18 abril 2016

Temblores y sacudones

No recuerdo con precisión cuál fue el primer temblor (¿terremoto?) que experimenté en mi vida. En casa se hablaba en forma ocasional de un gran movimiento sísmico que había asolado a la provincia de Tungurahua poco antes de que terminara la primera mitad del siglo pasado, sucedido meses antes de que yo naciera. En esas mismas tertulias, que dieron paso a esos comentarios, y que tanta curiosidad despertaron en quienes todavía éramos chicos, se hablaba de un pavoroso sacudón telúrico que se había producido entre Ambato y Latacunga (con algo menos de diez mil víctimas hacia finales del siglo XVII); y de otro, mucho más fuerte, que habría destruido Riobamba, cien años después (1797) con el inimaginable saldo de treinta mil muertos.

Pero los temblores que yo sentí en mi niñez y juventud fueron más bien leves e inofensivos. Creo que estos fueron de tal duración -y de fuerza tan exigua- que hizo falta siempre comprobar el consecuente movimiento pendular de los focos o de las lámparas de las habitaciones (si las había) para confirmar la respectiva sospecha. Entonces, alguien iniciaba la alarma acostumbrada, y al susurro inicial, o al grito convencido de "temblor, temblor", nos preparábamos para pronto ponernos a buen recaudo o para salir a las calles a compartir nuestras impresiones o a dar rienda suelta a nuestra contagiosa aprehensión.

El más lejano episodio que recuerdo sucedió en un viaje que hice con mis padres cuando con probabilidad no había aún cumplido los cinco años. Es posible que haya sido un movimiento de carácter más bien inocuo, porque no hay registros de que por esos años se hubiese producido un acontecimiento sísmico importante. Sin embargo, debe haber tenido la fuerza suficiente como para producir un importante deslave en la carretera que transitábamos, razón para que aquel viaje se hubiera tenido que suspender ante la imposibilidad de continuar por el mismo camino que esa noche se había interrumpido.

He sentido el efecto de dos sismos (seísmos, llaman en España a los terremotos) en el último cuarto de siglo; en ambas ocasiones me he encontrado en un edificio de vivienda de entre doce y catorce pisos. En el primer caso, me encontraba en uno de los niveles inferiores y pude apreciar, a la par que el inquietante movimiento, el ruido especial que parecían producir los cimientos del edificio con el roce y tensión que provocaban sus elementos. En el segundo caso, sucedió en un país inesperado, considerado como un lugar no caracterizado por ser proclive a la inestabilidad telúrica; sucedió, esta vez, en el piso duodécimo y nos tomó bastante tiempo llegar al nivel de la calle por la recomendación de que no debía utilizarse el elevador.

El temblor del último sábado 16 de abril, sin embargo, fue una experiencia totalmente distinta. Lo que más me sorprendió fue la duración de lo que pareció un solo movimiento (en la realidad parece que fueron algunos que se juntaron en un lapso continuo de tiempo). Este habría tomado una duración tal que hay quienes calculan que pudo haber llegado a tres minutos. Puedo comentar, sin temor a exagerar, que el movimiento de las lámparas se podía apreciar que no había cesado a pesar de que ya había pasado un buen cuarto de hora, lo cual bien pudo obedecer a que se produjeron réplicas posteriores que no fueron fáciles de detectar o discriminar.

Cuando salí al jardín, fuera de mi casa, pude comprobar cómo los árboles parecían moverse también al vaivén del temblor, a pesar de que no existía, en ese mismo instante, ninguna manifestación de viento. Contrario a lo que pude esperar, los perros no se sumaron al concierto de ladridos de barrio que es acostumbrado, sea porque parecían participar de la sorpresa y temor de quienes nos habíamos agrupado; o sea porque ellos, a su vez, se habían juntado a quienes compartían el recelo y la incertidumbre para ofrecernos un insospechado gesto de solidaridad. Qué diferente saber que hubo gente que, frente a la tragedia, asaltó supermercados, y aprovechó el dolor y angustia de los afectados para dar rienda suelta a sus nada solidarios instintos...

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14 abril 2016

Paz y salvo

Han pasado dos semanas desde que decidí dar un paso al costado y retirarme del que había sido mi último trabajo. He pasado, por tanto, en estos mismos días, cumpliendo con el proceso de entrega de mis responsabilidades administrativas. Más que eso, he debido cumplir con una serie de pasos para devolver lo que se me había confiado, para comprobar que no debía nada, que me voy con las manos limpias; igual como cuando ingresé a trabajar para la institución a la que serví con dedicación por un año y medio. Esto ha implicado una confirmación de que me encuentro "in good standing". Es lo que llaman "paz y salvo".

Cuando inicié esta última experiencia, me propuse devolverle a la aviación parte de las satisfacciones que me había regalado tan generosamente durante mi vida profesional. Fueron tantas, tan felices y divertidas mis vivencias como piloto, que siempre pensé que sería muy difícil retribuirle a esa actividad lo que me había regalado con tanta prodigalidad. Han sido tantos y tan interesantes los episodios vividos, tan sorprendentes e inolvidables las oportunidades compartidas, tan variados los periplos realizados; tan lejanos y sorprendentes los países visitados, tan entrañables los amigos... que siempre pensé que no sabría cómo agradecerle a la vida la maravillosa experiencia que fue para mí aquello de "saber volar".

¿Quiero decir, con estas reflexiones, que ya he cancelado parte de aquella deuda? No, de ninguna manera! Pero, puedo decir, sin ningún rescoldo de falsa modestia, que siempre me quedaré corto para cumplir con el nada romántico propósito de retribuir algo de lo que la aviación me supo regalar. Es más, creo que nunca he de poder cumplir con esa deuda que a los aviadores se nos convierte en asignatura.

A veces que hago un repaso de mi carrera, me pregunto cuál pudo haber sido mi más grande realización como piloto de aeronaves. Es probable que si reviso mis consecuciones y las enmarco en el espejo de la vanidad, ceda a los susurros de la fatuidad y me sienta tentado a comentar que podría haber sido que quizá tuve la infrecuente oportunidad de empezar a volar demasiado temprano. Aquello de haber comandado un pequeño avión de veinte pasajeros cuando tan solo contaba con diecinueve años de edad o un turborreactor de aerolínea cuando recién contaba con veintisiete, fueron situaciones especiales que no se dan con mucha frecuencia en el mundo competitivo y complejo que me tocó en suerte vivir.

Pero no va por ahí... Todos esos hitos, por muy honrosos que parezcan, no los puedo considerar como los mayores logros que pude haber conquistado como aviador. Y si estos no fueron los más importantes, entonces ¿cuáles lo fueron?

Estoy persuadido que la mayor realización de la que puedo sentirme orgulloso, es la de haber podido transmitir a otros pilotos lo que mis primeros instructores me enseñaron y supieron inculcarme; haber estado consciente que lo que había aprendido, no era sino un tesoro temporal que yo lo tenía que pasar a los que vendrían después. Transmitir todo eso que me enseñaron, sintiendo que ello no era ningún secreto, vino desde siempre con un mensaje que me comprometió para el futuro: pasar lo que había aprendido con el mismo celo que los médicos cumplen con su juramento hipocrático: con la misma mística, responsabilidad y afán de servicio.

Dejar de hacer las cosas que uno quiere no es necesariamente parar lo que se hace y así ponerle a ello un punto final. A veces el decidir un giro drástico en nuestras actividades solo implica abrir nuevas puertas para otras oportunidades que nos quiere ofrecer la vida, o que ella nos tiene reservadas para el futuro.

He leído por ahí la historia de un hombre que no pudo aprovechar una oferta de empleo como mensajero de la empresa Microsoft, todo porque carecía de un correo electrónico… Al ver que la oportunidad no se materializaba, él decidió hacer minúsculas inversiones que lo fueron convirtiendo poco a poco en un importante magnate de la distribución de alimentos. Cuando un cierto día quiso asegurar sus incalculables inversiones, le pidieron una vez más que proporcione su correo electrónico, asunto que confesó que nunca lo había poseído... Entonces le comentaron de lo aún más poderoso que pudo haber llegado a ser su imperio si se hubiese preocupado de disponer de aquel elemento. ¿Se imagina lo que hubiera logrado si lo hubiera tenido?, le preguntaron. "Claro, contestó -sin ánimo alguno de ironía-, sería el chico de los mandados en las oficinas de Microsoft"...

Nunca hay un plazo para devolverle a la vida lo que nos ha regalado. Y mantener esa actitud hasta el final será siempre nuestro más importante "paz y salvo".

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08 abril 2016

Como pez fuera del agua

No me gusta el verbo “renunciar”. Renunciar es transigir, retirarse, rendirse, ceder ante las dificultades. Es una manera conformista y negativa de aceptar que no se quiere seguir, que no se quiere continuar. Es dejarse llevar, desistir, abandonar, claudicar. Prefiero -me gusta más- decir que dimito y, si no fuera por la connotación regia que implica el verbo abdicar, usarlo me gustaría todavía mucho más. Hay algo de más digno y noble en dimitir; es una forma de rechazo, de salir por los propios fueros, de reaccionar por honor, de decir que se quiere dejar de hacer algo por un sentido de coherencia, por desacuerdo e integridad.

Algo parecido sucede en el inglés, no es lo mismo decir "I quit" que "I resign".

Muy distinto es “abdicar”, que viene del prefijo “ab” y del verbo latino "dicare" que quiere decir consagrar, destinar, dedicar. Quien abdica es alguien que reniega, que ya no acepta algo que le había estado dedicado y consagrado, y que le pertenecía, pues ya no lo quiere nunca más. Quien abdica proclama o declara que ya no le interesa algo que siente que le pertenece. De este modo, abdicar se convierte en una forma de reivindicación, en un gesto íntimo de voluntad.

Según la Wikipedia, antes se utilizaba abdicar con un sentido distinto. El derecho romano usaba este término para desposeer, para desheredar. Hoy, por el contrario, se utiliza este verbo para indicar que se renuncia al poder supremo de un estado, como cuando lo hicieron el rey Juan Carlos I de España, hace pocos años, o el papa emérito (que quiere decir que se ha jubilado pero que mantiene sus honores) Benedicto XVI, que abdicó en 2013 y que precedió al papa Francisco.

Los primeros soberanos que decidieron abdicar habrían sido el dictador Lucio Cornelio Sila, casi un siglo a.c. y, más tarde, el emperador Diocleciano, casi cuatro siglos después. Existen famosas abdicaciones en la historia, como la de Baldassare Cossa, un antipapa que fue el primero en ostentar el título que escogió más tarde Giuseppe Roncalli, el venerable y bondadoso papa Juan XXIII. No obstante, uno de los más famosos "abdicadores" debe haber sido nada menos que el emperador francés Napoleón Bonaparte, el primer soberano en abdicar más de una vez: la primera en 1814 y la segunda, un año después, luego de la derrota de Waterloo. Napoleón fue un genio militar; cuando abdicó tenía sólo cuarenta y cinco años, seis antes de su muerte. No parece, pero han pasado exactamente doscientos años desde su abdicación definitiva.

Hay quien abdicó nada menos que por amor. Sucedió pocos años antes de la Segunda Guerra Mundial; es lo que hizo el soberano británico Eduardo VIII quien renunció al trono de Inglaterra para casarse con una mujer proscrita, la divorciada Wallis Simpson. Este hombre de talante bonachón y sencillo prefirió desdeñar el trono que renunciar a la mujer que podía hacerlo feliz.

Nada vergonzante existe en dimitir. Nada de malo tiene optar por esa alternativa. Muchas veces es la única manera de poner en alto unos valores, de renovar una declaración de fe, de proclamar un sentido de honor y dignidad. Así, renunciar se convierte en un testimonio que reafirma nuestras ideas y creencias, en un acto de fe en uno mismo, en un mensaje de rebeldía y de valoración de la propia identidad. Por eso, una cosa es dimitir como un soberano; y otra, transigir ante el gesto  subrepticio y mezquino, dejarse doblegar por cualquier acto cicatero que no reconoce el propio valor personal. Así y todo, hay algo de catártico, una dulce sensación de alivio en el hecho de renunciar.

Claro que toda dimisión provoca una sensación agridulce, porque involucra un acto de alejamiento y despedida, pero es mejor distanciarse cuando se empieza a perder un indispensable sentido de identidad y pertenencia. Ello es mejor que empezar a sentirse ajeno, que empezar a sentirse como un pez fuera del agua.

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02 abril 2016

El “guañugtazo”

Es increíble todo lo que uno puede encontrar hoy en día en el internet (algunos prefieren darle género femenino y decir “la internet”… yo no sé por qué será). Con respecto a nuestras exploraciones cibernéticas, me animo a pensar que, como todo en la vida, solo se trata de saber cómo preguntar. Busca usted quién dijo tal cosa, pum ahí está; que el año de un determinado descubrimiento, pum también; que los nombres completos de un personaje famoso, pues lo mismo; que la letra de una canción que uno no se acordaba en forma completa; lo mismo otra vez; que la palabra rara que parece tomada del quichua, pues toma ahí también está…

Por eso, y con la intención de encontrar algo que mi asistente dijo hoy en forma casual, me puse a buscar por el significado de la voz quichua “guañugtazo” y por el de la que puede ser su raíz: “guañugta”, ya sin el aumentativo castellano “azo”. Frente a la primera indagación, me topé con una muy sabrosa relación de lo que en los días de mi infancia se llamaba darse de “quiños” (voz ya aceptada por la Real Academia) y que no quiere decir sino darse de trompones o puñetazos; asunto para el cual nos congregábamos los pugnaces protagonistas en algún rincón alejado de las premisas escolares y dábamos pábulo a la morbosa entretención de nuestros condiscípulos que, lejos de animarnos a la búsqueda de una honrosa conciliación, hacían un bullicioso círculo en la expectativa de que nos “sacáramos la madre”.

La relación a que me refiero está contenida en el blog de un señor Bolo Bautista (Narración, teatro y más) que, con el título de “A quiño limpio” proporciona amena información de los tipos de golpes que se empleaban en esas riñas colegiales. Ahí entre ciertos métodos o golpes de estrategia (como el estilo de enfrentamiento “a puñete limpio” o el aplicado directo “en la jeta”) se menciona al antes ya nombrado “guañugtazo”, o “guañuctazo”. Transmito en forma literal el conocimiento que nos proporciona el autor en referencia: “golpe circular que nacía medio metro atrás y en forma circular se encaminaba a la oreja, a la nariz o al ojo. Había expertos en este tipo de golpes; parecían molinos de viento azotados por un huracán”. En este último extracto me he tomado la libertad de solo añadir un punto y coma.

Tal pareciera entonces que esto del guañugtazo se trata realmente de todo un golpe especializado que requiere de un sentido de impulso o viada, y además una precisión tan certera que requiere alcanzar un predeterminado objetivo con una fuerza especial. El ameno relato de don Bolo está escrito con gracia y no está exento de picardía; bien pudiera decirse que constituye un decálogo (aunque no sean diez) de astutas y especializadas formas de saber pelear. Este decálogo o manual del peliarín, pelión o peliaringo (palabras todas que son usadas con cierta frecuencia en nuestro medio coloquial) es interesante referencia para todo aquel individuo caracterizado por querer arreglar todo a golpes, de natural pugnaz.

Para el otro término, para “guañugta” o “guañucta" (o acaso “huañugta”) me he topado con un número más generoso de referencias; esto, a pesar de que parece que en los diccionarios quichuas no se contempla -para mi sorpresa- la presencia de la letra castellana “g”; esto puede deberse a que ese fonema es representado por la hache o la doble uve, que en mi infancia llamábamos doble ve. Así es como encuentro lo que me hubiera parecido la raíz de la voz equivalente a trompada en una serie de obras y documentos con el sentido de mucho, bastante o fuerte. Así es como se refleja en los escritos de Jorge Icaza, por ejemplo. El conocido escritor usa la palabra especialmente en el sentido de bastante, en obras como “Huasipungo” y la menos conocida “Huairapamushcas” (“Hijos del viento”). Como indico, encuentro la palabra en diferentes textos, pero no puedo comprobar que se la utilice en el sentido de puñetazo o de nuestro autóctono guaracazo.

En mi entretenida -aunque un tanto baladí- búsqueda, encuentro un pequeño resumen de palabras ecuatorianas que estoy seguro ya deben estar recogidas en el sin par “Diccionario de ecuatorianismos” de C. J. Córdova. Es un brevísimo catálogo (alrededor de cien términos) entre los que encuentro voces como rabadilla, con el sentido de parte baja del espinazo; y maltón o maltoncito, con el sentido de joven, muchacho o de mediano tamaño. Sentido, de ambas palabras, que es idéntico al que sabía darles mi recordada abuela. Ahí aparecen palabras que las encuentro muy sabrosas de pronunciar, a la vez que entretenidas, como: patucho (de baja estatura); siquichupa (un poco más abajo de la rabadilla); carishina (mujer que parece hombre); quierde (dónde); ricurishca (cosa agradable); chaguarmishqui (bebida fermentada del cogollo del penco); quishca (que presume de abogado).

Me he topado también con otra página, la de un tal “Negro Llorca” en la que aparece una muy interesante acotación: “El problema con el mundo es que los inteligentes están llenos de dudas, en tanto que los imbéciles están llenos de confianza”. Por eso, digo yo, no hay “guañugtazo” mejor propinado, más oportuno y sabroso que el de dejar “quietecitos” con nuestras razones a quienes quieren presumir, ante nosotros, de su cicatero poder, con fatua y necia arrogancia. ¡Toma!

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31 marzo 2016

Simplemente caca… *

* (Tomado y reeditado de una revista aeronáutica. Con mi traducción)

“Antes, en el siglo XVII, el famoso matemático Isaac Newton dijo que “lo que sube tiene que volver a bajar”. Más de tres siglos después, examinemos la aplicación de esta teoría elemental en un ambiente bastante sorprendente: el lavatorio de avión.

La mayoría de la gente ha utilizado este cubículo en vuelo, pero casi nadie se ha preguntado cómo realmente funciona o cómo a alguien se le ha ocurrido la idea del moderno baño de avión. Hubo un primer aeroplano con este artilugio de alivio en 1928; se trataba de un avión militar inglés que tenía algo aproximado: eran unos orificios a manera de urinario en el centro de la nave. El segundo “pionero” de los lavatorios aéreos fue otro “barco volante” que estaba equipado con un servicio higiénico al aire libre. Hizo su vuelo inaugural en 1934.

Durante la Segunda Guerra Mundial, un enorme bombardero, el B-17, mejor conocido como “la Fortaleza Volante”, llevaba un balde con asiento y cubierta. Sin embargo, este a menudo se llenaba y se regaba; era difícil de utilizar. El frío intenso a gran altura obligaba a las tripulaciones a usar muchas capas de ropa gruesa, por lo que a veces muchos preferían hacer sus asuntos en cajas de cartón o en botellas que se botaban desde el avión.

A su debido tiempo, la estabilidad y las características del vuelo fueron mejorando y los pasajeros comerciales fueron permitidos pasar a bordo. Los viajeros ricos y consentidos, que tenían suficiente dinero para experimentar el arte de volar, estaban insistiendo en encontrar un lugar para desahogarse y los tripulantes estaban desesperados por encontrarles una alternativa. Al principio trataron de satisfacerles con un balde, pero debido a la turbulencia, esta opción fue pronto descartada: el “equipaje” se regaba fuera del recipiente cada vez que se producía un ligero movimiento. Así es como muy pronto tuvo que tomarse una decisión para instalar tanques capaces de almacenar esos desperdicios.

No obstante, esos tanques también tenían que ser lavados. Puesto que emplear un sifón o valerse de la gravedad no eran opción, a alguien se le ocurrió la idea de los sanitarios de vacío, en lugar del sifón. Así, patentado por James Kemper en 1975, el sanitario de vacío fue instalado por Boeing en 1982. La potencia de absorción, sin embargo, creó un nuevo problema: la desinfección. Fue así como unas mentes brillantes se inventaron algo nuevo - el “hielo azul” –, un líquido que convertía “esas cosas” en una sola masa de color azul. Solo para mencionarlo, muchos empezaron a quejarse de que unos trozos de color azulado seguían cayendo desde el cielo… Los sistemas modernos de vacío son menos propensos a generar mal olor y también son más ligeros en peso; además, son más eficientes, pues solo necesitan dos litros para evacuar, comparado con 19 que necesitaban los viejos.

Entonces, ¿qué pasa realmente en la actualidad con todo eso que es succionado? Nada ha cambiado tanto: sigue acumulándose en un tanque. A este solo puede accederse desde el exterior. Los pilotos no tienen medios para echar por la borda esa porquería, ese acceso solo puede ser operado por las cuadrillas del personal de tierra. Para drenar esos tanques las compañías encargadas utilizan unos carritos especiales. Las mangueras del vehículo son conectadas al avión y todo el contenido del tanque es succionado hacia el exterior. El proceso toma unos 40 minutos para un avión pequeño y hasta noventa minutos para los aviones grandes. Pero no todos los aviones deben ser vaciados después de cada aterrizaje; los que hacen las rutas más cortas son atendidos luego de cada dos o tres vuelos.

Posterior a que este servicio es completado, el tanque del carrito es, a su vez, descargado en un tanque de llenado, debidamente localizado en las premisas del aeropuerto. Más tarde, los desperdicios acumulados son recolectados por otras compañías de limpieza que proporcionan el servicio ambiental de drenaje.

Como en todo, los baños de los aviones han soportado una larga evolución: al principio solo eran un sencillo orificio en la aeronave; más tarde, devino en una caja o en un balde con su tapa, antes de convertirse en una conveniencia adecuada con tecnología de vacío y líquidos de hielo azul. Sin embargo, los lavatorios han dejado de desarrollarse desde hace veinticinco años y solo existen prototipos (similares a los sistemas de auto-limpieza, como en las lavadoras de platos), que utilizarían luz ultravioleta para matar los gérmenes casi al 100% en cosa de segundos. Se espera que estos entren en acción con la tecnología que surgirá en el Siglo XXI.”

Sí, no hay duda, todo lo que sube tiene que volver a bajar…

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22 marzo 2016

Mis “otros” tocayos

Lo había llegado a aborrecer tanto que a la final me terminó gustando. Me refiero a mi primer nombre, desde luego. Un nombre que siendo niño me causó más de un desencanto. Pero, circunstancias que tiene la vida, hay veces que hoy reflexiono y me pregunto si no hubiera sido mejor que dejara las cosas como estaban. A buena cuenta, sus razones habrían tenido mis padres para querer que me identificaran con el nombre de Mariano. Hoy miro en rededor, pienso en los amigos que responden al mismo nombre y todos, sin excepción, me parecen buena gente, tipos agradables, a quienes les sonríe la vida, y que son “hasta” simpáticos.

No tengo muy claro el motivo para que me hubieran chantado, como decían en mi casa, este muy insigne nombre. Comentaban en las tertulias familiares que mi madre, que habría experimentado ciertas dificultades con su primer embarazo, el mismo que más tarde produjo mi alumbramiento, habría hecho una promesa a la santa vernácula Mariana de Jesús; y así, simplemente, se habría signado la suerte de mi particular predicamento. Antes de convertirme en adolescente, encontré mi nombre transformado ya de sustantivo en adjetivo, terminado tanto en masculino como en femenino (como mariano y mariana); se trataba, en este caso, de todo lo relacionado con el culto y la devoción a María, la madre de Jesús.

Lo que nunca me gustó fue la explicación que se daba del origen del nombre; la de que Mariana (escrito en femenino) no solo provenía del nombre de la virgen María, sino que también pudiera ser un nombre compuesto, derivado de Ana y María, o mejor dicho de María y Ana. Así las cosas, se me figuraba preferible que este tan especial Mariano (ahora en masculino) fuera también un derivado de un solo nombre, el de María, y no uno con orígenes no muy santos y derivado de María y del que hacía falta para que se convierta en nombre compuesto…

Tengo un tocayo que lleva por apellido mi nombre, aunque tiene cambiada una letra, parece que vivió allá por el siglo XVI, que era el tiempo de Shakespeare y de Cervantes, tiempo de la Inquisición y de nuevos vientos intelectuales. Lo conocieron como Juan de Mariana, algunos como Juan de Talavera; pero para la mayoría y para la posteridad fue un jesuita mejor conocido como el Padre Mariana. Parece que desde muy joven se dedicó a la vida eclesiástica, estudió a Tomás de Aquino; sus obras fueron proscritas por esa misma todopoderosa Inquisición, sus trabajos fueron incluidos en el famoso e infame Índice y, según me he enterado, sus ideas habrían influenciado e inspirado uno de los mismísimos capítulos del Quijote.

Mariana nada tiene que ver con las islas Marianas, estas se encuentran hacia el noroccidente del inconmensurable Océano Pacífico, el cuerpo de agua más grande e inimaginable que existe en nuestro planeta. Sus orígenes humildes, los del jesuita no los del océano o de las islas, y su condición de hijo ilegítimo deben haberle asignado más que un impedimento para hallar una ubicación en el mundo y desarrollar su vocación religiosa en una institución no exenta de ciertos prejuicios, como ha sido la siempre especial Compañía de Jesús. Mariana habría sido un pensador liberal, uno de esos individuos adelantados a su tiempo que se había anticipado a hacer un diagnóstico de los orígenes y elementos que dan lugar a toda forma de tiranía.

Mariana se llama también una fosa (trench), la más profunda que existe en el planeta, está ubicada justamente al sureste de las islas mencionadas, tiene una forma de medialuna que, curiosamente, guarda paralela relación con las costas orientales de la China. La fosa tiene una profundidad cuyos abismos se calcula que llegan a los trece kilómetros, en contrapartida con la elevación de la montaña más alta que existe en el planeta (el Everest) que “solo” alcanza los nueve kilómetros.

En cuanto a las islas, constituyen un cinturón que rodea a la fosa de marras; ellas consisten en un archipiélago de origen volcánico que va desde Guam hacia el norte, en dirección al Japón. Fueron descubiertas por Fernando de Magallanes en su viaje de circunnavegación al globo en los albores del siglo XVI. El indómito y visionario marinero portugués les habría apellidado como “Islas de los Ladrones”, nombre que fuera cambiado por el de Marianas en honor a la reina consorte de España, Mariana de Austria, ciento cincuenta años después. En el archipiélago hablan un idioma de nombre curioso, emparentado con el Tagalo de Filipinas, el “chamorro”.

Cosas de la vida, uno se va sintiendo pariente de esos, sus distantes tocayos…

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