02 mayo 2023

Una filosofía del deporte

Él es enorme, mide dos metros y trece centímetros (2,13 mts); pero también –por sus logros y por cómo gravita su presencia en el funcionamiento de su equipo– es un enorme deportista. Giannis, que es griego y así se llama, lleva un apellido impronunciable y tan largo que hace que, quienes fabrican sus camisetas deportivas y deben insertar ese apellido en ellas, se vean obligados a englobarlo en una curiosa medialuna para que se lo lea completo. Su equipo, impulsado por sus raras habilidades (gran versatilidad y portentosa eficacia bajo el tablero) ya fue en el 2019 campeón de la NBA, la Asociación Nacional de Básquet de los Estados Unidos. Sus padres son oriundos de Nigeria, son griegos naturalizados. Llevan Antetokounmpo por apellido.

 

Juega para los Milwaukee Bucks y desempeña las posiciones de pívot y alero. Este año los Bucks tuvieron también un destacado desempeño en la temporada regular, se clasificaron como primeros de grupo en la serie que les tocó competir. De acuerdo con el sistema acostumbrado, debían entrar a un sistema piramidal de desempate final (“playoffs”) y empezar jugando con el equipo posicionado como octavo (el último clasificado) que, en esta ocasión, era el de los Miami Heat. Lejos de todas las expectativas y en contra de todo lógico vaticinio o pronóstico, los Bucks de Antetokounmpo sufrieron una dramática y prematura eliminación en la serie de –mejor de siete– partidos que debían enfrentar. Sin duda un resultado inesperado y, para ellos, catastrófico.

 

Ya en la inevitable rueda de prensa posterior al último partido, Giannis, verdadero emblema de su equipo, fue acosado por la prensa deportiva. ¿Cómo era posible que tal desastre hubiese sucedido? Era imperdonable, los Bucks eran los favoritos, y habían desperdiciado, en forma incomprensible, su ventaja en los dos últimos partidos; se suponía que estaban en la “obligación” de continuar y subir… Así, acicalado con un jumper anaranjado que hacía juego con un fondo azul-celeste de la pared a sus espaldas, el griego se enfrentó a la inquina virulenta de la prensa, esa a menudo morbosa e invasiva inquisición. “Después de haber realizado una temporada tan auspiciosa, ¿consideras esta eliminación como un fracaso?”, un invisible reportero, insistente, le preguntó.

 

Visiblemente fastidiado, Antetokounmpo se tomó la cabeza y, mientras todos esperaban su respuesta ante tan incómoda pregunta, prefirió primero contar hasta diez (tal vez hasta veinte). “¿Por qué me haces esa pregunta?”, el griego le espetó. “El año pasado ya me hiciste la misma pregunta y creo que es una pregunta equivocada”. “Dime: ¿a ti te aumentan de sueldo todos los años? Y si no lo consigues ¿eso es un “fracaso”? ¿No cuenta todo lo demás que hiciste o conseguiste? ¿Dónde quedó la casa que compraste para tu familia, la educación que pagaste para tus hijos, las vacaciones que disfrutaron juntos? ¿Fue todo aquello “un fracaso” solo porque no te subieron el sueldo también ese año?”, creí entender… “Michael Jordan jugó quince años –dijo– y ganó sus campeonatos “solo” en seis años, ¿los demás años no cuentan, fueron “un fracaso”?. “Creo que haces la pregunta equivocada”, repitió.

 

Pasando por alto el evidente malestar del basquetbolista por tan frustrante como desilusonante derrota, me pareció que no solo replicó con una respuesta desacostumbrada, sino que desnudó una realidad de lo que año tras año sucede con las “hinchadas”, con el fervor que con sus equipos van alimentando los aficionados al deporte, que piensan que siempre están en “la obligación ineludible de ganar”. Parece que nunca cuentan con que hay treinta equipos que pierden y que solo hay –que solo puede haber– un ganador, que solo hay un “único” triunfador.

 

No es que Antetokounmpo piense que como ya ganó una vez el campeonato, ya no está obligado a hacer nuevos esfuerzos para volverlo a conseguir. No, lo que dijo, o quiso decir, fue que así mismo es el deporte, que en él –al igual que como pasa en la vida– a veces se gana y a veces se pierde, que uno debe estar preparado para ambas cosas: para perder y para triunfar. Que las derrotas hay que saber tomarlas como un peldaño, como un escabel, para volver con más ímpetu, con más ganas y con más experiencia el año siguiente. Que las debacles frustran y desilusionan, que las pérdidas duelen, pero que nunca deben ser consideradas como un desastre ni un fracaso. Uno no debería contar con que siempre va a ganar; sería una absurda pretensión… Debería estar preparado para a veces no ganar.

 

Giannis parece un tipo modesto; tan solo tiene 28 años. Pertenece a una familia de cinco hermanos varones: cuatro de ellos son basquetbolistas y, de estos cuatro, tres juegan en diferentes equipos de Estados Unidos. Ahí creen que quienes ganan han ganado la “serie mundial" y que son “the World champions”, los “campeones del Mundo”…


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30 abril 2023

La movilidad de la Pascua

La Pascua es una celebración inestable, pendular, trashumante; no sin razón es una fiesta “móvil”; a veces ocurre la última semana de marzo y otras a fines de abril. Todo porque su fórmula de cálculo sigue la tradición hebrea. Pascua (passover en inglés) viene de la palabra hebrea pésaj que quiere decir éxodo o salida; con la Pascua los judíos celebran la salida de Egipto, como la describe justamente el Éxodo, el segundo de los libros de la Biblia. Según su texto, los judíos habrían permanecido alrededor de 400 años en cautiverio (hay quienes dicen que estuvieron 430 en tierra ajena). Para los católicos, en cambio, la Pascua es algo diferente, con ella se celebra la resurrección de Jesucristo que había sido inmolado en la cruz.

 

Existe mucha controversia en cuanto a la duración de la supuesta permanencia de los judíos en Egipto. No se debe olvidar que, aunque la Biblia es un libro que supuestamente ha sido escrito por inspiración divina, no se trata de un documento histórico. Es en gran medida un documento legendario, adornado por metáforas y parábolas. Esos 400 años pueden no necesariamente referirse a años de cautiverio sino al tiempo que eventualmente los judíos estuvieron fuera de su tierra, hasta que ellos volvieron a Canaán luego de haber celebrado la “alianza” con Dios y de haber recibido por medio de Moisés las tablas con los Diez Mandamientos.

 

Quienes escribieron esos textos, pudieron haber estado influenciados por la tendencia a utilizar unos guarismos que desde siempre les parecieron algo mágicos; me refiero a números como el 40 o el 400. Se habla de que el supuesto cautiverio duró 400 años y el viaje de regreso a la “tierra prometida” otros 40. Moisés habría subido al monte Sinaí por cuarenta días para orar y recibir los mandamientos. Pudiera haber existido también un período de tiempo que se tradujo arbitrariamente con la voz año; si se revisa el Génesis, resulta poco fiable aceptar que hubo patriarcas que vivieron hasta la increíble edad de 969 años. Por mi parte, estoy persuadido de que lo que se ha traducido como “años” se refiere más bien a una forma distinta de calcular el tiempo; hoy aquello nos parece un acertijo…

 

La Pascua es móvil porque para su cálculo se utiliza el calendario lunar (los meses selenitas duran 29 días y medio), a pesar de que su otra referencia, el equinoccio de primavera en el hemisferio norte, tiene una fecha bastante estable (entre el 20 y 21 de marzo, y solo ocasionalmente un día antes o después). Equinoccio quiere decir “igual noche”; es el único día del semestre en que la duración de la claridad del día es exactamente igual a la de la noche (asunto distinto son los solsticios que marcan el día con más o menos horas de claridad en el año). Hasta ahí no hay problema; todo se desarregla cuando se sigue la norma impuesta por el I Concilio de Nicea (año 325) para establecer el día final de la Pascua, que debe ocurrir “el primer domingo luego de la primera luna llena después del equinoccio de marzo”.

 

La dificultad se presenta porque esa luna llena puede ocurrir tan pronto como el 20 de marzo (si el equinoccio sucede el 19) o tan tarde como el 21 de abril (si el equinoccio cae en el 22 de marzo). Si a esto sumamos que luego de calcular los 29 días esa fecha cae en cualquier día de la semana de lunes a sábado, la Pascua puede alterarse hasta en seis días adicionales a lo previsto, ocurriendo en ocasiones casi tan tarde como un día alrededor del 25 de abril.

 

Esta movilidad parecería no ser importante; de hecho hay personas y sociedades enteras que no se inmutan por la influencia de la variación en la fecha de ocurrencia de la Pascua. Así y todo, mucha gente expresa su preocupación porque esta festividad ocurra en un período de tiempo más estable (o con un domingo de Pascua que ocurra entre el 8 y 15 de abril, por ejemplo). El actual papa Francisco, ha sugerido un cambio en ese sentido (para hacer coincidir la Pascua con la segunda semana de abril); esto apuntaría a actuar con un sentido más regular y práctico. El cálculo respectivo sería más predecible si se acordaría que el domingo de Pascua de Resurrección fuera “el primer domingo después del 10 de abril”, por ejemplo. Algo como lo ya establecido para el Día del Trabajo o para el Día de la Madre…

 

Por el momento, la celebración variable de la Pascua afecta la programación del año civil y especialmente a los períodos de docencia. El conseguir que la Pascua Florida ocurra durante una cláusula más reducida de tiempo (un lapso de no más de diez días) ayudaría a regular en forma más equitativa las vacaciones escolares y permitiría reconocer la festividad en forma similar a como lo hacemos con la celebración navideña. Pudiera ser difícil cambiar una vieja costumbre, pero va siendo hora de sacar a la Luna de tan compleja ecuación.


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28 abril 2023

Unas vacaciones en Salinas

Estuve en Salinas, fueron realmente dos veces en un lapso de quince días. Había vuelto tal vez luego de cuarenta años; fui testigo del importante desarrollo que ha alcanzado ese atractivo rincón de la patria. Ya no es solo un balneario predilecto para un amplio sector de conciudadanos; todo aquel conjunto poblacional –incluyo Santa Elena y Libertad– es ahora una urbe bullente y emprendedora, cuyos residentes han sabido cuidarla y embellecerla; son los orgullosos protagonista de una transformación alegre y positiva. Salinas no solo es una ribera donde se han construido unas pocas decenas de rascacielos; es ya toda una ciudad.

 

Es muy vago mi recuerdo de la primera vez que mis padres “me llevaron a conocer el mar” –la frase es de García Márquez– pero estoy seguro que aquello no sucedió en Salinas. Ocurrió en un lugar de la costa con un espejo de playa inconmensurable, no solo hacia oriente y occidente sino amplificado por la circunstancia de que ese preciso momento debió haberse producido la marea baja. El sitio es conocido como General Villamil pero le dicen Playas, un nombre prosaico pero difícil de olvidar… Tengo la indeleble memoria de esa agradable sensación que produce el agua cálida del mar humedeciendo nuestros pies cuando chapoteamos en la arena mojada; imposible no recordar los nerviosos escarceos de las jaibas corriendo a ocultarse en sus madrigueras subterráneas.

 

Fue, pasados unos pocos años más, que volando para TAO y como flamante capitán del Twin Otter, que se programó un viaje con ejecutivos de Anglo hacia Salinas con la finalidad de que efectuaran ciertas actividades administrativas en la refinería de Ancón. Si bien estaba previsto aterrizar en Salinas, se supo a última hora que la DGAC había concedido un permiso temporal para aterrizar en una pista improvisada ubicada entonces en un recinto conocido como Prosperidad. Era esa, en la práctica, nada más que una cinta de terreno distinguida con balizas en medio de una superficie desbrozada pero desigual. Allá fuimos, de viernes a domingo. Aterrizamos sin inconvenientes en Prosperidad pero el hospedaje se había programado en el recordado hotel Miramar de Salinas.

 

Hoy no recuerdo al hotel por sus servicios, ni siquiera por la playa contigua; sin embargo, sucedió algo que no puedo olvidar. Animaba el bar en noches de fin de semana un muchacho algo menos joven que el suscrito, él ya había hecho famosa La nave del Olvido y había sido el virtual ganador del Festival Internacional de la Canción Latina (que se llamaría más tarde de la OTI) con una versión de El triste, la inolvidable canción de Roberto Cantoral. El joven se llamaba José Sosa, me llevaba con unos tres años, imitaba a Sinatra y parecía enamorado de la aviación; hicimos buenas migas. Mi sentido de la delicadeza impidió que me tomara la libertad de llevarlo a “dar una vuelta”. Entonces, yo también vivía “un poco enamorado”; de todo mismo y hasta de la música. A él lo conocían como José José…

 

Mi primera estancia prolongada en Salinas se daría pocos años más tarde. Estaba “recién casado” (o quizá no había dejado todavía de sentirme novio); nos habían cedido un departamento en el noveno piso del edificio Tiburón, entonces el más prominente de la playa de Chipipe. Ahí vivimos un episodio inesperado y realmente irresponsable; habíamos cerrado la puerta cuando bajamos a la playa, solo para descubrir con horror que la llave había quedado adentro… Un humilde trabajador se ofreció a cruzarse al balcón desde una tarraza vecina y acceder a la propiedad introduciéndose por la ventana de un baño situado a unos treinta metros sobre la calzada. Verdaderamente fue un acto suicida… todo quizá por una insignificante propina, hoy nunca recordada por su prodigalidad...

 

Pocos años más tarde debí encargarme de un acontecimiento inédito para la organización gremial de los pilotos nacionales: la realización del VI Congreso de OIP, la Organización Iberoamericana de Pilotos. Recién se había constituido la FEDTA, entidad que aglutinaba a ADTEA de Quito y ADACE de Guayaquil. Como parte del programa, y como aportación de ADACE, se había incluido en la agenda un paseo a Salinas con los delegados presentes; TAME auspició el transporte aéreo y los anfitriones programaron un día de pesca en alta mar seguido por un almuerzo –que se habría de convertir en bailable– en el “Yatch Club”. La pesca tuvo un relativo éxito aunque casi todos los pescadores terminaron mareados. Fue cuando las olas de “Mar Bravo” se vengaron por nuestros pasajeros…

 

Ahí, en Salinas –mientras disfrutaba de la playa– alguien me consultó la razón para que exista tanta variedad en las fechas que se celebra la Semana Santa. “Tiene que ver con un cálculo que involucra la primera luna llena luego del equinoccio de primavera”, le dije. Pero para hablar de ello, de su historia y tradiciones –y, además, de las posibles “alternativas”– advierto que va a ser necesaria una nueva entrada. Dejémoslo pues para el próximo artículo.


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25 abril 2023

Nuevos escarceos

Este blog es ya adolescente. Lo testimonia el registro de su propio margen, ya tiene trece años (en inglés la voz “teen ager” se usa para quienes tienen entre trece y diecinueve años, edades que se definen con el sufijo “teen”: thirteen, fourteen, etc..). La idea de crearlo la tuvo mi hijo Bernardo; él me habló por primera vez de esa suerte de periódico personal que es un blog. No me gusta llamarlo “muro”, quizá por aquello de que “la muralla es el papel de la canalla”... Por Bernardo fue que descubrí  que se podía compartir lo que se escribe, que había como guardarlo en “la nube” y, así, gracias a que existe una formidable iniciativa llamada blogspot, nació este humilde blog.

 

Hay algo fascinante que la aplicación tiene y consiste en una herramienta de búsqueda. Uno quiere revisar algo que antes había escrito, o consultar un término determinado, y no hace sino escribir ese vocablo en una ventana que funciona como un ágil e inteligente navegador. Así, y con solo seleccionar “Navegar Itinerario Náutico”, aparecen las entradas relacionadas con lo que se consultó. Es lo que he efectuado para averiguar si antes ya había usado el término “escarceo” (o escarceos) para poner título a esta entrada. Son escarceos los movimientos que tiene el mar, o los ensayos o tentativas que emprendemos con nuestros empeños, los movimientos laterales que hacen algunos animales o también los desplazamientos en vaivén que hacemos cuando exploramos o buscamos algo.

 

Escribir requiere de una serie paciente de análisis, consultas e investigaciones; esa búsqueda tiene un carácter zigzagueante, un ir de aquí para allá. Nos recuerda esa huella que van dejando ciertos ríos que muchas veces terminan por alterar su curso original y que llamamos meandros. Con esa perspectiva, el blog termina siendo un entreverado escarceo, gestión prometeica e indispensable para estar siempre atentos a nuevas inquietudes, para satisfacer viejas referencias y efectuar inéditas constataciones. No sería raro que, al hacerlo, comprobemos que hayamos mudado de puntos de vista o que ya no seamos tan rígidos frente a ciertas posturas, creencias u opiniones.

 

Vivir, viajar y leer se erigen de ese modo en estímulo para nuevos y renovados escarceos. Así, mi reciente relectura de Conversación en la Catedral me ha llevado a consultar el significado de un par de voces que Vargas Llosa utiliza. He escogido los términos disforzado y resondrar, que me han llevado a echar mano de diversos recursos. He dispuesto de una asistente ad honorem, una cuñada peruana que me distingue como su “cuñado piloto ecuatoriano favorito”… He consultado también otros instrumentos: varios diccionarios de voces usadas en el Perú, además del Diccionario de Americanismos elaborado por ASALE, la Asociación de Academias de la Lengua.

 

DiPerú define disfuerzo como “comportamiento exagerado o poco natural con el que se trata de llamar la atención” y disforzado como alguien “que se comporta de manera poco natural ante los demás”. Disforzarse equivaldría también a “comportarse de manera exagerada o poco natural para hacerse notar” o, como diría otro documento, “actuar con afectación o falta de naturalidad” (no hay definición para “disforzar” como verbo). Para el Diccionario de Peruanismos de Juan Álvarez Vita, disforzarse es “extremarse o excederse en manifestaciones o sentimientos exagerados” o “responder con ligereza a proposiciones serias”; disfuerzo, mientras tanto, es definido como “dengue, melindre, falta de compostura o remilgo”. La voz castiza correspondiente sería “afectación” definida por el DLE como aquella “extravagancia presuntuosa en la manera de ser, hablar, actuar o escribir”.

 

Para el caso de resondrar, señala DiPerú que consiste en “reprender o llamar la atención”; y explica que antiguamente significaba “injuriar, colmar de improperios a una persona”. Añade que resondro quiere decir “reprimenda, llamada firme de atención por alguna causa”. Comenta Álvarez Vita en su Diccionario que antes ya había definido el término con el sentido de: “reprender, reñir o regañar”; y hace idéntica advertencia: que alguna vez el vocablo significó “injuriar o colmar de improperios”. Intuyo, por lo mismo, que el vocablo equivale a reconvenir o reprochar. Conjeturo, además, que eso de resondrar bien pudiera ser una tergiversación o distorsión de ‘deshonrar’ que, según lo define el DLE, significa justamente “injuriar, escarnecer o despreciar”, e incluso “violar a una mujer”. Se toma nota que –como se insinúa más arriba– el verbo ya está incorporado en el DRAE.

 

Colijo, para concluir, que disforzar sería exagerar o actuar con falta de compostura; en cuanto a resondrar me contento con interpretarlo como una forma de reproche. Ah, mis escarceos... digo yo. Ellos no solo que implican “vaivén, movimiento ondulante o divagación”; también significarían “flirteo, coqueteo galante, devaneo y hasta aventura...” ¡Y todo... según lo ilustrado por el mismísimo DLE, el Diccionario de la Lengua Española!


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21 abril 2023

Huevadas

Yo creo que son huevadas, como dicen algunos niños con ese aire de autoridad creyendo que es una mala palabra (“gilipolleces”, dirían los españoles). El asunto es que el auto está bonito (por dentro) y lo importante es que a él le guste. El único problema es que él dice que el vehículo es azul, cuando todo el mundo sabe que es negro; negro mate, además. Un negro que en inglés llaman “charcoal” (que quiere decir negro carbón). Pero él dice que no, que no es negro, que es azul y que a él le gusta; y que de verdad lo que le emperra es eso de que digan que no es azul. Por eso está considerando cambiarle de color porque a sus amigos les parece que es negro, que es un color que a él nunca le ha gustado y que hoy tampoco le gusta. Ni nunca le gustará.

 

Así que en esas anda mi amigo Luis. Esa es para él su disquisición individual; su “sonido y su furia”, como habría dicho Faulkner, o su “insoportable levedad del ser”, como quizá hubiese dicho Kundera. Él puede, si quiere, decir que es su “túnel”, de Sábato, pero a mí qué me importa. Bien pudiera decir, si prefiere, que es su “cantar de ciegos”, su “ciudad y los perros” o sus “cien años de soledad”… Imaginación le sobra (está demostrando que sí). El punto es que a él le parece azul lo que a todos nos parece negro, negro carbón además, y que a él le guste. A mi me ha empezado a gustar también, y no solo “por” su interior. Me gusta porque es un negro discreto (mate), aunque Luis rechaza que lo llamen negro, como si fuera esa pintura de fondo que ponen antes de darles el color definitivo a los automóviles.

 

¿Cómo vas a cambiarle de color?, le digo. Y solo para darles gusto a los que dicen que no es azul y que el color no les gusta. Sería como comprarme o mandarme a hacer uno de esos trajes de lino de color beige (beis dicen los peninsulares) solo porque a mis familiares y amigos les parece que es rojo, color que a ellos les parece que uno nunca debe usar, como traje por lo menos. Digo esto porque vengo notando que casi todos los golfistas (que se precian) se han ido comprando pantalones de ese color, rojo (lo que no sé es si ellos dicen que es ciclamen a cuadros o mordoré). Qué carajo, si se han comprado es para no desilusionar a sus hijos o, simplemente, porque ahora les gusta. “Y punto”, como también dice mi mujer. ¿Quién soy yo para decirles lo que se deben poner?, digo yo. De vuelta a mi traje, bien pueden decir los demás que no, que es dorado bajito; lo importante es que a mí me guste.

 

Yo le digo a Luis que no cambie de auto ni que lo cambie de color. Que más bien les diga a sus amigos que solo está “en el proceso” de “ya mismo” cambiarle (o sea en algo así como gerundio), pero que no se ha decidido todavía por el color que va a escoger al fin, y que anda efectuando una encuesta para ver cuál mismo es la tintura (o pintura) que más les parece adecuada a sus amigos. ¡Qué caray! Quizá con eso ya los tenga más ocupados y no lo estén incordiando (como dicen los españoles) con aquello de que su auto no es azul o de que es de un negro carbón (como me parece también a mi o como dicen sus indiscretos amigos).

 

Pero él debería estar tranquilo. Tampoco es para tanto, ni para perder el sueño, “ni que fuera el final del mundo” como con sabiduría no exenta de filosófica candidez, alguien me lo repite en casa en forma cotidiana... ¡Que quede nomás de “azul”! Yo también voy a comprarme ese traje beige que me gusta, digan lo que digan los demás (como dice Raphael). Así, que digan nomás que es rojo, púrpura, carmelita, morado o encarnado. Y, claro, debo estar seguro de que, además, me guste por dentro… Ya saben: ¡lo demás, son puras tortillas! (para no utilizar el expletivo del título).

 

Ahora sí, voy a volver a la cama. Son las tres, y no voy a dejar otra vez que un extraño sueño me vuelva a desvelar, ni que un zoquete sueño me vuelva a quitar el sueño. Ni que fuera el final del mundo. ¡Huevadas!

 

Ah, y nota final: según el DLE, huevada es un vulgarismo en Chile (yo diría que no solo ahí, sino en toda América Latina) y que solo quiere decir “cosa, asunto o situación” (yo añadiría “que tenga carácter nimio o insignificante”, en definitiva cualquier tontería o tontera). Razón llevaba mi recordado hermano Adrián con aquello de que “decir malas palabras” no era eso, es decir decirlas, sino tan solo “pronunciar mal” las palabras…


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18 abril 2023

Los cátaros o albigenses

Cuando tratamos hace poco cómo muere tanta gente en nombre de una creencia, asunto que acoté en una entrada anterior, me consultaron si los hugonotes eran lo mismo que los cátaros. Si bien ambas expresiones religiosas ocurrieron en lugares parecidos, estas constituyeron hechos distintos y sus contextos históricos también fueron diferentes. Los hugonotes eran calvinistas (protestantes adeptos de Calvino) que fueron acosados en la segunda mitad del SS XVI; los cátaros eran gnósticos, sus creencias constituyeron una forma de maniqueísmo, fueron declarados herejes a fines del SS XII y perseguidos entre mediados de ese siglo y la primera mitad del siguiente.

 

Aunque las motivaciones de unos y otros parecerían similares (búsqueda de autenticidad religiosa, rechazo a la jerarquía), los albigenses se expresaron como una religión distinta (más que una mera “variación” dentro del cristianismo). La Iglesia se propuso eliminarlos apoyada en varias estrategias: predicaciones para abordar el tema, una nueva cruzada y la aplicación de los mecanismos de la Inquisición. Así, surgieron organizaciones como la orden monástica de los Cistercienses (en 1908, con Roberto de Molesmes y la Abadía del Cister) y, sobre todo, la Orden de Santo Domingo (los dominicos eran clérigos con una sólida formación teológica) conocida en origen como Orden de los Predicadores, que fue fundada en el SS XIII por Sto. Domingo de Guzmán.

 

El término albigense viene del toponímico “albigés”, o nacido en Albi, una ciudad occitana, la Albiga romana. Sus adeptos se autodesignaron cátaros (palabra griega que significa “puro”); se asentaron en un espacio (realmente un rombo) ubicado entre Toulouse, Albi, Montpellier y Carcasón, región ubicada al sur de la actual Francia. Todo este sector pertenece a Occitania, o Langedoc, literalmente “el país de la lengua de Oc” (por la forma de pronunciar el afirmativo –“sí”– en ese idioma). Su filosofía estaba basada en el maniqueísmo (teoría del bien contra el mal); solo reconocían el Nuevo Testamento y sostenían que lo bueno era lo espiritual y lo malo lo material; rechazaban la divinidad de Cristo. Formaron una iglesia paralela (c. 1160).

 

Los cátaros eran gente muy austera y piadosa; no tenían sacramentos (un concepto ideado por Agustín de Hipona en el SS IV). “Sacramento” quiere decir “medio –o instrumento– sagrado” en latín. Los albigenses tenían un solo ritual que era utilizado por sus predicadores (llamados “perfectos”) para absolver los pecados y que llamaron “consolamentum” (o consolación). Se vestían de blanco (albi quiere decir blanco –albo– en latín), no reconocían la jerarquía del papado y rechazaban la cruz por considerarla un instrumento de tortura.

 

La gran cruzada contra los albigenses fue propiciada por Inocencio III en 1209 y tuvo una duración de veinte años; esta fue respuesta al deceso del legado papal cuya muerte se achacó al Conde de Tolosa (Toulouse), él mismo un entusiasta cátaro. Se estima que las fatalidades contarían entre decenas a cientos de miles de personas. Muchos católicos habían respondido a esta forma de cruenta peregrinación en busca de un método fácil de redención frente a las eventuales “penas del infierno”; estas serían perdonadas en atención a la concesión de “indulgencias”, una suerte de bono que indultaba esas penas en la otra vida.

 

La cruzada pudo haber adquirido un cierto carácter político; si bien fue apoyada por la jerarquía eclesiástica, pronto fue aprovechada por la monarquía de los capetos que pretendía ampliar sus territorios hasta los Pirineos y el Mediterráneo, en el mediodía francés. Fue, por tanto, un motivo para la reacción occitana que veía la cruzada como un claro peligro para su identidad nacional. En noviembre de 1215 el IV Concilio de Letrán expropió de sus tierras a los nobles occitanos y las transfirió a las autoridades que habían apoyado la cruzada.

 

Si bien la rendición cátara se produjo en 1229, la capitulación definitiva solo se produjo con la toma del castillo de Montsegur en 1244, cuando más de 200 seguidores albigenses se habrían inmolado en la hoguera. Luego los cátaros se refugiarían en el pirineo catalán, solo para ser perseguidos por la Inquisición. En cuanto a la prevalencia del occitano, esta terminó con el triunfo de la Revolución Francesa, cuando se impuso el francés como lengua nacional. 

 

El IV Concilio de Letrán es también famoso por el hallazgo de una glosa marginal que algún copista inescrupuloso habría intercalado en el texto bíblico con el objeto de sustentar el dogma de la Trinidad. Se la conoce como “coma o paréntesis juanino (o juánico)”, un supuesto añadido a la epístola de Juan en una versión de la Vulgata. La frase estaría ausente en los manuscritos griegos originales, pero habría pasado una revisión del “Textus Receptus” o Texto Recibido, elaborado por Erasmo, que más tarde sirvió de sustento para algunas traducciones bíblicas.


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