29 noviembre 2010

Caldo de 31

Hay en mi tierra un plato típico; es una sopa que se llama “caldo de 31”; así, con números y sin letras. Escrito de esta manera, porque muy probablemente no se sabe cómo mismo escribir “treinta y uno” en los cartelones y pizarras de anuncio de los humildes salones donde se la expende. Así lo intuyo e imagino. Es que, hay una regla curiosa en la escritura correcta de los números cardinales en nuestro castellano: todos ellos, hasta el treinta, pueden escribirse con una sola palabra; pero de treinta y uno en adelante, se deben escribir con más de una; a menos, claro, que se trate de decenas, centenas o millares. Así, por muestra de ejemplo, puede escribirse veintiuno, pero nunca “treintiuno” o “cuarentiuno”.

Pero, este “caldo de 31”, no es una sopita con prosapia. Tan poco linaje ostenta, amable lector, que si usted pregunta a una persona si la ha comido, va a toparse invariablemente con solo dos tipos de respuesta: que no la conoce o que se haga el que no la ha conocido. Porque en el nivel cultural al que me imagino usted pertenece (que, a su vez, le da acceso a estas profundísimas como “viscerales” lecturas), no puede, ni debe, reconocer que se “ha rebajado” a saborear una sopa hecha con panza, intestinos de res y otras menudencias; o que ha merodeado por lugares donde existen cantinas, picanterías, mercados y lugares de esa calaña…

No se de dónde le viene el curioso nombre. Me imagino que le viene del número interminable de los ingredientes conocidos. Nada creo que tenga que ver con el precio del ampuloso plato; aunque, como va la inflación y la dolarización en “la Provence” (como llama a la tierra un tal Vinicio), quién lo sabe! Me animo, más bien, a conjeturar que el nombre le viene, como un plato que originalmente se elaboraba solo en el último día de Diciembre, el postrer día del año.

Yo mismo, que sí sé lo que es el famoso “31”, y que me precio además de tener una rara y obsesiva pasión por las sopas y los calditos; debo confesar que jamás he probado la poción en disputa. Dos años de vivir en Corea me enseñaron que hay sopas en el mundo que son simplemente fascinantes; los coreanos tienen caldos picantes que se sirven en tiestos reverberantes de arcilla, con nombres y apellidos exóticos e impronunciables, como “sun du bu jigué” o “yu kie jang”. Ahí aprendí que estos mejunjes nada tenían que ver con las mazamorras de mi infancia o con esas sopas de fideo cuyas infaltables cebollas las tornaban en nauseabundas. Cuántas veces esas sopitas merecieron una rápida desaparición subrepticia aprovechando del descuido de la abuela o del celador de turno…

Porque en una sociedad preocupada por el respeto ajeno o el “que dirán”, mal podríamos reconocer o aceptar que hubiéramos ingerido vísceras de res, o sea tripas; por mucho que, por puro pudor, las hayan rebautizado de “chinchulines” los incorregibles e inimitables argentinos. El caldo de treinta y uno, es simple y llanamente una sopa de panza, tripas y otras maravillas. Sé que le llaman también “caldo de manguera” y hasta “sopa de la vida”; pero, una vez más, acúsome padre porque he pecado, confieso que jamás la ha comido! No; y ésto a pesar de que los mondongos, sancochos, sopas de bola de verde, arroces de cebada y otras delicias similares, han formado siempre parte de mis manjares predilectos (gracias tía Julieta!).

Y bueno, a qué viene todo esto de hablar del caldo bendito? Pues… la idea no es hablar de recetas culinarias, ni de prejuicios sociales, ni de auto-reconocimientos de nuestro más íntimo e inocultable esnobismo; he arribado a esta “enjundiosa” reflexión porque he llegado a registrar mis primeras treinta y un mil horas, en esa ambulante bitácora que es mi libro de vuelo. Y, he pensado que todas esas idas y venidas, todas esas subidas y bajadas, bien pueden compararse con nuestro despreciado caldito de treinta y uno. Sí, porque todas esas ausencias y renunciamientos requirieron de una significativa cuota de “tripas” y de coraje; y en el ínterin (como decía un conocido) hemos dejado crecer la flácida pancita…

Pero… alguien tiene que hacer el trabajo sucio en la vida; alguien es el que tiene que sacrificarse, o por lo menos, que esforzarse. Y para ésto, es preciso, de vez en cuando, “hacer de tripas, corazón”; aforismo que solo trata de expresar que, no importa lo modesta que sea la condición de nuestros esfuerzos, hay que ponerle empeño a las cosas de la vida: hay que luchar con perseverancia y con pasión. Y, si de todos modos, lo que hay que hacer tenemos que hacerlo, es mejor hacerlo con gusto y tratando, además, de disfrutarlo. Este es el precio que hay que pagar en la vida por haber aceptado ciertos compadrazgos: comerse por obligación un cuy asado sin hacer muecas, o servirse, sin chistar, un caldito de manguera…

Tengo que hacer un elogio de las tripas en este punto. Porque, nada tan delicioso como un montubio “arroz con guatita” o una sustanciosa “bandera”, plato que consiste en un tríptico listado de guatita, arroz y camarones. Y si usted no tiene resquemores ni remilgos por las comidas con nombrecitos autóctonos o indígenas, qué tal unos intestinos desinfectados con cerveza y puestos a asar a la perfección en la parrilla, aunque les hayan dado el infamante nombre de “tripa mishque”? No importa tampoco que se “los tenga” que empujar con unas heladas cervecitas. Le prometo, lector amigo, que para estos “entrañables” menesteres, no se requiere de ninguna clase de coraje (guts)!

Bueno… les dejo que tengo que volver a sumar las horitas. No se me dan las cifras, ni los números a estas horas de la silenciosa madrugada. Qué injusto, irónico y contradictorio resulta resumir en un cuadernillo saturado de fríos guarismos, todas esas formidables e irreversibles vivencias que nos fue, poco a poco, regalando esta vida de la aviación. Esto, a pesar de las “menudencias” y de la pancita; ah… y de las travesuras y de las maldades; aunque no tan pecaminosas como las de nuestro desconocido amigo “Jack el destripador”…

Shanghai, 30 de Noviembre de 2010
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