindiendo de una conexión de Internet. Es probable que sea su tamaño específico el que lo haga tan atractivo para el usuario: ni tan pequeño que produzca dificultad para operar, ni tan grande que resulte incómodo para transportarlo.

Pero son sus aplicaciones las que permiten darle esa utilidad que, para la vida práctica moderna, ha pasado a ser imprescindible. Efectivamente, parecería que el hombre moderno, apurado como se encuentra debido a las exigencias de sus actividades, no puede vivir ya sin consultar una amplia fuente de información, a la que antes sólo podía acceder consultando enciclopedias y contactándose con centros de servicio especializado. Hoy el Internet permite consultar el pronóstico del clima o el cambio de moneda, realizar la reservación de un pasaje aéreo o la necesaria para asistir a cualquier espectáculo; permite realizar una traducción automática u orientarse en cualquier lugar para poder transportarse.

Atrás han quedado para siempre los días en que había que ir a un café para leer el periódico o gastar tiempo en movilizarse para visitar una agencia de viajes. Y todo ésto, además, con la sorprendente y gratificante sensación de que estamos involucrados en algo lúdico, que nos deleita y entretiene; que nos da esa mágica impresión de sentirnos en control; y, sobre todo, la de percibir la renovación de aquella otra impresión, que jugando, estamos poniendo en orden ese cajoncito nuestro y exclusivo donde desde siempre habíamos aprendido a poner en cierto orden (o preferido, pero propio y personal, desorden) nuestros invalorables aperos y cachivaches. La vida es eso: un enorme cajón de navajas; donde se guardan todas esas pequeñas cosas que solo a sus dueños parecen importarles…

Shanghai, 11 de octubre de 2011
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09 octubre 2011

Coloquios aeronáuticos (5)

Es como si hubiese caído de pronto la noche. Es el principio del otoño, pero parece como si se hubiese adelantado el invierno. Nuestro compañero de diálogo se ha levantado tarde; ha tenido que hacer un vuelo que lo ha tenido fuera por toda la noche. Se ha ido a descansar cuando ha llegado; y cuando ha despertado, en medio de la tarde, no le han quedado arrestos para continuar nuestro suspendido coloquio. Hay algo en su actitud que denuncia su fatiga, algo que se expresa en algo más que la actitud inconfundible que nos impone el cansancio.

IN: Cansado Alberto? Cómo sientes que te han afectado estos vuelos?
AV: Es algo a lo que uno nunca termina por acostumbrarse. Los hombres estamos hechos para tener nuestras actividades durante el día; y para dormir y descansar durante la noche. Un día un médico me dijo que tu cuerpo es como una casa que hay que cuidarla y darle mantenimiento. Cuando cuidas la dieta, haces ejercicio y descansas, es como si le dieras una mano de pintura y te preocuparas por renovar su embellecimiento; pero, cuando fumas, tomas y abusas de tu cuerpo; y le sometes a todas esas malas noches, es como si le fueras quitando poco a poco sus ladrillos, hasta que termina por perder su estabilidad, colapsa y se desploma!

IN: Cómo estuvo el vuelo en sí?
AV: Era un vuelo más, a pesar del simbolismo. La empresa había descuidado que se trataba de mi vuelo de retiro; realmente se había programado un vuelo de entrenamiento y se me había programado para ejercer funciones de copiloto… Nada de malo con eso. Excusarme hubiese querido decir que no sabía respetar la dignidad de las funciones de los primeros oficiales. Pero… se trataba de mi último vuelo; uno en que las empresas tradicionalmente preparan un arco de agua que forman en la pista los equipos contra incendio, antes de una pequeña ceremonia donde se corta por la mitad la corbata del uniforme, para significar un simbólico corte de las alas del piloto…

IN: Crees que hubo alguna intencionalidad?
AV: No, en absoluto! Se requiere cierta malicia para actuar en ese sentido. Creo que se trató de un simple descuido en la programación. En todo caso, solo se trataba de un par de aterrizajes más, no iba a lastimar ni mi ilusión, ni mi vanidad; se trataba solo de cumplir con algo que aunque es la tradición, no deja de tener solo un carácter romántico. Pero alguien cayó en cuenta del error y se hizo una enmienda, aunque un poco tarde.

IN: Consideras que la tradición es solo algo romántico?
AV: No necesariamente. El ser humano no es solo intelecto. En cuanto a lo que nos hace románticos, creo que en el fondo se trata de una forma de respeto a los sentimientos y valores ajenos. Nunca puede subestimarse el valor de los sentimientos ajenos. Eso es justamente una de las últimas frases que me dio mi padre: “Nunca dejes de apreciar el valor de tres cosas; el tiempo, el dinero y los sentimientos ajenos”… Por otra parte, si hay algo que justifica nuestra condición es esa característica de la naturaleza humana que nos hace un poco noveleros…

IN: Que significaba hacer un vuelo a Seúl, justamente en tu último vuelo?
AV: Nada especial en particular. Pero quizás encerraba un escondido simbolismo. No hay que olvidar que Seúl fue el primer aeropuerto en que operé en el Asia, hace ya dieciséis años. Así se había cerrado un ciclo: en Seúl hice mi primer despegue y en Pudong (Shanghai) realicé mi postrer aterrizaje. Aunque… no exactamente; porque realmente mi último aterrizaje fue hecho por el copiloto!

IN: Y esto, por qué? Un tradicionalista entregando su aterrizaje de retiro al primer oficial?
AV: En la semiótica se aprende que a veces los símbolos solo sirven para ocultar otros símbolos. Yo siempre he sido un convencido que hay que compartir los sectores, o los aterrizajes. Más allá de este asunto de justicia básica se esconde una filosofía a la que debo parte de mi formación aeronáutica: todo vuelo es una nueva oportunidad para participar de lo que aprendiste en el pasado. De esta forma, todo nuevo vuelo se termina convirtiendo en una clase práctica. A eso me he referido alguna vez cuando he mencionado que enseñar es un apostolado.

IN: Entonces… a extrañar al Jumbo, compañero?
AV: No creo que haya en toda la historia de la aviación, si se exceptúa al DC-3 probablemente, otro avión con un diseño y unas características operacionales como las que tiene el 747-400. Si se consideran los pesos a los que opera; el número de pasajeros que lleva; y la sencillez que tiene su confiable operación, creo que no lo subestimaría si lo comparo con mi juguete de juventud: el versátil y sorprendente Twin Otter. Sí, eso es lo que justamente es el 744: un enorme y confiable Twin Otter… claro, sin el ala alta y con cuatro enormes motores!

IN: Y ahora, que piensas hacer desde mañana?
AV: Sabe alguien lo que va a hacer el día de mañana? Pues, no lo sé. Creo que será un viaje a terrenos no carteados. Será la primera vez en la vida que me involucre en un misterioso periplo, en un viaje sin planes ni itinerarios. A fin de cuentas, solo eso es la vida: un viaje ingenuo e impredecible, en el que creemos que viajamos con un plan establecido al que cándidamente nos empeñamos en llamarlo “Itinerario Náutico”… Supongo que me tomaré un par de meses sabáticos; y después… ya habrá tiempo para imaginar o aun para crear algo…

Shanghai, 9 de octubre de 2011
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